Sin camino ni futuro

Con la ayuda de los separatistas catalanes y vascos y los enemigos declarados del «régimen del 78», es imposible pensar en una empresa de futuro, en «un arco tendido hacia el mañana».

FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Escribió Antonio Machado: «Cuando penséis en España, no olvidéis ni su historia ni su tradición; pero no creáis que la esencia española os la puede revelar el pasado. Esto es lo que suelen ignorar los historiadores. Un pueblo es siempre una empresa futura, un arco tendido hacia el mañana». No es, en efecto, bueno que un gobernante piense más en sí mismo, en su continuidad, en el puro disfrute del poder, que en la historia de la nación y en su tradición. Es perverso el manejo interesado y utilitario de la memoria histórica y el desprecio a la tradición, que se presenta sistemáticamente como reaccionaria y enemiga del progreso y la modernidad. (¡Lo moderno y progresista es abortar!). Ahí está la tradición taurina. Y algo mucho más grave: la silenciosa labor de desprestigio y hostilidad contra la tradición católica, clave para entender a España.

Peor aún es que el gobernante se conforme con vivir al día, como las moscas efímeras de Ortega que mueren al atardecer, de conflicto en conflicto, de charco en charco, de flor en flor, de aquí para allá en el Falcon, sin rumbo fijo, sin un verdadero proyecto nacional compartido con la oposición constitucional, a la que se desprecia e insulta. Eso es lo que está ocurriendo ahora mismo en España. El presidente Sánchez va por libre, a su aire, encantado de haberse conocido, orillando el Parlamento, dispuesto a aguantar como sea, apoyándose en unas fuerzas políticas cuyo proyecto principal consiste en impedir que España tenga futuro. Con la ayuda de los separatistas catalanes y vascos y los enemigos declarados del «régimen del 78», es imposible pensar en una empresa de futuro, en «un arco tendido hacia el mañana». Así vamos descaminados y sin futuro.

La crisis de las escuchas ha iluminado con luz cegadora este oscuro panorama. El presidente ha preferido poner en peligro o, al menos, debilitar y desprestigiar la seguridad del Estado para seguir al frente del Gobierno, recuperando a su lado a los secesionistas que él mismo, por paradójico que parezca, autorizó en su día a que fueran vigilados de cerca desde el CNI. Allí rigen unas normas y no se actúa por libre. Este es un gran escándalo. La destitución de la directora del centro, con el falso pretexto de fallos de seguridad en el teléfono presidencial, fallos aireados a los cuatro vientos insensatamente desde el Gobierno, ha sido interpretada unánimemente como una concesión –habrá otras– a ERC y demás asociados periféricos. De Rufián y Otegui depende la permanencia de Pedro Sánchez en La Moncloa y, ¡Dios mío!, el futuro de España.