Los desheredados

Visto el comportamiento de algunos, que apenas cuatro meses después niegan lo que hemos visto tantos, en el fondo no me extraña tanto que nos deshereden

La pandemia se ha cebado con ellos. Aunque faltan datos concluyentes y definitivos (como desde el primer día de este año terrible), las víctimas de la Covid-19 han sido los mayores. En España, los datos dicen que en torno al 90 por ciento de los fallecidos en la pandemia ya habían cumplido los 65 años. Muchos de ellos fallecieron en residencias. Otros, en sus casas, solos. Algunas de las historias más desgraciadas del Coronavirus hablan de meses de aislamiento, miedo y soledad. Quizá por eso, en la asociación de mayores de Fuenlabrada se ha registrado un aumento exponencial de consultas de los mayores para desheredar a sus hijos. En esa localidad, las peticiones de información han aumentado un 239 por ciento. ¿La causa? La soledad, el desamparo. Un portavoz de la asociación ACUMAFU afirmó que muchos solicitantes no habían recibido ni una llamada de teléfono ni una visita cuando al fin fueron posibles. Los asesores legales cifran en más de 600.000 las personas en España interesadas en desheredar. Hombres y mujeres que solicitaban poder olvidarse de sus hijos igual que ellos se han olvidado de que existen en los tiempos más difíciles. Resulta terrible pensar en la decepción que estas personas han podido sufrir viendo morir a su alrededor a compañeros de residencia sin recibir el menor apoyo o consuelo, o encerrados en casa con el eco del miedo en la televisión.

La ley española es bastante rigurosa para conseguir desheredar a un hijo, que tiene derecho a un tercio de los bienes de sus padres, la llamada «legítima». Para que un juez lo permita, tiene que mediar un maltrato o la negación de alimentos y otras situaciones graves. Yo creo que a veces una mirada de desconsuelo debería ser suficiente. Pocos insultos hay mayores que ese menosprecio, la agresión física no duele tanto. Hay otra cosa, además de esa angustia, que me preocupa. Porque los desheredados de hoy seremos los abuelos del mañana y parece que tampoco nos entendemos con la generación siguiente. Vivimos en este mundo y en este país de prestado, no son nuestros, los tenemos en usufructo y tengo claro que no estamos a la altura de quienes nos precedieron y que les vamos a dejar un marrón a quienes nos sucedan. Se ha escrito mucho del papel que han desempeñado en nuestro país la generación que ahora acaba sus días: cómo han sostenido familias con sus pensiones y con su sacrificio a pesar de las sucesivas crisis económicas. Y que nos deshereden no es una cuestión económica, no habla de dejar de percibir unos bienes, es el frío escupitajo de la decepción y el fracaso.

El pasado 11 de abril me abrieron la puerta de la UCI del 12 de Octubre de Madrid. Pude ver el dolor, el miedo y el cansancio y traté de contarlo en un reportaje, aunque no me sentía digno de estar allí tomando notas como si tal cosa mientras la muerte se decidía en un soplo brutal. Visto el comportamiento de algunos, que apenas cuatro meses después niegan lo que hemos visto tantos, en el fondo no me extraña tanto que nos deshereden.