El guerracivilismo sanchista
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La fijación de Sánchez con el Valle de los Caídos es, ante todo y sobre todo, una vuelta ochenta años después, al clima guerracivilista ya superado –hasta su llegada– y formalizado con la Constitución de la concordia de 1978.

Hablamos de una Basílica pontificia en la que reposan mezclados los restos de más de treinta mil Caídos en una terrible Guerra Civil entre españoles. Para conocer la verdad de su construcción, recomiendo la lectura de la obra resumen de la tesis doctoral de Alberto Bárcena «Los presos del Valle», que avergüenza a quienes hablan de «campo de concentración». Presidida por la mayor Cruz de la Tierra, con sus brazos acoge a todos los que allí reposan desde hace décadas en un abrazo fraterno. La comunidad benedictina se encarga del culto, pidiendo por todos los que yacen en el lugar sin distinción de ideologías, bandos ni colores, y para que no vuelva a repetirse una tragedia como aquélla.

En su fijación obsesiva contra Franco, Sánchez no cejó hasta desenterrar sus restos –que yacían allí sin que esa fuera su voluntad– alegando que era un «mausoleo al dictador». Para culminar su delirio –la «resignificación» del Valle– ahora quiere proseguir su obra exhumadora con José Antonio y con quien se tercie. Sánchez está yendo demasiado lejos con su ofuscación, reabriendo heridas y cavando nuevas trincheras entre españoles. Sonroja que se llegue a especular con el derribo de la gigantesca Cruz, a imitación de los talibanes del DAESH expertos en demoliciones de símbolos y monumentos que les desagradan.