Los libros de la semana: de las reflexiones de Colette al caso abierto de Chernóbil

Entre las novedades de la semana destacan la selección de textos de la pionera del feminismo del siglo XX y el manual para obtener una visión clara de lo que sucedió tras la tragedia de Chernóbil.

No es una historia más de la guerra

El título en un libro es determinante de cara al lector obnubilado frente al anaquel de una querida librería. ¿Qué hubiera sido de Moby Dick de haberse publicado con el título «La ballena», como pretendía Melville? Ignoro cómo deseó llamar la autora a la presente novela, pero esa carretera de la muerte, columna vertebral del argumento, después de concluido el libro sólo podía tener un nombre: «El paseo de los canadienses». En él se aborda un episodio real, vergonzoso y poco conocido de nuestra Guerra Civil: el primer bombardeo sobre el mayor éxodo de civiles que huían indefensos pues los milicianos republicanos desertaron, ante la entrada de las tropas de Queipo de Llano, los nazis y los italianos por la carretera de Málaga hacia Almería. La conocida como «Carretera de la muerte» conformada por una hilera «como hormigas antes el hormiguero», para alcanzar el destino de seguir viviendo.
Amelia Noguera da voz, desde el exilio, a Azucena, ya anciana, para contarnos cómo ella y Martina, la nieta de la rica propietaria de una fábrica de naranjas, se convirtieron en amigas inseparables en aquel viacrucis de miedo y dolor. No se trata de un simple itinerario, sino de una aventura histórica llena de autopsias sobre la verdad y especialmente sobre el olvido. Inspiradora en el plano tanto literario como ontológico, Noguera se convierte en la cronista del horror del ser humano que ya no lucha contra el destino sino contra el vacío y la insignificancia, y nos lo hace llegar en tinta, a través del terrible lenguaje de los hechos y con una gramática narrativa hecha de fuerza y extrañeza.
Junto al emotivo y hermoso relato de amistad, un nutrido elenco de personajes, reales en su mayoría, completan el riquísimo armazón histórico: un piloto italiano que ametralló a quienes «corrían»; el escritor y filósofo Arthur Koestler, condenado a muerte por Queipo; el periodista canadiense que acompañó al médico Norman Bethune en el auxilio de los refugiados; una enfermera del Socorro Rojo Internacional que los atendió en Almería... Sus diferentes puntos de vista brindan al lector el caleidoscopio veraz y desgarrador de quienes vivieron aquella horrible página del pasado.
Encontrar una novela compacta como la de Noguera es casi un milagro, porque asistimos a un diálogo incesante en el que el libro habla y el alma del lector, responde. Un libro-reflexión que encierra una triste realidad, la de los que confunden el perdón y la reconciliación con enterrar la verdad. ¿La maldad de los buenos y la bondad de los malos? Con la palabra como lenitivo ha a escrito una historia, pero también un estudio caracterológico... de los que no se olvidan con facilidad.
Ángeles López

El universo sin fin de Fernán Gómez

Entre las múltiples dedicaciones artísticas de Fernando Fernán Gómez (Lima, 1921 -Madrid, 2007) –actor, cineasta, novelista...– se contaba curiosamente la de dramaturgo. Su teatro se basa en la extraordinaria agilidad de los diálogos, la coloquial sencillez expresiva, la creación de unos personajes y conflictos cercanos al espectador, y una excelente recreación del pasado histórico y literario. Oportunamente acorde con la vigencia de esta obra se publica «Teatro», un amplio compendio de esta nutrida producción dramática en edición e introducciones de Helena de Llanos –nieta del actor– y Manuel Barrera Benítez. Se incluyen aquí piezas tan conocidas como «Las bicicletas son para el verano», emotiva visión de la vida cotidiana durante la Guerra Civil española; «El pícaro», lúcida mirada sobre la figura clásica del buscón durante el reinado de Felipe IV; «Los domingos, bacanal», un divertimento que juega con la idea del teatro dentro del teatro, en el marco de un cierto absurdo existencial; «Los invasores del palacio», una fantasía poética de elaborado lenguaje; y «Defensa de Sancho Panza», elogio de la sensata sabiduría popular, entre otras destacadas obras.
Este volumen aporta además interesantes textos teóricos, como la conferencia «Edad Media y modernidad; la experiencia teatral», documentada reflexión sobre la dramatización de la Historia; y «Aventura de la palabra en el siglo XX», discurso de ingreso en la RAE, donde se analiza y defiende el valor literario de la escena, por encima de arriesgados montajes o efectistas interpretaciones, reivindicando de paso la digna condición del «cómico», como actor entregado vitalmente a su profesión. Y se publican por primera vez textos inéditos y nunca representados, como «Relámpagos» y «Soldado», en un alarde compilatorio de excelente factura editora y riguroso criterio académico.
Jesús Ferrer

