Miguel Ors: Lo que se entendía por periodismo

Uno acude a un diario no para tener un espacio donde sentarse por las mañanas, sino para no estar, o sea, para estar en la calle, que es el sitio natural del redactor

Provenía de esos viejos diarios de antes con máquinas de escribir y ceniceros llenos de colillas, cuando el artículo se escribía con el dedo índice de cada mano, un cigarrillo (o pipa ramoniana) en la boca y una botella de whisky extraviada por ese confinamiento de cajoneras revueltas de papelería y cuadernajos. Una imagen periclitada que algunos tildan de idealizante o romanticista, porque así nos evitamos revisar ciertos desvanes de la conciencia y la memoria. Sostenía, como diría aquel Pereira de Tabucchi, que la portada de un diario siempre debía sorprender al lector y desazonar a la competencia, una enseña muy romerista, y que lo importante de una sección nunca fue el número de páginas sino la calidad de cada una de ellas. Incluso la columna de salida, tan a menudo infravalorada y reducida para solventar compromisos y asuntos del becario, había que batallarla en información y prosa, estrujar su gramática hasta extraer combustible inflamable de sus trescientas setenta palabras.

El periodismo entonces era un asunto más de desparpajo y envalentonamiento que de un tema curricular y de medallones de licenciatura. Uno acudía a una cabecera para apaciguar el hormigueo de escritura que le ardía en el pulso y atraído por esa promesa vivencial y de experiencia que suelen ofrecer los oficios sin horario. Él entró presentándose como plumilla en la puerta de un diario y preguntando a un ujier por el responsable de aquel tinglado. No reparaba que el director del rotativo (palabra que uno aprendió de él por alguna de las gradas que jalonan la infancia/juventud) le pisaba la sombra. Esta asonada conserva ribetes de exageración o anécdota inventada, quizá porque las mejores verdades son siempre las que suenan como una mentira. Esa cultura de apremios le dejó la idea de que la redacción no es una oficina, sino un lugar para ir a escribir y después departir con los colegas de por allá. Uno acude a un diario no para tener un espacio donde sentarse por las mañanas, sino para no estar, o sea, para estar en la calle, que es el sitio natural del redactor, para traerse de la acera de turno el cronicón, el reportaje, la entrevista o el punto de vista que permita desechar el teletipo y hacer algo propio. Defendía así un periodismo de mucha firma y cuerda imaginativa, y también a la contra, esto es, con ganas de llevar la contraria para desligarse de topicazos y que siempre dé de que hablar.

Frecuentó todos los periodismos posibles, el de la radio, la televisión y los diarios, pero siempre consideró que la sangre azul del oficio era la prensa escrita. Un periodista es capaz de acometer muchas tareas con excelencia, pero sobre todo tiene que saber hacer una: escribir bien, que, como admirador de Camba, sabía que no es escribir muy RAE. Y defendía que se puede dar plantón a un káiser, pero no faltar jamás a la cita con una columna (por eso estas líneas). Al empezar en esto me soltó una bravata de veterano, que no sucedía nada por redondear la frase a un entrevistado: «Hasta donde yo sé, nadie se ha quejado nunca por parecer más inteligente».