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«La Liada»

  • El presidente catalán, Quim Torra, a la derecha, saluda al ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska (Foto: Efe)
    El presidente catalán, Quim Torra, a la derecha, saluda al ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska (Foto: Efe)
Sevilla.

Tiempo de lectura 4 min.

08 de septiembre de 2018. 20:41h

Comentada
Enrique Miguel Rodríguez.  Sevilla. 8/9/2018

Tengo, como tantos españoles, la impresión de que el martes próximo, día 11, la traducción al español de la Diada puede convertirse en «la Liada». Son meses de argumentos incendiarios lanzados a un público entregado, con ramalazos profundos de violencia. Torra pronunció hace unos días en una conferencia en un teatro para fans más entregados que los de la Pantoja –este presidente de la Generalidad y todo el independentismo tiene mucho de farsa teatral, con inclinaciones al drama–. Por cierto, ¿por qué no usa el Parlamento para estas comunicaciones? Ah claro, que lo tiene cerrado, así nadie puede llevarle la contraria. Me pierdo, a lo que voy: Torra amenazó con que sólo aceptará la absolución para los que denomina presos políticos y que, de lo contrario, los catalanes los pondrán en libertad, una especie de Toma de la Bastilla. A este presidente, a los ex, uno de ellos instalado como una especie de rey en el exilio en Bélgica; se les llena la boca de democracia, de formar parte como estado republicano libre de la zona con más garantías legales y democráticas... pero no tienen empacho en afirmar que los jueces harán lo que manda el pueblo catalán, vamos ellos. Por eso te quedas a cuadros cuando el ministro del Interior de toda España, incluida Cataluña, que por cierto es juez y de muy valiente trayectoria, se reúne con Torra y con su Gobierno para acordar las medidas de seguridad de los próximos días, incluida la colaboración de todos los Cuerpos de Seguridad del Estado, y en la posterior rueda de prensa el responsable de Interior catalán habla, teniendo a su lado a Grande-Marlaska, con absoluta normalidad de los presos políticos. El grande se empequeñeció y se quedó como una estatua de bronce instalada en un parque, sin vida. Sólo le faltaban las ca... de los pájaros. Con estos antecedentes y todo lo que llevamos visto y oído, ¿alguien se puede creer que se va a respetar nada de lo acordado? Cuando un ministro de un Gobierno de Churchill, también ahora en la lista de los que hay que arrebatarle su gloria, lo increpó por haber cambiado de opinión, recibió del gran estadista una respuesta marca de la casa, de las que tarda uno en reponerse: « Los que no tienen el valor de cambiar de opinión terminan perdiendo la razón». Presidente Sánchez, usted que se muestra tan errático en otros temas, por qué no deja de pensar que aguantando puñaladitas, menosprecios, faltas a las personas, a la ley, a los mandatos constitucionales, incluso al rey; los del proces van a terminar en sus manos. Tremenda equivocación, ni lo harán ni a estas alturas pueden. Pero terminemos con la alegría que te dan las cosas buenas, que además suceden en nuestra tierra andaluza y que ponen en un escaparate mundial una de las manifestaciones artísticas más profundas, popular, llena de sentimientos, nacida en nuestros campos, en nuestras celebraciones, en nuestras minas, en nuestras costas... y que ha terminado traspasando todas las fronteras, invadiendo los grandes teatros del mundo. Si, como dicen, el inmediato futuro estará liderado por Asia-Pacífico, el flamenco está instalado, querido y respetado, en la citada zona, por tanto con el porvenir asegurado. Todo esto viene a cuento de la inauguración de la XX Bienal de Flamenco de Sevilla. Cuarenta años del mayor festival flamenco del mundo. El pregonero de éste, el escritor Benítez Reyes nos dijo: «Cuando escuchamos a un cantaor, sabemos que su cante viene de lejos, de un tiempo sin tiempo». Acogiéndome al lenguaje de Curro Romero, gran amante y protector del flamenco de toda la vida, después de lo dicho por Benítez Reyes: «Sanseacabó».

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