Colette en busca del tiempo perdido

Desde el amigo Manso de Pérez Galdós, la autoparodia de Gide en «Paludes» y la «nivola» unamuniana, hasta los «Viajes por el scriptorium» de Paul Auster, el escritor moderno mantiene una relación con sus personajes que va más allá del distanciamiento narrativo. El propio autor se vuelve, se escribe personaje, se ficcionaliza, y la frontera entre la invención y el autorretrato es equívoca. Sidonie Gabrielle Colette escribió, por ejemplo, «Lo puro y lo impuro» en 1932, e hizo de sí misma un personaje más, en una vida parisina en unos tiempos e en que la autora estaba de vuelta de todo, cansada y a la vez en el esplendor de su genio literario.
Colette consideró esa su mejor obra, que carece de trama pero toca muchos asuntos: lo orgiástico como anestesia, el lesbianismo y la homosexualidad, el aprecio a los perros y gatos, la historia de amor de dos mujeres por las que se interesó Lord Byron... Colette se solía desdoblar con un estilo entre bohemio y aristocrático, multiplicando la dimensión referencial de lo escrito al amparándose en lo autobiográfico –como en cierta manera ya hiciera en la famosa serie de Claudine, que firmaba con el seudónimo de su esposo, Willy, hasta que se divorciaron–, y en sus obras citaba a amigos, a aquel marido manipulador, a personajes pasados de obras suyas, a ideas que en su momento tuvo para la redacción de «Chérie» (1920).
Hablando de «Lo puro y lo impuro», el traductor Gabriel Hormaechea apuntaba: «Colette siempre escribió sobre sí misma, sobre sus vivencias más recientes, sin apenas enmascarar o disimular que estaba contando su propia peripecia, sino más bien lo contrario. Mujer inteligente, decidida y valiente como era, no aceptaba someterse a tabúes o avergonzarse de sus inclinaciones y opciones vitales». Y esa vocación independiente y libre se ve hasta en sus artículos más pequeños, como estos que se recogen en «Regalos de invierno» (traducción de Anna Maria Iglesia), dedicado a las fiestas navideñas y que recorren los años 1909-1948, una buena ocasión para revisitar la mirada de una autora que desafía en su lectura prejuicios o expectativas, con su sensualidad mortecina y ternura fresca e inocente, mediante textos que siempre van más allá de los géneros tradicionales. Colette se siente cómoda en lo misceláneo: activista, actriz de sus propias comedias, artista de variedades polémica, fundadora de un instituto de belleza y perfumes... y narradora prolífica, pues más de setenta libros la contemplan.
La presente novedad participa, claro está, de esa vertiente autobiográfica que caracteriza sus memorias «El fanal azul», donde dio rienda suelta a sus observaciones y recuerdos con el bello e infantil deslumbramiento que demostró por todo. Este asombro perpetuo que se palpa con prodigalidad en unas páginas navideñas preñadas de la búsqueda proustiana del tiempo perdido, que recupera con lirismo: el pudding blanco de Navidad, con una salsa de mermelada de albaricoque mezclada con ron y coñac que la embriagaba, el tambor municipal que al amanecer sonaba para señalar el primer día del año, las tardes junto al fuego y la remembranza del jardín nevado son solo algunas de las escenas que Colette trae a su presente.
Asombro infantil
Son regalos que se hace a sí misma: como en «Fantasía de Año Nuevo», donde recuerda cómo corría de niña contemplando su barrio parisino lleno de nieve, viéndose una niña amada y feliz; como en «Nochebuena», donde le parece imposible disfrutar de la velada «sin matracas, sin panderetas, sin bocinas, sin silbatos y tampoco sin sirenas»; como en «Día de Año Nuevo», en que le viene al pensamiento una vez en que le pidió a sus padres como regalo para esa jornada «un viejo libro, titulado “Los doce Césares”, un frasco de mercurio y una manta de viaje enrollada con una correa».
Objetos extravagantes para una chiquilla que, a sus ojos, entrañaban la más pura aventura: la de la imaginación. «Regalos de invierno» constituye una oda a esas ilusiones, un homenaje a «esas cosas antiguas», pero también a un tiempo determinado. En «Año Nuevo en Argonne», habla de soldados locales y aviones alemanes, pues se está sufriendo ya la Gran Guerra, y los niños son empujados a encerrarse en una despensa hasta que en el cielo ya no haya amenazas. En «Navidad de guerra», fechado en 1939, evoca a su hija, que también le pedía a ella regalos bien peculiares, y un París que ha de contentarse con ninguna fastuosidad habida cuenta de lo que está sucediendo en Europa. Con todo, en especial cabe destacar, en una época consumista como la nuestra, en estas semanas llevada hasta el paroxismo, la forma en que, como dice en «Regalo de Navidad» (1924), todo ello no significa «regalos, visitas, tiendas, deseos sin entusiasmo y bolsillos vacíos»; de hecho, siempre aludiendo a lo bueno de una vida modesta y sencilla, «estaban casi vacíos los bolsillos y las manos de quienes, a pesar de ello, venían y traían conmigo todos los favores y toda la generosidad posible y hacían milagros que estaban a su alcance».
Toni Montesino

