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¿Se puede morir imaginariamente?

La ciencia todavía no conoce donde están los límites de la sugestión humana

¿Se puede morir imaginariamente?
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La ciencia todavía no conoce donde están los límites de la sugestión humana.

Una de las pruebas más espectaculares del poder de la sugestión la obtuvo el biólogo Richard Arder en su laboratorio de la Universidad de Rochester, Nueva York hace unos años. Durante semanas estuvo alimentando a un grupo de cobayas con agua y azúcar hasta que comenzó a introducir en el preparado una sustancia que provocaba náuseas, bajaba las defensas de los animales y conducía definitivamente a la muerte. Como es lógico, pronto comenzaron a experimentarse las primeras bajas. Lo más sorprendente es que cuando dejó de introducir el veneno y volvió a la dieta inocua los ratones siguieron falleciendo. En su mente ya se había instalado para siempre la idea de que el agua con azúcar era un vector de muerte y los propios animales, sugestionados fatalmente, repetían los síntomas del horror que habían visto en sus compañeros de jaula.

Entre seres humanos ocurren cosas similares. Varios experimentos con personas alérgicas a una hiedra en Japón lo demuestran. Al frotarles el brazo con una hoja de esa especie y comunicarles que se trata de una rama de una planta inofensiva las erupciones cutáneas dejaban de aparecer. Si se realiza el experimento contrario (se frota con una hoja inofensiva y se advierte que es la hiedra venenosa) las reacciones alérgicas afloran.

Todavía la ciencia no ha recorrido completamente el apasionante camino de la sugestión humana. Pero la casuística es apabullante. El 50% de los enfermos de esclerosis múltiple tratados con interferón responden positivamente al tratamiento. También lo hace el 40% de los tratados con una medicina falsa a modo de placebo. Se tiene constancia de que si a un adolescente se le advierte de que el chocolate que acaba de comer le producirá acné, aumentan las probabilidades de que realmente le aparezca un feo grano en la cara.

La industria farmacéutica es bien conocedora de este fenómeno. Un estudio de la universidad de Amsterdam demostró que los enfermos que tienen que tomar un medicamento consideran que las pastillas blancas son menos eficaces que las rojas o las negras. Las amarillas se consideran estimulantes; las azules y verdes, relajantes. El tamaño y el precio también intervienen en nuestra percepción del éxito de un tratamiento. Una píldora negra o roja, algo más grande de lo normal y con un precio elevado puede aumentar hasta un 25% su eficacia.

De hecho, el placebo ha salvado tantas vidas como el resto de los fármacos juntos. El 60% de los médicos reconocen que lo usan alguna vez con enfermos que padecen ansiedad, problemas de sueño, asma... Los placebos actúan sobre el cerebro de manera similar a como lo hacen los antidepresivos: desatan una catarata química en nuestro organismo. Pero el detonante de todo este proceso es esa misteriosa facultad del alma que llamamos sugestión.

¿Huele a algo la luna?

Como es lógico, ningún ser humano ha podido aspirar aire en el ambiente lunar y averiguar si el satélite desprende algún aroma especial. Los astronautas de las misiones Apolo que pisaron la Luna lo hicieron protegidos por trajes y cascos espaciales que les impedían olfatear al aire libre. Sin embargo, al volver a sus naves buena parte del polvo que desprende el suelo de ese cuerpo astronómico se había pegado a sus trajes. A ese polvo se le llama regolito y todos los astronautas coinciden en que dejaba en el traje un aroma similar al de ceniza mojada, pólvora o carbón quemado.

¿Se apagan los ojos al dormir?

Podríamos decir que hacen algo parecido a apagarse. Durante el sueño dejan de enviar información visual al cerebro. De hecho, la conexión entre ojos y cerebro tarda un poco en reactivarse después de despertarnos. Son necesarios unos 30 segundos para que el cerebro vuelva a recibir imágenes visuales desde que nos despertamos. De alguna manera, es como si el botón de puesta en marcha de nuevo tardara un poco en surtir efecto por minuto.