Petardos

Así que ahí seguimos, en manos de seres humanos que disfrutan haciendo ruido y que durante horas se convierten en gamberritos, que por lo visto, mola

Desde hace cinco años, justo cuando adopté a mi perro, dejé de salir en Nochevieja. Antes tampoco me gustaba ir a ningún sitio, porque vivir esa madrugada en Madrid es amargarte la existencia. Es, de esos días, en los que sabes que cuando abandonaste tu pueblo o tu ciudad chiquita, perdiste claramente calidad de vida y muchas cosas más. No es que Madrid esté mal, ojo, es que no está del todo bien para hacer algo improvisado. No es nunca aquello que hacías, que salías sin quedar, porque sabías que te ibas a encontrar seguro a tu gente. Madrid no es así, Madrid no es «al toque» que dirían los argentinos. Es un elefante. Amable, pero elefante al fin y al cabo. A lo que voy, que me despisto. Ya no salgo en Nochevieja desde que tengo a mi perro. A partir de las seis de la tarde, la calle es un infierno para él. Son más de cinco horas en las que no dejan de sonar petardos, fuegos artificiales, ruidos que le resultan extremadamente agresivos y pasa mucho miedo. Miedo de temblar, de que su corazón palpite a una velocidad inusitada. Se acabaron los paseos, poder hacer sus necesidades fuera. No come, no duerme. Y es un perro. No quiero ni pensar en los bebés, en los enfermos, en los niños autistas o en las personas que necesitan llevar audífono. Todo eso le da lo mismo a esos que piensan que un día al año no hace daño a nadie, que la industria pirotécnica necesita ganar dinero. Les da lo mismo a los que dicen tener que aguantar a nuestras mascotas y sus cacas. Les da igual a los que piensan que un bebé puede dormir todo el resto del tiempo, que hay que ser felices, que hay que permitir la alegría. Dicen que hay temas más importantes, que es mucho peor Pedro Sánchez y equivalencias parecidas. Así que ahí seguimos, en manos de seres humanos que disfrutan haciendo ruido y que durante horas se convierten en gamberritos, que por lo visto, mola. Pues nada, queridos, a seguir haciendo el cafre, que igual os compensa vuestras vidas, esas vidas tan pobrecitas que consideráis que, joder a otros, es también libertad. Venga, a seguir tirando petardos, empoderados.