La violenta historia de Sicilia

Sicilia es la pieza fundamental del gran rompecabezas histórico del Mediterráneo. La isla de los tres vértices, la antigua Trinacria, ha sido un escenario privilegiado de la Historia, situado en un lugar estratégico entre el Oriente y el Occidente. Teatro de operaciones para sículos, griegos, fenicios, púnicos, romanos, vándalos, árabes, normandos, bizantinos, aragoneses o franceses, se puede decir que no hay actor importante en el proceso histórico que va desde la antigüedad a la modernidad que no haya puesto sus pies y dejado su huella por esa isla emblemática. Un largo etcétera de dominios conforma la apasionante historia de este lugar único y bajo cuyo sol todavía se pueden ver los restos de sus más emblemáticos dominadores, en un legado artístico y cultural único que se ve desde Siracusa a Palermo, Segesta o Agrigento.
A desentrañar el misterio de la isla en la que, como decía J.W. v. Goethe, está la clave de todo, se dedica un volumen fascinante a cargo de John Julius Norwich, uno de los autores imprescindibles para todo aquel que quiera conocer la historia de la Edad Media en el Mediterráneo, como gran experto, concretamente, en Venecia, Bizancio o el Papado. Si Norwich, tras abandonar la diplomacia, empezó su carrera de historiador en los años sesenta del siglo XX con una investigación sobre la Sicilia normanda, el final de su vida –murió en 2018– lo dedicó con pasión a escribir esta violenta y apasionante historia global de la isla, centrada en su papel mediador desde la antigüedad a la modernidad. Este libro es, pues, el producto condensado de toda una vida de pasión y erudición por la isla mediterránea, a cargo de un autor imprescindible, que lo escribió a la edad de 85 años, en lo que supone el testamento intelectual de uno de los historiadores más brillantes del siglo XX británico.
El libro comienza con el boato de la Sicilia griega, de los tiranos de Siracusa y la riqueza de las grandes fundaciones griegas, y transita por derroteros casi novelescos que harán las delicias del lector, hasta llegar, a través del mundo romano y bizantino, al medievo.
Tono personal
Pero también se centra Norwich en las claves del legado multicultural de una isla donde convivieron griego, latín, árabe y francés, entre otras lenguas, cristianismo oriental y occidental, islam y judaísmo, y que tuvo en la época normanda un florecimiento científico, filosófico y artístico sin precedentes. Por no hablar de la Sicilia imperial germana, francesa, española, borbónica o moderna, que también son analizadas con acierto. Destaca, en todo momento, el tono personal, la narración viva y amena de todas las sugerentes cuestiones dinásticas, piráticas, culturales y belicosas de la vieja Sicilia, hasta llegar a la reunificación de Italia y al nacimiento de la Mafia, una de las herencias más controvertidas. Y tras todo el libro trasluce la pasión de autor –que nos transmite continuamente– por esa isla privilegiada, ese triángulo mágico bajo el sol del Mediterráneo, que tiende su silueta entre Occidente y Oriente, África y Europa, como llave singular de la historia.
