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Dunkerque

Tras la invasión alemana de Francia en 1940, a finales de mayo cientos de miles de soldados se vieron cercados en las playas a la espera de una evacuación que parecía imposible

  • Soldados británicos recién evacuados de Dunkerque apuran un refrigerio en la estación de Addison Road, Londres, 31 de mayo de 1940
    Soldados británicos recién evacuados de Dunkerque apuran un refrigerio en la estación de Addison Road, Londres, 31 de mayo de 1940

Tiempo de lectura 4 min.

22 de agosto de 2018. 06:14h

Comentada
Javier Veramendi - Desperta Ferro Ediciones.  21/8/2018

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A pesar de que la retirada se hizo de la forma más ordenada posible, para el soldado británico que llegó a las playas de Dunkerque, tras marchar durante kilómetros sin descanso, la situación debió de parecer un caos y, si bien algunos llegaron junto con sus unidades –«el viernes [31 de mayo] una sección de guardias dio un magnífico espectáculo, marchando hasta la playa con el rifle al hombro, inmaculadamente uniformados. Una vez allí, se detuvieron «¡Variación derecha, rompan filas!» Podrían haber sido cincuenta o sesenta, con cuatro prisioneros alemanes» (soldado de comunicaciones Alfred Baldwin, 65.º Regimiento, Royal Artillery)–, otros se encontraron solos en medio de la barahúnda y tuvieron que dirigirse a donde los orientaran. «Se nos habían dado instrucciones de que fuéramos inmediatamente a una oficina que se hallaba en algún lugar del centro de Dunkerque. Allí había gran cantidad de gente, sobre todo oficiales, preguntando: «¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Adónde vamos?» (capitán Anthony Rhodes, 253.ª Compañía, Royal Engineers).

Neurosis de guerra

Sin duda, el hecho de agruparse y colaborar ayudó a muchos hombres a superar las dificultades de la playa y llegar sanos y salvos hasta alguna embarcación que los llevara a casa. «Los síntomas de la neurosis de guerra variaban, algunos permanecían muy quietos. Un hombre se quedó paralizado nada más empezar el bombardeo. No podía moverse, había perdido toda capacidad de desplazarse» (soldado Edgar Rabbets, 5.º Batallón del Northamptonshire Regiment); «hubo uno o dos que perdieron la cabeza, pero la mayoría estaban bien instruidos, creo que era porque prácticamente toda la BEF estaba formada por tropas regulares, debidamente disciplinadas. Vi con mis propios ojos cómo un hombre se arrodillaba en el agua con las manos unidas, rezando mientras descendían los Stuka; y vi cómo otro, un guardia, se afeitaba en la playa» (sargento especialista en armamento Frank Hurrell, 3.er Taller de Campana, Royal Army Ordnance Corps). De hecho, en ocasiones, la exigencia de disciplina llegó a ser excesiva, ya que aunque la mayoría de los hombres desecharon su equipo para correr menos riesgo de ahogarse a causa del peso antes de entrar en el agua, «nos dijeron que ningún hombre del Border Regiment sería evacuado al Reino Unido si no estaba en posesión de todo su equipo. Había material por todas partes, la gente había abandonado sus cosas, de modo que rehicimos nuestro equipo con todo lo que nos faltaba, recogiendo las cosas desechadas por los demás. Entonces, dijo que teníamos que afeitarnos, pero no había agua dulce, por lo que tuvimos que hacerlo con agua de mar, lo que resultó ser muy doloroso» (soldado Sidney Nuttall, Royal Army Ordnance Corps, asignado al 1.er Batallón del Border Regiment). Finalmente, quedaba la difícil maniobra de llegar hasta alguno de los grandes barcos que esperaban frente a las playas. «Conseguimos encontrar pasaje hacia un destructor en lo que yo llamaría una lancha ballenera, patroneada por cuatro soldados de los Royal Engineers que se encargaban de remar [...] partimos mientras caía la oscuridad y estábamos a unos 350 metros cuando repentinamente el destructor levó anclas y partió hacia Inglaterra» (alférez Peter Martin, 2.º Batallón del Cheshire Regiment). Estuvieron a punto de ser abandonados, pero la oportuna actuación de un capellán castrense que se puso en pie y gritó no solo estuvo a punto de volcar el bote, sino que también sirvió para que finalmente fueran recogidos. La operación de evacuación, bautizada Dynamo, había previsto la evacuación de 45.000 soldados. Cuando se dio por finalizada el 4 de junio, los rescatados ascendían a los 338.226.

Dunkerque

Para saber más:

«Dunkerque 1940»

Desperta Ferro Contemporánea

n.º 22

68 pp.

7€

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Curiosidades de las medicinas cristiana y musulmana

El musulmán del siglo XI Usama ibn Munqid nos traslada en uno de sus escritos («El libro de las experiencias») la sorpresa y estupor que le causó su encuentro con un médico cristiano. Ambos fueron consultados acerca del tratamiento que dar a dos occidentales. El primero, un caballero francés, sufría de un absceso (es decir, un bulto lleno de pus) en una de sus piernas, para lo cual Usama recomendó una cataplasma con el fin de hacerlo reventar y desaparecer. El segundo caso era el de una mujer aquejada de «idiotez». Para esta, el musulmán recomendó una dieta. El galeno cristiano terció seguidamente e impuso su autoridad ante sus congéneres. Para el hombre pidió la amputación del miembro afectado, sin embargo, no bastó con un certero hachazo, se tuvo que repetir el golpe, con tan mala fortuna que no logró cercenar limpiamente la pierna, sino destrozarla, y el pobre falleció en el acto. A la dama, a la que acusó de estar poseída por un diablo, le fue rapada la cabeza, y tras realizarle un corte en forma de cruz, le separó las carnes hasta alcanzar el cráneo, que frotó seguidamente con abundante sal. La mujer falleció allí mismo, igual que el anterior paciente. Usama se marchó del lugar y escribió: «Volví a casa habiendo aprendido cosas de la medicina cristiana

que ignoraba».

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