El día en que se salvó la Monarquía

Hay algo sobre lo que tampoco se puede tener ninguna duda y es que fracasó, porque el rey no lo quiso apoyar

Los millones de españoles que vivimos el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 lo recordamos como uno de los acontecimientos más importantes de nuestra Historia. El fracaso de la chapucera intentona salvó a la Monarquía y se convirtió en un gran éxito de la democracia. En aquella época era estudiante y estaba escuchando la radio en mi añorado Seat 600 blanco que me habían regalado mis padres. El sobresalto fue mayúsculo. Acababa de cumplir veinte años y tenía gran interés por la política, militaba en las Juventudes de UCD. No daba crédito a lo que escuchaba. Ha sido un tema que siempre me ha interesado, porque tiene aspectos muy claros y otros que permanecen en la penumbra. Los historiadores siempre situamos los acontecimientos en el contexto de su época y aquella era una España que poco tiene que ver con la actual. La asonada me parece una delirante chapuza protagonizada por Tejero, un teniente coronel de la Guardia Civil, que tuvo que reclutar de forma caótica los efectivos que necesitaba. No pudo ser, afortunadamente, más esperpéntica.

La falta de planificación es algo impropio de los militares, que puestos a dar un golpe de Estado lo completan con éxito sin dificultad. Creo que nadie puede dudarlo. Lo normal es que hubieran sido unidades del ejército de tierra acompañadas de vehículos con capacidad para moverse por Madrid. Otra cuestión distinta es que posiblemente confluyeron diversas intentonas golpistas y la más chapucera precipitó los acontecimientos. Existe una verdad judicial, pero siempre quedarán dudas hasta que se desclasifiquen los documentos y se sepa si alguien más jugó un papel importante, ya fuera para apoyarlo o para conducirlo al fracaso. Fue un día que salvó a la Monarquía, porque estaba condenado al desastre aunque hubiera triunfado. Lo sucedido en Grecia con el rey Constantino, cuñado de don Juan Carlos, es muy clarificador. Ninguna solución, incluida un gobierno encabezado por Armada, un caballero y hombre de honor, era viable. Hay algo sobre lo que tampoco se puede tener ninguna duda y es que fracasó, porque el rey no lo quiso apoyar. No permitió que se utilizara su nombre y habló con todos los altos mandos de las Fuerzas Armadas, en un momento en que todo era más lento y complicado, porque no existían teléfonos móviles, para darles la orden, clara e inequívoca, de que estuvieran al lado de la Constitución, su pueblo y su rey.