Abuela extraviada

Y al final, la bomba. El mensaje seco y contundente de un enemigo sin rostro –un joven encantador, seguro– que dejó sin casa a la anciana viuda

No estaba. Se había desvanecido. Había ido a visitarla como todos los lunes, con algo de sopa de tomate y un pudin de sémola con salsa de frambuesas. Sabía que las semillas le molestaban entre los dientes, pero eran las primeras frambuesas del jardín y también sabía que le encantaban. Se desesperó al comprobar que los bombardeos habían reducido el edificio a cascotes y no quedaba ni un vecino. Ni rastro de su madre. ¿Estaría el cuerpo bajo los escombros? Hizo un esfuerzo por apartar la imaginación de las mejillas rosadas de la anciana, quizá ahora grises de polvo, apretadas contra una viga en un rictus absurdo. ¿Pero qué le hacía pensar que los bombardeos iban a respetar el edificio, en pleno centro, si no había noche que las bombas de fósforo dejasen de incendiar los canales del puerto? Buscar el cuerpo era un imposible, lo acaba de aprender dolorosamente. No hacía ni una semana que el abuelo Otto había muerto de cáncer en el hospital de Barmbek y lo habían enterrado en una fosa común, sin mediar permiso de los parientes. En los enterramientos figuraba apenas el nombre del barrio, pero eran tantos los muertos cotidianos que resultaba tarea imposible intentar registrar los nombres de las personas. Así que hizo un par de averiguaciones inútiles entre los porteros de la zona, y regresó a casa desconcertada. ¿A quién escribir? ¿Dónde acudir? Decían que había habido supervivientes, una caravana de refugiados hacia el este. Entretanto, cerca ya de Berlín, la vieja Sophie se las arreglaba para explicar en una carta que estaba bien, en una residencia de ancianos, que la habían movido con los refugiados del centro de Hamburgo, en camión. La carta se perdió, naturalmente y mi abuela Käthe se pasó dos semanas recorriendo angustiada los organismos públicos, comprobando listas de fallecidos, ingresos en hospitales, registros de asilos. También las partidas de desplazados, hasta que dio con el nombre, Sophie Schlichting, 84 años. Quién les iba a augurar semejante final cuando se enamoraron en Lübeck, por mucho que la familia montase en cólera porque ella apenas era cocinera. Formada en Francia, hermosísima, sí, pero cocinera al fin y al cabo. De la herencia les quedó poco, por no decir nada, porque el abuelo Otto era negado para los negocios y no albergó idea peor que invertir en bonos de guerra un dinero que devoró la inflación, en la época en que la gente llevaba los millones de marcos en carretillas a los comercios. Y al final, la bomba. El mensaje seco y contundente de un enemigo sin rostro –un joven encantador, seguro– que dejó sin casa a la anciana viuda. Así son las guerras.