Gervasio Sánchez: «Hay lugares donde por proteger la tierra no te dan un porrazo como en Europa, te pegan un tiro en la cabeza»

El fotoperiodista de conflictos y crisis humanitarias exhibe en Valencia la exposición «Activistas por la vida», que recoge el testimonio de 40 personas de Honduras y Guatemala amenazadas de muerte por defender la naturaleza y los derechos humanos

Gervasio Sánchez posa durante la inauguración de «Activistas por la vida», exposición organizada por la asociación Entrepobles y el Colegio Mayor Rector Peset de la Universidad de Valencia
Gervasio Sánchez posa durante la inauguración de «Activistas por la vida», exposición organizada por la asociación Entrepobles y el Colegio Mayor Rector Peset de la Universidad de Valencia FOTO: Biel Aliño EFE

Este año se cumplen 40 desde que Gervasio Sánchez (Córdoba, 1959) acudió a su primer conflicto armado. Aún no había concluido el verano del 82 –trabajaba como camarero de playa para costearse la carrera– cuando el fotoperiodista viajó a Israel. Días después, masacraron a los palestinos en Sabra y Chatila. «No escribí nada, solo tomé fotografías. Cuando volví, se las llevé al Diario de Barcelona. Me dijeron: “Cuando vuelvas a molestarme, al menos trae algo que valga la pena”».

–Y de ahí a obtener el Premio Nacional de Fotografía en 2009.

–No soy de los que les guste viajar al pasado para callar bocas. Las fotos no eran buenas. En esta profesión, se aprende de los errores. Y esos primeros viajes iniciáticos que hacía los meses de septiembre, antes de empezar las clases en la facultad, por mi cuenta, y que no me dieron ni una peseta, fueron como hacer un máster.

–¿Qué le llevó a apasionarse por los conflictos?

Yo siempre digo que quería ser periodista desde los 14 años. Coleccionaba sellos, y me hacían imaginar que algún día iría a esos países. Era el único estudiante de un centro de 1.000 alumnos que iba con un periodico bajo el brazo, aunque tengo que reconocer que era deportivo [ríe]. Eso sí, lo compraba de mi bolsillo. En la universidad ya tenía claro que quería ser periodista de guerra. En aquellos tiempos trabajaba de camarero en los veranos. Trabajaba hasta el 15 de septiembre y luego me iba un mes o 40 días de viaje. Siempre llegaba al curso con las clases comenzadas. En el 80 me fui a Turquía una semana después del golpe de estado, el 81 a la antigua Yugoslavia, en el 82 a Israel y Egipto, en el 83 a Argelia y Túnez casi 45 días y, ya en el 84, a Centroamérica. Estuve en El Salvador, Guatemala, Honduras... He presenciado el genocidio de los indígenas, desapariciones forzosas de personas, mutilaciones.

–¿Cómo soporta esa crudeza?

–Lo que más me molesta del periodismo de guerra es la cantidad de periodistas que hablan más de lo que van a hacer ellos, que de las vidas que han quedado atrapadas en el conflicto que presencian. En redes sociales parece que lo que sientes es más importante que lo que ves. También encuentras a la gente en Twitter publicando fotos en el aeropuerto, haciendo reflexiones y pisoteándose a sí mismos. Este tipo de periodismo nunca lo he entendido. La clave debería estar en no dar pistas a la competencia, en que se enteren de que estás en un conflicto cuando hayas publicado tu primera historia.

Es cierto que recibes un montón de impactos donde más duele. Y es muy difícil digerirlo. Algo de ti muere para siempre cubriendo un conflicto detrás de otro. No vuelves a ser el mismo. Hay gente que va a psicólogos; no es mi caso. Yo intento reequilibrarlo buscando historias. Buscando qué pasa después del conflicto, cuando la mayor parte de los periodistas se marchan. Porque las guerras no acaban cuando lo dice Wikipedia. Si la guerra en Ucrania hubiera acabado en 2014, no estaríamos aquí.

–Le gusta regresar, como a Honduras o Guatemala…

–Me gusta volver y reequilibrar mi propia balanza anímica. Se trata de ir a lugares como esos, donde si te revelas contra las grandes hidroeléctricas o cementeras para proteger tu tierra, tu sustento y el medio ambiente, no te dan un porrazo como en Europa, te pegan un tiro en la cabeza. Quiero estar al lado de estas personas que luchan desde el anonimato contra injusticias terribles de las que nadie sabe nada.

–Hábleme de la exposición «Activistas por la vida», ahora en el Colegio Mayor Rector Peset de Valencia hasta el día 27 de marzo.

