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Lugar de ensueño

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04 de julio de 2018. 21:15h

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Les dejé en esa especie de alocada montaña rusa que es la carretera que conduce a Positano y a otros muchos pueblitos de la costa de Amalfi. La llegada al hotel ya es una gratísima sorpresa. El buen gusto, el refinamiento y un servicio perfecto. Por las terrazas, como suspendidas sobre el mar, ves que hasta las calitas privadas del hotel hay varios cientos de metros. Tanto es así que en los siete días que he disfrutado de tan bello establecimiento no llegué a tener claro la combinación de ascensores que te dejaban prácticamente en el mar. Pueblecitos maravillosos donde siempre encuentras unas iglesias estupendas, villas con historias de personajes que las han vivido en los últimos 100 años y trattorias donde la comida es algo delicioso. Ya si te vas directamente por mar a Amalfi, además de todo lo anterior, encuentras galerías de arte y un comercio de un nivel altísimo. Sorrento, un poco más alejada y la mayor de las poblaciones del entorno, es de visita obligada. Llevas en tu oído canciones que has disfrutado desde niño, así que siempre hay que tornar a Sorrento. Positano es un pueblo hermoso, con sus prolongadas cuesta y escalinatas llenas de una vida comercial intensa y lujosa. Por supuesto, con restaurantes magníficos. Por cierto, sorprendente las cartas de vinos de los locales de la zona, son de 50 páginas y encuentras desde vinos de 40 euros a 6.000. Llegó el día de la visita a Capri. Desde el hotel partimos en un barco acompañados de dos parejas americanas, agradables y atractivas, en viaje de novios y dos chicas tibetanas residentes en Nueva York. Como apunta Josep Piqué en su último libro, el futuro es oriental. Sólo hay que ver los visitantes en las fastuosas joyerías de la isla y en todas las boutiques de las grandes firmas internacionales, donde el cliente comprador en su inmensa mayoría es de Asia-Pacífico. La llegada a Capri es una especie de desembarco de Normandía. Arriban constantemente barcos de todo tipo, desde transatlánticos a pequeños faluchos. Por lo cual la llegada es un caos. Una vez que ya has subido al centro el tema cambia, pero, sobre todas las cosas, dar la vuelta a la isla por mar, visitando sus enormes cuevas y bañándote en ese mar del color de los zafiros intensos es un placer de dioses.

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