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Jaume Sisa: «Cualquier tiempo pasado no fue mejor, pero tampoco sé si será mejor el futuro»

El cantautor galáctico presenta su obra completa en dos libros editados por Anagrama

  • Jaume Sisa: «Cualquier tiempo pasado no fue mejor, pero tampoco sé si será mejor el futuro»

Tiempo de lectura 5 min.

11 de octubre de 2019. 21:14h

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Víctor Fernández Barcelona. 11/10/2019

Jaume Sisa y sus heterónimos vuelven a reunirse se reúnen en dos libros en el que el músico catalán recopila la totalidad de su obra. «Els llibres galàctics», editado por Anagrama, nos permite conocer la labor de Sisa desde 1966 hasta 2018 con la complicidad de Ricardo Solfa, Ventura Mestres o el Viajante.

–¿Qué balance hace de su carrera al ver estos libros?

–El balance que le puedo hacer después de ver los libros publicados es que todavía no llego a comprender que es lo que ha pasado en estos últimos cincuenta años. Es que todavía me acuerdo perfectamente de cuando tenía veinte años y eso que ahora tengo setenta. No sé qué ha pasado. Tengo dudas sobre si esto del tiempo no será un timo. No debe existir el tiempo, aunque no sé por qué nos lo creemos. Es entonces cuando te das cuenta que te has hecho mayor y recuerdas cuando empezaste siendo joven... No entiendes nada. Así que puede que sea cierto eso de que la vida es un sueño.

–Por tanto, ¿no se atreve a decir, como Jorge Manrique, que cualquier tiempo pasado fue mejor?

–No. Cualquier tiempo pasado fue mejor no, pero tampoco estoy seguro que cualquier tiempo futuro sea mejor. Esto del tiempo es un misterio que los humanos no podemos entender.

–En estos libros se incluyen poemas que nunca se han musicalizado. ¿Qué es lo que hace que una composición se convierta en canción?

–Este es un tema bonito. Comencé a escribir y no sabía si eran poemas o canciones, pero como tenía una guitarra que me había comprado... Creo que si no me hubiera comprado una guitarra hubiera escrito igual y no sé si hubiera escrito algo interesante. Bueno, todavía no lo sé.

–Pero siguió escribiendo.

–Sí, tanto palabras que pedían música como otras que no lo pedían. Una canción representa que es un poema menor, pero para mí debe tener un mínimo de entidad poética la letra de una canción.

–Esa entidad poética, cuando pasa a ser canción, pasa a ser cantada por otros, no solo por su autor. ¿Es esa también la idea? ¿El público complementa la canción al hacérsela suya?

–Cuando uno decide exponer públicamente las canciones que hace, como fue mi caso, quieras o no ya hay una intención que los demás te escuchen y compartan lo que tú cantas. En este sentido, de una manera más o menos consciente, eso es lo que yo quería. A los veinte años ya tenía claro que lo que me gustaba era esto de la música. No paré hasta profesionalizarme y poder vivir de esto. Eso quiere decir que los demás compren tus canciones y les gusten. Digamos que no he tenido nunca una vocación «underground», de maldito o alternativa, como se dice ahora. No. Lo que quería era que mis canciones gustaran y la gente las cantara.

–¿Tampoco existió la intención de ir contracorriente?

–Eso era algo que salía de una manera natural y espontánea. Es que la corriente era tan mierdosa y horrible... Estamos hablando de finales de los años sesenta, en plena dictadura franquista, en un país atrasado y empobrecido culturalmente. Por eso lo difícil era ir a favor de la corriente.

–En el libro recuerda que Jaime Gil de Biedma le propuso hacer un disco del que él hubiera escrito las letras.

–Si me preguntaran de qué cosas te arrepientes en la vida, esta sería una de ellas. Me propuso hacer canciones juntos tras «La Nit de Sant Joan» de 1981. En ese momento, no sé por qué, por las razones que fueran, no le dije que sí. «Ya lo pensaré», le comenté. Cinco años después, en 1986, lo llamé. «Oye, ¿todavía te apetece que hagamos algo juntos?», le pregunté. «Es que no puedo. Estoy muy enfermo. Tengo que viajar a Suiza un día al mes para hacerme transfusiones. Tengo un tratamiento...» Claro, ya tenía el sida. No podía hacer nada.

–Gil de Biedma hubiera sido un colaborador de una carrera en la que, como Pessoa, usted ha vivido rodeado de heterónimos. Ricardo Solfa o Ventura Mestres son solitarios. ¿Es buscado o le habría gustado que estos heterónimos tuvieran colaborador?

–Lo que pasa es que tenían un padre espiritual que era yo. Tal vez iban bien protegidos. Este padre espiritual posteriormente intentó materializarse en el Viajante. Le encargué al Viajante que los cuidara, que los protegiera y ayudara.

–¿A cuál de estos hijos quiere más su padre espiritual?

–Es muy difícil. Es un dilema que no se debe plantear. Los padres quieren a sus hijos normalmente. No puedo escoger uno de mis hijos como no puedo escoger entre mi padre o mi madre.

–En estos textos tiene una gran importancia Barcelona. En uno de ellos habla con nostalgia y admiración de una Barcelona desaparecida, la de los años setenta. ¿Cómo ve hoy la ciudad?

–La Barcelona de ahora es un parque temático para turistas, pero eso no es nada comparado con lo que será en el futuro. Llegará un día en el que los barceloneses no vivirán en Barcelona porque no tendrá habitantes. Viviremos fuera, no sé dónde, pero vendremos a Barcelona a hacer de barceloneses, a hacer de genete normal que vive y trabaja aquí para que los turistas no se encuentren la unos decorados vacíos. Estará muy bien porque de esta manera todos tendremos trabajo.

–¿No se cuidado Barcelona?

–No es que se cuide o se deje de cuidar. El sistema va hacia aquí y es imparable porque nadie puede pararlo. Es como intentar parar el AVE con un tranvía. Barcelona siempre ha sido una ciudad muy viva culturalmente porque ella resume toda la potencia y la impotencia de la cultura catalana. A Barcelona le falta un Estado, pero ese Estado es imposible por lo que se tiene que espabilar sola. Es como una madre soltera, aunque es fuerte y valiente. Acaba saliendo adelante.

–Acaba de colaborar en el último disco de Manel.

–Lo de Manel ha sido muy bonito porque ellos han ido a la pirámide y han cogido una momia a la que le han hecho cantar una canción. Pero la momia les ha chupado la sangre. Fue un intercambio feliz como buenos catalanes.

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