–Fue en 2017, diez meses después del asesinato de Berta Cáceres, cuando barajé la posibilidad de realizar un proyecto sobre activistas perseguidos en Guatemala y Honduras. Porque los estaban matando en silencio. Porque sus muertes no aparecen en la prensa. Y porque, allí, el 90% de los crímenes contra activistas quedan impunes. Contacté con la ONG Entrepueblos –y con Laura Zúñiga, la hija de Berta– e hicimos una lista de 40 personas para retratar, con las que convivimos entre 2018 y 2019.

–¿Qué lleva a estas personas a jugarse la vida?

–Ellos y ellas no eligen ser activistas. Viven en situaciones de pobreza y les están robando sus tierras, que son suyas por derecho. Ellos dicen: «Sin nuestras tierras no hay futuro». Porque si se van de allí, acaban marginados en otros países. La gente ha crecido por generaciones en esas zonas agrícolas, en sus bosques y playas, y quieren vivir allí. Allí está su manera tradicional de subsistir, donde pescan y donde habitan sus ancestros, en los bosques sagrados. Pero no solo luchan por ellos, luchan por sus hijos y sus nietos. Por la memoria de sus pueblos. Luchan por sus comunidades, pero además protegen el medio ambiente del mundo. Y se enfrentan a la muerte con una dignidad asombrosa. Son héroes y heroínas contra gente poderosa sin escrúpulos y de gatillo fácil.

–¿Qué responsabilidad tienen con respecto a sus muertes las empresas hidroeléctricas, cementeras, etcétera que allí se instalan?

–En este proyecto hay una historia sobre un grupo de mujeres guatemaltecas que fueron violadas por los guardianes de una empresa de capital canadiense. Años después, se fueron a Canadá a litigar contra esta empresa por lo que había pasado. Los agresores no fueron canadienses, fueron guatemaltecos financiados por Canadá. Pero lo peor de todo es que en este país tiras un papel y te ponen una multa, pero luego se van a Centroamérica a poner una central. En sus países respetan, en los de los demás no les importa el medio ambiente. Son culpables. Y encima son tan falsos que te dicen que lo hacen legalmente, cuando mantienen lazos con gobiernos corruptos que utilizan sicarios. Eso sí, luego se celebra una cumbre y se les llena la boca. En Europa, nos volvemos locos cuando aparece un líder europeo como Greta Thunberg, pero a ella no le va a pasar nada. A Berta Cáceres la asesinaron.

Gervasio Sánchez explica el propósito de la muestra al público asistente
Gervasio Sánchez explica el propósito de la muestra al público asistente FOTO: Entrepobles Entrepobles

–Hábleme de Berta.

–A Berta la mataron porque no pudieron conseguir que la comunidad Lenca aceptara la construcción de una represa. Era una líder potente, un ejemplo de lucha. Cuando vieron que el único camino era matarla, la mataron. Pero les salió el tiro por la culata. No sabían que muerta era más peligrosa que viva. Ella era conocida, lo que llevó a la investigación que destapó que la empresa hidroeléctrica había contratado a sus sicarios. Los inversores europeos se retiraron del proyecto. Hoy, hay personas tan amenazadas como ella, pero saben que el impacto emocional que tuvo Berta ha hecho que no estén muertos. Que matar salga más caro que no matar.

–40 perfiles. ¿Qué vida le caló hondo?

–En 2018, fotografié a un grupo de líderes indígenas entre los cuales se encontraba Ramón, quien me enseñó su título de propiedad sobre la tierra. Cuando regresé para verle, su padre y su hermano habían sido asesinados. Las personas que lo mataron le habían advertido: «Te vamos a dar donde más te duele». Allí, eso es el pan de cada día.

–¿Hay solución?

–Que se apruebe un acuerdo internacional que para penar el ecocidio. Hay que llamar a las cosas por su nombre y esto se llama así, ecocidio. Los llevan a cabo empresas chinas, estadounidenses, canadienses. Y quien lo hace, debería pagar las consecuencias más duras.

–¿Sería suficiente?

–No lo creo. Los gobiernos violan sistemáticamente el Tratado Internacional sobre el comercio de armas. Un epígrafe detrás del otro. La ley dice que no se pueden vender armas a países donde existe el peligro de que se utilicen para cometer violaciones graves del derecho internacional humanitario y vendemos armas a Marruecos, Colombia, Venezuela, Bulgaria (de donde van a parar a África), Arabia Saudí… vendemos fragatas a los saudíes con las que bloquean ayuda humanitaria. Si esto se hace con las armas qué no se hace o se haría con la ecología. Pero bueno, por algún sitio hay que empezar.