D. Hdez. de la Fuente
La Lady llega para morirse
La lady, se sabe, es la heroína. Pero no cualquier heroína. Es la lady que está en un pueblo fantasmal de México adonde el narrador de esta novela llega con el firme propósito de morirse, como dice en la primera oración, de una buena vez. Se deshizo, dice, de lo que traía en los bolsillos, de las llaves de la casa que dejó abandonada en la ciudad, de todo lo que tenía su nombre y de todas las fotografías con su cara. Sólo le queda, dice, algo de dinero, doscientos gramos de goma de opio y un cuarto de onza de heroína. Eso, lo poco que le quede de la lady, confiesa, tiene que alcanzar «para matarme».
«Una cita con la Lady», primera novela del periodista y guionista mexicano Mateo García Elizondo, es el tímido relato iniciático, pero también el terrible relato final, de un hombre joven que emprende el último viaje de su vida, una travesía por los fantasmas de la noche y de la soledad y en cuyo recorrido se encontrará con los amigos muertos y con los recuerdos de una biografía pasada que, al escribir sobre ella y releerla (eso, se supone, es lo que hace un buen escritor), cobrará un nuevo sentido.
Como una señal
Aunque es verdad, como argumenta la estrategia editorial de venta, que la primera oración de la novela recuerda el conocido comienzo de «Pedro Páramo», eso no deja de ser, en todo caso, más que un guiño o una señal sin importancia en el desarrollo de la trama. Porque «Una cita con la Lady», más allá de esa semejanza fútil con la novela y el universo de Juan Rulfo, propone un periplo diferente, más cercano, quizás, al «Yonqui» de Burroughs que a los míticos escenarios de Comala.
Porque el protagonista, si bien encuentra su lugar en un pueblo que parece ser su último refugio, también encuentra allí, en la desolación más absoluta, un sitio al que acuden viejos amigos yonquis que han muerto y, si no han muerto, esquivaron su cita con la lady vestida de blanco. En medio de ese espacio algo devastado y bastante lisérgico, él, el protagonista, descubre que es algo así como su propia droga: alguien que viaja por el mundo hasta que el mundo, que es ancho y ajeno, acaba consumiéndolo y alejándolo de la realidad.
Más allá de la trama y del argumento, lo que verdaderamente sostiene el desarrollo de esta primera novela, en cualquier caso, es el tono y el estilo del narrador, un lenguaje expresivo, que por momentos resulta demasiado lacónico y sin vuelo, pero sí lo bastante contundente como para seguir (y entender) el destino que el protagonista de esta primera obra de Elizondo se ha labrado a la medida de su escritura.
Diego Gándara

