Otras censuras

«La libertad de prensa, tan deseada, se enfrenta a algo más que un bolígrafo rojo»

Cristina BejaranoLa Razón

Josefina Carabias quiso escribir un libro sobre la censura. No llegó a hacerlo y siempre nos quedará la duda (enorme) de qué nos habría contado una de las grandes del periodismo sobre los complejos equilibrios para relatar la vida en la España de las décadas centrales del siglo pasado, con la dictadura efervescente. Nunca conoceremos los detalles sobre cómo eludía el control en sus artículos, ni las mil excusas para evitar cubrir determinados actos que terminarían en clamorosa incomodidad. Sí sabemos, en cambio, que muchas de sus columnas tuvieron que ser publicadas bajo seudónimo y que, durante años, trabajó con un contrato de secretaria, sin carnet de prensa. Con la fortaleza con la que se impuso a sus padres (que imaginaban otro destino para una «señorita» de la época), la misma que le permitió adelantarse a Tom Wolfe en el Nuevo Periodismo y codearse con Unamuno y Valle Inclán en el Ateneo de Madrid, Carabias también defendió con determinación la libertad en sus textos: «Estábamos vencidos, pero no entontecidos». Una lección de dignidad y periodismo que hoy, cuarenta años después de su muerte, es tan pertinente como entonces (o quizá más). Vivimos en una democracia, claro, pero la libertad de prensa, tan importante, tan frágil y tan deseada, se enfrenta a censuras más sutiles que el tachón de un bolígrafo rojo. Un ambiente que condiciona hasta volverse más asfixiante que una férrea prohibición. Y, por si se nos olvida, el informe anual de Derechos Humanos del Gobierno de Estados Unidos (ya administración Biden) señala comportamientos de riesgo y apunta a quienes los provocan: denuncia ataques a la prensa y amenazas del Gobierno, de Podemos, de Vox y de las instituciones públicas catalanas, usadas como trampolín independentista. Presiones varias que pueden derivar en un daño peor que la censura: la autocensura. No hemos avanzado tanto para rendirnos ahora. Ni periodistas ni ciudadanos. Aunque nos quedaron demasiadas cosas por saber de las que Carabias tenía que contarnos, leánla (imprescindible esa más que biografía de Azaña editada por Seix Barral) y encomendémonos a ella para evitar, siempre, estar «entontecidos».