
Historia
“¡Sereno, vaaaaa!”: la profesión que dio voz y calma a Madrid
El fallecimiento de Manuel Amago, último sereno de la capital, reabre la memoria de un oficio querido y desaparecido, contado por quienes lo vivieron de cerca

El pasado martes, Madrid perdió a su último sereno: Manuel Amago Fuertes, quien falleció a los 98 años. Con su muerte se cierra un capítulo mágico en la historia urbana de la capital, marcado por una figura que conocía cada rincón y que fue, para muchos, símbolo de seguridad, cercanía y serenidad. Aquellos hombres de voz potente que abrían portales, calmaban ruidos y acompañaban a los vecinos en la oscuridad de la noche. Con Amago se apaga la última linterna viva de ese tiempo.
Pero no se trata solo de mirar al pasado con nostalgia. La figura del sereno sigue presente en la memoria de muchos madrileños gracias a investigadores y familiares que han querido rescatarla. Sonia Taravilla, historiadora y divulgadora, creadora de la cuenta de Instagram @el_sereno_de_madrid ayuda a entender lo que significó ese trabajo, con sus luces y sombras.
“Cree que el perfil porque me di cuenta de que apenas una generación recordaba lo que era un sereno”, explica a este periódico. “Otros muchos tenían solo referencias en sainetes, películas de los años 40, 50 y 60 o en novelas del XIX. Por eso decidí usar al sereno como cronista de la ciudad”.
Para Taravilla, los serenos fueron mucho más que abridores de portales. “Nacen con Carlos III, cuando se libera a los madrileños de encender las farolas, y con Carlos IV se institucionaliza el cuerpo. Con Fernando VII incluso se establecen requisitos: tener voz fuerte, robustez física, buena presencia. Su función era encender las farolas, mantener la tranquilidad en la calle, avisar en caso de incendios, saber dónde estaba la farmacia o los bomberos. No tenían autoridad, pero su sola presencia era persuasiva”.

“Los serenos tenían demarcaciones fijas, las licencias pasaban de padres a hijos, familiares, conocidos… y vivían de propinas”, señala. Por eso, no era lo mismo ser sereno en el barrio de Salamanca que en Arganzuela: unos barrios eran más generosos, otros no tanto. Esto obligaba a que casi todos tuvieran un segundo empleo, convirtiéndolo así en un trabajo muy sacrificado. “Pero a su vez también les dio un contacto humano con el barrio que hoy no existe”.
El recuerdo de una hija
Ese sacrificio lo conoció de primera mano Paqui Vallejo, hija de Julián Vallejo Yuste, sereno en Manoteras (Hortaleza). Su testimonio es el reverso íntimo de la historia.
“Recuerdo que lo que hacía era controlar la zona, vigilar que no hubiera jaleo, que no hubiera ruidos. Mi padre empezó en 1969 y estuvo unos doce años. No tenía uniforme, solo una gorra, el palo y las llaves de los portales que le tocaban”, recuerda para este periódico.
El ingreso al oficio, como tantas veces, fue por contactos: “Entró porque un amigo se lo ofreció. Mi padre era albañil, encargado de algunas obras, y dormía lo que podía. Por la mañana en la obra y por la noche de sereno. El sueldo eran propinas: cada vecino daba lo que quería y podía, los locales solían dar más, pero en nuestro barrio no eran propinas grandes”.
La dureza marcó a toda la familia. “Fue una época muy dura. Éramos seis hijos. Le veíamos muy poco porque estaba siempre trabajando. A veces no tenía trabajo por la mañana y teníamos que sobrevivir con lo poco que daban los vecinos”. Sin embargo, en el que caso de Julián y de muchos otros, aquel trabajo se convirtió en oportunidad: “Gracias a ser sereno entró después en el Ayuntamiento de Madrid y nuestra vida mejoró mucho. Él ya tenía un horario y nosotros podíamos vivir más tranquilos”.
Sin embargo, lo que más destaca de su padre es de la pasión con la que su padre vivió el oficio: “Le encantaba. Era muy sociable, le gustaba hablar con los vecinos, ayudarles. A él le ofrecieron integrarse en la Policía Municipal, como a muchos serenos cuando intentaron absorberlos, pero no quiso. Prefirió seguir en el Ayuntamiento hasta jubilarse”.
Una profesión entre el deber y la cercanía
Los recuerdos de Sonia Taravilla y Paqui Vallejo ayudan a humanizar un trabajo que en ocasiones se idealiza. Según recogía ya en 1976 el Tomo XII de los Anales del Instituto de Estudios Madrileños, los serenos nacieron a finales del siglo XVIII como respuesta a una necesidad práctica: seguridad y alumbrado nocturno en una ciudad en crecimiento. Los vecinos pagaban una contribución para mantener el cuerpo, que pronto se unió al de faroleros.
Aquellos reglamentos hablaban de rondas estrictas, de cantar la hora “con voz acompasada” cada cuarenta pasos, de avisar en caso de incendios o disturbios. También se documentaban quejas: algunos se quedaban dormidos, otros se emborrachaban. La precariedad salarial era constante, con retrasos en los pagos y hasta huelgas de faroleros.
Pero junto a esa cara áspera estaba la otra: la del sereno que acompañaba a un vecino perdido, el que llamaba al médico en mitad de la noche o el que guardaba las llaves de decenas de portales.
El eco de Manuel Amago
La muerte de Manuel Amago, el último sereno de Madrid, reabre esta memoria. Como recuerda la prensa, Amago trabajó sobre todo en el Barrio de Salamanca y mantuvo el oficio incluso después de su supresión oficial en los 80. Seguía saliendo con su gorra, su chuzo y su llavero, saludando a los vecinos y recordándoles que no estaban solos en la noche.
Su figura se ha convertido en símbolo de toda una generación. Y su despedida, a los 98 años, ha hecho que muchos madrileños redescubran qué significaba llamar “¡sereno!” y escuchar desde la oscuridad un largo “¡vaaaaa!”.
Los serenos desaparecieron porque la tecnología y la organización moderna los hicieron innecesarios. Los porteros automáticos, las cerraduras personales, la iluminación eléctrica y la profesionalización de la Policía cerraron su ciclo. Pero lo que se pierde no es solo un oficio, sino una forma de relación vecinal. Hoy, cuando la seguridad depende de cámaras y alarmas, cuesta imaginar la cercanía de aquellos hombres que sabían el nombre de cada vecino, que escuchaban confidencias y que mediaban en disputas.
El fallecimiento de Amago no debería ser solo una nota de sucesos, sino un recordatorio de lo que significan las profesiones que desaparecen. Los serenos fueron una mezcla de seguridad y humanidad, de voz potente y conversación cercana, de disciplina y trato vecinal.
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