Jørn Lier Horst es un descubrimiento

Se traduce en España «Cerrado en invierno» (2011), la primera novela del «cuarteto Wisting», del autor noruego Jørn Lier Horst. A la que seguirán «Perros de caza» (2012), «El hombre de las cavernas» (2013) y «Prueba de fuego» (2015). Tríos y cuartetos han dejado de ser figuras eróticas para convertirse en proyectos editoriales indispensables para mantener comercialmente activo el género negro. Las novelas «stand alone» funcionan peor que las sagas, razón por la cual los novelistas de intriga han abandonado la novela autoconclusiva y se han lanzado con ferocidad a estructurar mundos literarios en la estela del clásico folletín decimonónico, pero adaptado a las necesidades posmodernas: comisario problemático con relaciones disfuncionales con familiares y cuerpo policial y rebeldía más allá del deber.
Como la mayoría de los novelistas suelen recabar la información policial de comisarios, forenses y estudios de criminalística, lo normal es que una buena parte de la novela la dediquen a rellenar páginas «tipo CSI». Resultado: convierten cada relato en una prolija e inaguantable colección de tópicos pseducientíficos.
Inspector jefe del distrito
Lo llamado «información» viene de lejos: en los tiempos de las novelas de «intriga internacional», repleta de espías, armas atómicas y todo tipo de artilugios tecnológicamente avanzados, era exasperante su meticulosa descripción. El más ingenioso es Frederick Forsyth y el rey del techno-thriller más insufrible, Tom Clancy. Sin embargo, al lector medio le encanta esta parafernalia. Ahora se han puesto de moda las técnicas forense y criminal, indispensables para resolver el caso. La intuición, los golpes de suerte y la genialidad del detective que deduce de los datos conclusiones acertadas están a expensas de los distintos laboratorios de genética, huellas dactilares, espectrógrafo de gases, etc.
Como Jørn Lier Horst fue durante años inspector jefe del distrito de Vestfold, lugar donde transcurre principalmente sus novelas, no tiene necesidad de alardear del trabajo policial. Llama la atención en «Cerrado en invierno» que la investigación en los laboratorios sea rutinaria y adecuada. Le interesa más la trama, en apariencia policiaca, aunque en realidad se trata de un thriller de misterio. Cada capítulo plantea un nuevo giro argumental y desconcierta al investigador y al lector, al ir creciendo a medida que avanza el suspense. Todo se enreda más y más como si un «Deus ex maquina» caprichoso manejara los hilos de esta desconcertante historia, narrada con delicadeza por Jørn Lier Horst. Otra y no menor de sus singularidades es la utilización funcional de los personajes; integrados en el relato como elementos discretos que lo hacen avanzar, con el mínimo psicologismo, ese del que tanto se abusa. Con la adjetivación justa, sin florituras descriptivas, ese mínimo ambiental que sirven ambientar la acción, guiada por un narrador tan opaco y nada intrusista. Jørn Lier Horst es todo un descubrimiento.
Lluís Fernández

