El fin de ETA, un proyecto totalitario
La mayoría quiso que terminara, no para evitar muertes, sino para poder vivir más tranquilo
Iñaki Arteta

Diez años después de que «ETA nos dejó», como dicen, con un punto cariñoso, muchos por aquí, todavía hay que escuchar que «la palabra venció a las pistolas y las bombas» o «debemos mirarnos cara a cara para reconocernos el daño». Una de las frases es de un veterano dirigente de Herri Batasuna, ahora en Bildu (Sortu o lo que sea) y la otra de un dirigente socialista al que se le atribuye «el Final». Elijan cuál es de quién. Pero da lo mismo, son «bullshit», como tantas frases engoladas vacías de realidad, embadurnadas de retórica y lenguaje enrevesado que tienen como única misión inhibir a quienes pretendan criticarlas.

¿Qué palabra venció a las pistolas y las bombas? ¿La que les aseguró que irían saliendo todos los presos, incluidos los más sanguinarios, de las cárceles (vascas)? ¿La promesa de ponerles una alfombra roja para su entrada en la política? ¿La posibilidad de llegar a influir incluso en el Gobierno de España? Es que la democracia es grande y generosa, dice el partido en el gobierno. Que se lo pregunten a las más de trescientas familias de asesinados que no han recibido ningún detalle de generosidad del gobierno de su nación para paliar el déficit de justicia que se les debe.

¿Quiénes debemos mirarnos a la cara? ¿Los que no empleamos ni en una sola ocasión la violencia a quiénes hicieron el daño? ¿Se insinúa que las víctimas deberían concertar una cita para comer con los asesinos de su familiar y empezar pidiendo disculpas, como en las películas? ¿Reconocernos en el daño? ¿Quieren decir que, aunque no lo sepamos, les hemos infringido tanto daño como el que nos han hecho a todos incluso a los que logramos escapar vivos de su agresión?

«En Euskadi toca ahora negociar en privado una reconciliación de verdad», decía esta semana unos de los mediadores internacionales que además asegura que si no hubiera sido por ellos… Maravillosos ríos de prosa enrevesada e inaclarable (tan de moda, por cierto) que persuade e impresiona al lector u oyente para no revelar verdad alguna. El público no entiende estos discursos, pero lo que importa es la buena impresión que le queda al escucharlos. Y sin turno de preguntas.

Mi impresión acerca de estos «nuevos tiempos» sin violencia, de esta «nueva normalidad», es que lo sustancial no ha cambiado. Lo sustancial, aclaro, no era que mataran, sino por qué mataban.

Lo sustancial es que fueron capaces hasta de asesinar a cientos por un proyecto. Ellos mismos lo dicen, «no pretendían lucrarse», había otro motivo: un proyecto político.

Se puede discutir acerca de si se les venció totalmente, a medias, policialmente sí pero políticamente no, de si consiguieron lo que pretendían o la mitad e incluso de si se vive mejor sin que te amenacen de muerte que como antes. Bien.

Pero el caso es que el por qué mataban, lo que les empujó a perseguir y asesinar, es decir, su proyecto político ultranacionalista, totalitario y excluyente, sigue en pie entre nosotros, invariable. De hecho, no solo no es perseguido o despreciado por sus evidentes salpicaduras de sangre, sino que no ha sido sometido a cambio alguno, ni por disimular; al contrario, es atendido con más respeto que nunca. Porque es democrático, progresista, ecologista, igualitarista. Justo, como el gobierno actual.

Ahora se vive más tranquilo: no hay por qué hablar de «aquello». Porque nadie vio, nadie fue, nadie estuvo. Relaja mucho no tener un pasado. «Es hora de que Euskadi sueñe». Si el cese de la violencia quitó un peso de encima a alguien fue precisamente a los que no les tocó pero fueron incapaces de posicionarse contra ella. La mayoría quiso que terminara, no para evitar muertes, sino para poder vivir más tranquilo, sin el peso de verse involucrado. Ahora es más fácil todo, no se habla y punto. Siempre cabe repetir la frase de moda: «¿Por qué hablar de eso? ETA ya no existe». Paralelamente a tanta relajación social ha aumentado el número de tontos morales. Era de esperar.

No somos mejores porque la violencia no nos rodee, no nos ha hecho mejores no asistir a una violencia cotidiana, no podemos ser mejores porque, en general, en las horribles circunstancias que vivimos, no estuvimos a la altura.

El problema no es que los implicados quieran convencernos de que, a pesar de todo, aquello estuvo bien, no, la propaganda moderna tiene otros propósitos. Un plan coordinado, regado institucionalmente, que consiste en una «estrategia de desinformación continua», diseñada para desorientar a la audiencia y hacerla incapaz de separar lo verdadero de lo falso. Muy apropiado sobre todo para el público juvenil, aún con menos defensas ante ese intencionado anulamiento del pensamiento crítico. «Estamos contra todas las violencias» siempre sonará bien.

Nos han quedado unas provincias norteñas muy sanas y tranquilas para disfrutar la jubilación a costa del Estado español, pero un lugar al que nadie viene a vivir, salvo inmigrantes atraídos, imagino yo, por las generosas ayudas municipales.

Lo que cuenta es esto: un 20 de octubre de 1983 ETA asesinó a Cándido Cuña, panadero en Rentería, y otro 20 de octubre, en 1995, a Enrique Nieto inspector de policía.

Y esto otro: el chivato que informó a ETA sobre Miguel Ángel Blanco y alojó a sus asesinos la noche anterior al atentado, ya pasea libremente por las calles de Eibar.

Diez años son muchos o pocos depende de para qué. La paz es mejor que la violencia, claro, pero ¿qué paz?; pero ¿qué violencia?; ¿hubo violencia?, ¿pasó algo?