El legado de Merkel

Hay incógnitas serias sobre la inmigración, sobre la posición de Alemania ante Rusia y ante China, sobre su relación con Estados Unidos y sobre su papel en la UE

Markus SchreiberAP

Habrá quien aproveche la mínima superioridad de los socialdemócratas alemanes para proclamar que Europa, por fin, respalda a los socialistas. Será una interpretación arriesgada, en primer lugar porque los socialdemócratas alemanes, que han gobernado mucho tiempo con los conservadores, carecen por completo de la pulsión sectaria y antisistema de la que se jactan nuestros socialistas. Además, los resultados de las elecciones alemanas indican algo muy distinto.

A nadie le extrañará un resultado como el que se dibuja tras 16 años de gobierno de Merkel. Hemos leído grandes elogios a la canciller y a su estilo de gobernar: casi siempre merecidos, sin duda alguna, pero que no dejan un legado tan claro como la nostalgia podría empezar a esbozar. Hay incógnitas serias sobre la inmigración, sobre la posición de Alemania ante Rusia y ante China, sobre su relación con Estados Unidos y sobre su papel en la UE. El liderazgo reticente practicado durante tanto tiempo por Alemania ha infundido tranquilidad a sus ciudadanos. Tal vez eso explique por qué la salida de Angela Merkel no ha propiciado un nuevo liderazgo. No parece que los alemanes tengan demasiado claro lo qué quieren a partir de ahora.

Si aspiraban a una alternativa, los alemanes podrían haber respaldado a los socialdemócratas con más fuerza. Si de continuar la política de Merkel, podrían haber optado por su sucesor. El caso es que no han apostado por un cambio, como hicieron los franceses con Macron y los británicos con el Brexit, y como también han venido haciendo, a su modo, los griegos y los italianos. Han preferido seguir apoyando a los dos grandes partidos tradicionales, sin darles la ocasión de poner en marcha sus propias políticas y sin definir con claridad la coalición que les interesa. Los únicos que parecen indiscutibles son los Verdes, con ese 15 por ciento del voto. Ahora bien, votar a los Verdes, ahora mismo, es una forma de esquivar una decisión comprometida, como si se quisiera alguna clase de cambio pero se hurtara el instrumento a quien pudiera llevarlo a cabo con una fuerza importante en el Parlamento.

Previsiblemente, ahora empezará una larga etapa de negociaciones en las que acabarán difuminadas y postergadas las reformas. Muestra de sensatez, se dirá, o tal vez demostración de desconfianza ante unos políticos que no convencen. Pero también es una manera de prolongar una situación que empieza a dar muestras serias de agotamiento, sin excluir la relación del país con la Unión Europea. Como la propia Alemania, también la UE desconfía de algún tipo de liderazgo más atrevido, como el que ofrece Macron, sin mucho éxito. La actitud refleja la escasa voluntad de la UE a la hora de iniciar los cambios pendientes: la famosa autonomía estratégica, más acuciante que antes tras la retirada de los EEUU de Afganistán y su apuesta por el Pacífico, pero también otros que atañen tanto a la posición de la UE en el panorama internacional, como a la relación de los europeos con las instituciones de Bruselas y Estrasburgo, es decir la ciudadanía europea. No parece que la opción de los alemanes vaya a ayudar a aclarar nada de esto.