Ante las chinches, la risa de Cummings

Nos habíamos acostumbrado tanto a leer «e. e. cummings», pues fue así como aparecían firmados sus libros de poesía, que nos chirría ver ahora su nombre en mayúsculas, en esta recuperación de «La habitación enorme» (traducción de Juan Antonio Santos Ramírez). Se trata de una de esas novelas de culto –alabada por cierto por Fitzgerald– que responde al vanguardismo del que hizo gala siempre el autor de Cambridge, Massachusetts. O tal vez, más que novela cabría llamarla crónica autobiográfica, aunque al fin y a la postre el desarrollo del texto tenga un marcado tono literario, con personajes llamativos, profusión de diálogos y búsqueda expresiva singular, con multitud de extranjerismos y, de modo muy original, dibujos del mismo Cummings que sirven para ilustrar lo que se cuenta.
Como explica en el prólogo Susan Cheever, reputada autora estadounidense conocida por sus memorias, sus escritos sobre el alcoholismo y su dedicación a la historia de su país, Cummings sólo tardó un día en alistarse después del anuncio de que, en 1917, los Estados Unidos iban a entrar en la Primera Guerra Mundial. Era un licenciado de Harvard de veintitrés años que formaría parte del cuerpo de ambulancias en Francia, a pocos kilómetros del Somme; desde allí se dedicaría a escribir numerosas cartas a casa para contar lo que estaba sucediendo, con un ojo crítico muy señalado, y a causa de su actitud rebelde los oficiales franceses y americanos buscaron entre sus hojas indicios de traición, y con el añadido de algún que otro brote de desafío frente a sus superiores, al futuro escritor lo arrestaron e interrogaron, obligándole a decir que odiaba a los alemanes.
Él se negó a obedecer y de resultas de eso acabó en un campo de detención en Normandía. El libro, así, constituye la recreación de ese encierro kafkiano, en una habitación oscura llena de individuos que también esperaban a no se sabe qué y en la que Cummings permaneció los siguientes tres meses, con otras cuarenta y tantas sombras, durmiendo en jergones llenos de chinches y con cubos a modo de letrinas.
Poner buena cara
Un lugar repugnante que al final es para el autor una forma de hablar de la condición humana más que de la guerra en sí o del sufrimiento extremo que esta acarrea, y además con humor, en un ejemplo admirable de cómo poner buena cara al mal tiempo. En paralelo, su padre maniobró para sacarlo de allí, incluso escribiendo al presidente Wilson, pero su hijo no necesitaba ser salvado: los personajes que estaba conociendo eran demasiado interesantes, pues también había artistas, aunque volviera triste y enfermo después de un encierro semejante. Y ya en casa se dispuso a escribir lo que acabaría siendo un ataque contra los poderes fácticos; por ello, «La habitación enorme» ha acabado siendo considerada un canto a la libertad dentro del confinamiento, un texto antibelicista implícito por su reconstrucción literaria de gentes que tratan de sobrevivir aislados y a la vez obligados a relacionarse, en una ratonera donde surge lo mejor y lo peor de ellos.
Toni Montesinos

Chernóbil, caso (muy) abierto

El 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de la inmensa central nuclear de Chernóbil explotó y el infierno radiactivo que originó hizo que el nombre de Chernóbil pasara sombríamente a la historia como sinónimo de tragedia nuclear. Kate Brown analiza en este libro aquella catástrofe y sus consecuencias aportando numerosos documentos, referencias y testimonios. Su título, «Manual de supervivencia» está cargado de doble intención y de denuncia: tres meses después del accidente, el Ministerio de Salud ucraniano distribuyó un folleto informativo en el que afirmaba que tras el accidente se habían analizado minuciosamente la radioactividad de los alimentos y del territorio: «Los resultados demuestran que ni adultos ni niños corréis peligro alguno por trabajar y vivir en dicho territorio. La mayor parte de la radiactividad ha desaparecido. No existen motivos para que dejéis de consumir productos locales». El número de muertos según los datos oficiales fue de cincuenta y cuatro, pero se calcula que la radiación provocó entre dos mil y nueve mil muertes por cáncer y según otras fuentes el número se elevaría a doscientas mil personas y a 93.000 casos mortales de cáncer en el futuro. Nunca se ha llevado a cabo una investigación epidemiológica a gran escala y prolongada en el tiempo de las consecuencias de Chernóbil.
Cifras y daños
El propósito de Brown es precisar las cifras y los daños, las secuelas médicas y medioambientales del desastre. Hasta 1989 no se levantó el bloqueo que las autoridades soviéticas habían impuesto sobre los informes de la Central Nuclear. En este libro descubrimos cuestiones inquietantes, por ejemplo, que durante los años de la Guerra Fría los líderes de las grandes potencias nucleares ya habían provocado la exposición de millones de personas a peligrosos isótopos radiactivos durante la producción y pruebas de armamento nuclear.
Chernóbil era una llamada de atención que ondeaba sobre otras muchas catástrofes nucleares que «convenía» mantener ocultas. La manipulación de la verdad se convierte en la puesta en peligro de las vidas de millares de personas. En un capítulo de este libro podemos leer las instrucciones sobre el procesamiento de la carne radiactiva para fabricar salchichas. El espanto y la estupefacción ya solo pueden ir más lejos cuando se trata el tema de las deformidades de los niños nacidos de padres afectados por exposición nuclear. En este magnífico libro queda muy clara la forma en que los políticos juegan con miles de vidas humanas emitiendo mentiras y medias verdades.
S. Fernández-Prieto