El Estado no protege a los catalanes. Se las arreglan solos. La más novedosa de las autodefensas es el pis. Tengo el relato de primera mano de un barcelonés, harto de su vecino independentista. El pollo tenía por costumbre blasonar la cerca de mi amigo con lazos amarillos. Con bolsas de plástico altamente contaminante, claro. Amanecía la valla como un sembrado de girasoles. Hace poco lo pilló colocándolos. «¿Tienes algo contra el amarillo?» le dijo el chulo. «Nada. Me encanta el amarillo –contestó–, pero el plástico es poco ecológico». Como el fulano no se movía de la cerca, mi interlocutor se trasladó a la suya, se bajó señorialmente la bragueta, apuntó y miccionó en su valla. «Amarillo, le dijo, a mí también me gusta. Y éste es más ecológico. Cada vez que pongas lazos en mi casa, yo pondré un regalo en la tuya». Mi amigo es un señor, de ordinario contenido, así que su elegante hija, que presenció la escena, casi padece un soponcio, pero cada uno se defiende de la barbarie como puede. Incluso con el viril miembro.

El episodio me ha recordado la canción de los Toreros Muertos, con Pablo Carbonell, que ilustraba la micción de un tipo que había bebido bastante: «Sale de mí un agüita amarilla, cálida y tibia... pasa por debajo de tu casa, pasa por debajo de tu familia... El sol calienta mi agüita amarilla, la pone a 100 grados, la manda para arriba, empieza a diluviar... moja a tu padre...».