“Pinta Malasaña” en el mercado de los Mostenses: cuando los grafitis sí aportan

Los murales han apostado por potenciar la diversidad cultural de un mercado cuya oferta le hace desmarcarse de los comercios de abastos tradicionales

Decían recientemente los sufridos libreros de la Cuesta de Moyano que sus casetas se habían llenado de grafitis después de meses de confinamiento. Algunos con gracia y otros con ninguna. Eran estos últimos los que más les dolían, especialmente a sus bolsillos, ya que tenían que afrontar personalmente su limpieza. En todo caso, planteaban un debate interesante: ¿dónde está la linea que que separa la gamberrada del arte urbano?

La respuesta es tan fácil de enunciar (cuando aportan y no destruyen, cuando embellecen y no afean...) como difícil de ejemplificar. Al fin y al cabo, cada uno llevamos nuestro crítico de arte interior, subjetivo y no necesariamente entrenado en estas lides. Los que sí están encantados de haber visto renovados sus puestos son los comerciantes del mercado de los Mostenses. Esta semana, sus tiendas, a escasos metros de la Gran Vía y a punto de cumplir 75 años, lucen nueva cara: collages y dibujos de hasta medio centenar de artistas han llenado las puertas y cierres de este espacio, aprovechando al máximo sus miles de metros cuadrados vírgenes.

El motivo no ha sido otro que una nueva edición del festival «Pinta Malasaña», cita que nació en 2016 con el objetivo precisamente de poner en valor el arte urbano. En la época pre-coronavirus, las creaciones, ejecutadas por los artistas en vivo y en directo, llegaban a sumar hasta 30.000 espectadores en este céntrico barrio de la capital. Este año, y ante el aplazamiento el pasado verano motivado por la crisis sanitaria, «Pinta Malasaña» ha encontrado su hueco en los Mostenses. Todo ello sin entorpecer el día a día de comerciantes y clientes, casi a escondidas, en el momento en que los titulares de los puestos echaban el cierre.

Los murales han apostado por potenciar la diversidad cultural de un mercado cuya oferta le hace desmarcarse de los comercios de abastos tradicionales. Y es que ver sus productos supone darse un garbeo por las calles de Brasil, Perú, Santo Domingo... Salir de Madrid, en definitiva, durante un nuevo «puente» de fronteras cerradas pero con las persianas bien abiertas.