Madrid bajo toque de queda: desconcierto y temor en la primera noche con las nuevas restricciones

Anoche, a las 22 horas, se activaron las medidas para contener los contagios. Unas restricciones que frenan en seco las actividades de los vecinos y los dueños de los negocios. Así lo vivieron

Es una sensación, no de irrealidad –que para esa impresión ya hicimos entrenamiento y clases magistrales en marzo– pero sí de volver a empezar desde otra perspectiva, con el callo hecho, pero con cierto cansancio y también miedo renovados tras un estío en el que parecía que valía todo.

En Madrid que está restringida desde esta noche, la vida normal se convierte en un zarpazo de anormalidad a partir de las once de la noche. A esa hora, los locales comerciales siguen con sus luces para atraer clientes y los bares y casas de apuestas con sus luces de neón un colorido bastante lustroso, aunque sin pasarse, no es como el que hay en Vigo en Navidad. A las once se acabó lo que se daba: apagón generalizado, salvo en el interior de los establecimientos –que empiezan sus labores de intendencia: limpiar, recoger basura, retirar las sillas de la terraza y pedir a los rezagados que siguen tomando sus consumiciones que se apuren con la cuenta porque el cierre es inmediato. De repente, o no, a todo se acostumbra el ser humano, la ciudad se va a quedar en puntos suspensivos hasta el próximo día. Eso no quiere decir que los vecinos se confinen ya que quedan asuntos pendientes: pasear al perro, regresar del trabajo en el Metro y, algunos, aplicarse en correr y hacer deporte en unas calles que ya están semi desiertas. Y no hay que olvidar a gente mayor, y joven, que, de cinco en cinco, se reúnen en un parque para deshacerse de la claustrofobia de estar tantas horas haciendo teletrabajo. Un respiro; eso sí, con mascarilla.

Fernando, dueño de un bar de esos de toda la vida con clientela fija, recoge con pausa, pero sin prisa. No tiene barra, por lo que ha mermado su trabajo, y ha suspendido las partidas de mus que echaban los más veteranos de Vista Alegre. «Ha sido consensuado. Son gente mayor, personas de riesgo y hemos decidido posponerlo por su seguridad. Ya vendrán tiempos mejores. Eso sí, por las tardes estoy más solo... Y no quiero ni pensar en el invierno, cuando a las seis sea de noche», dice sin dramatismos.

Carlos, encargado de La taberna de Domínguez, lo lleva un poco peor: el negocio se desangra porque no puede dar cenas desde las diez y con miramientos, «era el plato fuerte de la jornada y ya no se puede aprovechar porque a partir de las diez se cierra la cocina y se pierde un 80 por ciento de la venta». También habla de la incertidumbre que de nuevo se ha instalado: «No se sabe si iremos al ERTE o habrá algún despido. Por la tarde hay poco trabajo. Las personas tienen miedo e incertidumbre por si viene la Policía y si les van a multar... Con esos condicionamientos, se pierde clientela».

De las casas de apuestas, mejor no hablar, más que nada porque las miradas de los encargados y clientes recuerdan a los rayos en los ojos de Mazinger Z. No te fulminarían, pero casi. Apenas sueltan una frase –media hora antes del cierre, algo que cumplen escrupulosamente– llena de resquemor y de reproches: «La Prensa nos ha crucificado y ahora, ¿queréis que os contemos cómo estamos? Jodidos, como todos los negocios. Ya está, no quiero que ahuyentes a los clientes».

A unos jóvenes que están en una terraza, pasadas las once de la noche, les da la risa floja. «Pasan diez minutos, pero vivo aquí cerca», dice uno con despreocupación. Otro habla de que trabajar en casa «no es ningún chollo, puesto que es como si estuviese confinado y necesito salir. Me bajo por las tardes un rato y ya está. No es lo mismo que sucedió en marzo, veo más a menudo a mis amigos que están en el barrio. Lo que sí noto es que la Policía Municipal controla mucho más los vehículos que las personas que entran o salen del Metro. De todas maneras, por lógica, hay cosas que se me escapan: ¿Hay alguien de otro barrio que venga a darse una vuelta por la calle de La Laguna? Por poner un ejemplo. ¿En serio que hay que vigilarnos y más a estas horas? Son cosas absurdas». Mientras, la dueña del bar, de origen chino, dice con su particular lenguaje: «No fotos, nosotros cerrar ya».

A las once y 27 minutos, hay que ser precisos con las horas, un hombre, con su mascarilla bien puesta anda por la calle con la mirada azorada. Viene de cuidar a su suegra, «tiene más de 90 años. Está en un Centro de Día, pero por la noche hay que darle las pastillas». Como si se sintiese un delincuente, se empeña en enseñar los papeles que le acreditan para tal labor. Lleva desde marzo a cuestas con este papel debidamente plastificado. Lo dejó en casa en verano y pensó que nunca lo volvería a coger. Se equivocó. «No me gustan mucho las restricciones. Lo que hay que hacer son más pruebas y que llevemos bien las mascarillas. En estos días somos más disciplinados, pero durante el estío veías a la gente en los parques bebiendo, fumando. Igual sucedía en las terrazas en las que en una mesa para cuatro se sentaban ocho y no hacían caso al camarero... Algunos creían que esto era una broma».

Un grupo de chicos están sentados en el banco de un parque debidamente protegidos y con la poca luz que hay como refugio. «Es una sensación de clandestinidad que no nos gusta mucho», apunta uno de ellos. Eso sí, otro dice tajante: «No es que no se pueda estar en la calle a esta hora, pero siempre que no seamos grupos de más de seis. Una chica no puede por menos que mostrar su indignación con los políticos «porque un día dicen una cosa, pocas horas después se contradicen y lo que prohíben se puede hacer de otras maneras. Todo es muy ilógico y desconcertante».

Lo que más echan de menos son las relaciones con personas que no viven en Carabanchel, o que su zona, que está apenas a 500 metros no tiene restricciones, aunque a partir de hoy va a cambiar, pero no se le quita el disgusto: «Mi novia vive en Pau y ni ella ni yo podemos vernos. Por lo que hemos vuelto a la relación telemática».

Es un alivio, pero la herida está ahí, ahora se puede, pero no se olvida de la última quincena: «Es como si viviesen en Albacete, aunque tengo a mi sobrina, su esposo y los niños a tres paradas de Metro», dice María, que no los ve desde hace meses. Ahora, en Madrid, no hay vallas, pero sí entre los pueblos. Su otra sobrina está en Pozuelo, «a seis euros de taxi». El teléfono fijo y las vídeo llamadas vuelven a ser el único recurso. Los besos al aire, también.