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¿Una forma occidental de hacer la guerra?

En el enorme legado cutural del mundo clásico están las bases fundaciones de Occidente. Pero, ¿y la guerra?

  • Ilustración de la batalla de las Termópilas en «La guerra en Grecia y Roma». Ilustración: Peter Connolly
    Ilustración de la batalla de las Termópilas en «La guerra en Grecia y Roma». Ilustración: Peter Connolly

Tiempo de lectura 4 min.

11 de agosto de 2018. 09:23h

Comentada
Por Alberto Pérez Rubio - Desperta Ferro Ediciones.  11/8/2018

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¿Hay acaso una concepción occidental particular de la guerra, heredera de la manera en que griegos y romanos dirimieron sus conflictos? Para algunos investigadores, este «Western Way of War» se puede encontrar a lo largo de la historia en un núcleo de principios omunes a los ejércitos occidentales, que tienen su germen en el surgimiento y desarrollo del choque de falanges hoplitas en la Grecia Arcaica y que se prolonga en la forma de guerrear de las legiones romanas. Sintéticamente, estos principios serían el dominio de la infantería, con una disciplina aquilatada, la confianza en la superioridad tecnológica y la búsqueda de la batalla campal como enfrentamiento decisivo. Sin embargo, como podemos descubrir en el clásico «La guerra en Grecia y Roma» de Peter Connolly, hubo tantas maneras diferentes de guerrear en Grecia y Roma como diferentes y cambiantes fueron sus sociedades a lo largo del tiempo.

El germen del modo de guerra occidental habría estado en la falange, la formación con la que, hombro con hombro, escudo con escudo, defienden su polis, su ciudad, los griegos a partir del siglo VIII a. C. Un despliegue táctico que está inextricablemente ligada a un equipo concreto, a la panoplia ‒ta hopla‒ que da nombre al guerrero heleno por antonomasia: el hoplita. El arma fundamental era el denominado escudo argivo, circular y cóncavo, con un peculiar sistema de sujeción, ya que en lugar de una manija central cuenta con una abrazadera y un agarre en el extremo del escudo. La tecnología, la naval en este caso, está también en el corazón del choque entre griegos y persas, con el crucial encuentro de Salamina, protagonizado por el rey de los navíos de guerra del Mediterráneo antiguo, el trirreme.

La falange hoplítica se verá superada por el ejército macedonio de Filipo II, ese yunque y martillo constituidos por una nueva falange, equipada con picas de mucha mayor longitud, y por la caballería. Filipo desarrollará un ejército mucho más versátil, incorporando diversos cuerpos auxiliares ‒caballería tesalia, infantes ligeros agrianos, etc.‒ y una novedad tecnológica que se había desarrollado en la Sicilia griega y que se demostraría crucial a partir de entonces: la artillería de torsión. Con este ejército dominará Grecia, y será el legado que permita a su hijo Alejandro emprender la campaña de conquista más fabulosa jamás conocida, que le llevará desde el Danubio hasta el Indo, ensanchando para siempre los límites de la cultura helena. Alejando moriría a los treinta y tres años en Babilonia, y nunca pudo cumplir sus supuestos planes de continuar la conquista de la oikumene, del mundo conocido, hacia el oeste.

Allí despuntaba la potencia que a la postre haría realidad el dominio universal: Roma. Tras la desastrosa derrota de Alia frente a los galos, la ciudad del Lacio había abandonado su primitivo ejército, quizás alguna forma de falange, para desarrollar el instrumento que le permitiría conquistar el Mediterráneo, la legión manipular. Una formación flexible, que si cabe ganaría en fluidez con el paso del manípulo a la cohorte como unidad táctica ya en la Baja República, en una reforma que la tradición adscribe a Cayo Mario. Y es que si algo caracterizó a los ejércitos de Roma fue su adaptabilidad, lejos de la rigidez de las formaciones de falanges helenas, sin ambages para adaptar innovaciones técnicas del enemigo, como el gladius hispaniensis, herencia de un tipo de espada celtibérica, o los cascos de hierro galos. Las legiones romanas enfrentarán a los ejércitos helenísticos para batirlos una y otra vez. Dueños del mundo, la legión evolucionará durante el Imperio para enfrentar nuevos enemigos y controlar el limes, y en sus cambios y su evolución vemos el cambio y la evolución, la decadencia si se quiere, de Roma.

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El diabólico arcabuz

Pavía y Mühlberg fueron batallas significativas. Varios autores coinciden en que, tras la primera, algo cambió en la evolución del arte de la guerra, haciéndose más y más escasos los combates en campo abierto ante la eficacia de las nuevas armas. En cuanto a la segunda, en palabras de Raffaele Puddu, fue «la apoteósis definitiva» de la infantería española: «en torno a los años cuarenta del siglo XVI, el arcabuz ha obtenido definitivamente el dominio de los campos de batalla, y los infantes castellanos son maestros reconocidos en el uso de esta arma terrible». Su fría eficacia despertó la ira de muchos. Ariosto la llamaría «abominable y maldita», atribuyendo su invención a Belcebú. Don Quijote, hombre de a caballo, la despreciaba, teniéndola por «diabólica invención», que permitía que «un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero», aunque quizás el mismo tirador hubiese huido espantado por el estruendo del disparo. En cierto modo, el arcabuz no solo igualaba al plebeyo con el noble en el campo de batalla; le confería una clara superioridad.

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