Castells y las mujeres

Los nuevos parados universitarios serán expertos en perspectiva de género

FOTO: EUROPA PRESS/M.FERNÁNDEZ. POOL Europa Press

Hay ministros a los que criticamos porque andan desaparecidos con frecuencia y cuando se hacen notar deseamos que sigan en la inopia rascándose los sobacos como Bukowski. El Señor Castells pertenece a este género (no binario, transministro diríase) que está mejor guardado en su caja que cuando sale de ventrílocuo a cantarnos la oda progresista de la universidad. Un informe reciente constataba que nunca había contado España con tantos titulados superiores, la pena, ay, es que, de entre ellos, hay miles y miles que trabajan de camareros. El trabajo de Castells no es invertir esta tendencia perversa sino vestirla con el celofán de la neoizquierda. De esta manera, serán camareros ilustrados en perspectiva de género y memoria democrática que les vendrá muy bien para las charlas borrachuzas en la barra de un bar. Castells parece un personaje como de «The Mandalorian», de aspecto un tanto extravagante para ser ministro, como si llegase de la fiesta del porro que humeaban la Complutense, a repartir incienso a la nueva generación perdida. La universidad hace tiempo que dejó de ser templo de nada, si acaso de la vacuidad, que bien mirado es el betún cultural que se lleva ahora. Su nueva ley es una oda a esas batallas ideológicas que se libran en los campus norteamericanos con la diferencia de que allí los licenciados son alguien y aquí seguiremos siendo don nadies. Hay carreras en las que la mayoría ya son mujeres pero al ministro le parece oportuno que ellas tengan preferencia frente a los varones cuando haya que decidir a quién contratar en un centro público. Habrá maneras, piensa este modesto ignorante, para que las mujeres no estén en inferioridad de condiciones que no sean pisoteando los méritos de la persona humana sin importar de qué manera hace pis. Según su compañera de pupitre en el consejo de ministros, Irene Montero, ya podemos ser mujeres, hombres o viceversa cuando nos convenga. O sea, si el género ya no es un problema, ¿vamos a volver a hablar de sexo?