Los «idus» de mayo de la nueva política

La fragmentación nos ha debilitado como país. Ha hecho estallar los consensos y la capacidad de construir juntos por la dictadura de la competición entre bloques

FOTO: MARCELO DEL POZO REUTERS

La nueva política ha resultado ser peor que la vieja. El engaño terminó, y las elecciones de mayo serán prácticamente la última estación del viaje. Resistirán los cuatro que controlan las estructuras de los partidos porque mantener vivas las siglas es la manera que tienen de seguir viviendo del cuento. Ciudadanos, Podemos y ahora Vox se han estrangulado a ellos mismos por culpa del factor humano. Únicamente. Los egos, el caudillismo, las peleas por ser más que el otro, los celos y la envidia. En el fondo no había más proyecto que colocarse y «chupar» de los mismos manantiales de los que tantos de la vieja política han estado viviendo.

PSOE y PP se habían ganado a pulso que les surgieran unos competidores que se alimentaban de sus vicios y defectos, con un buen escaparate para la venta, y hábiles comerciantes para aprovecharse de la necesidad de la calle. Pero, poco a poco, los regeneradores han ido cayendo en los mismos vicios que condenaban a sus mayores, y aunque todavía se crean en condiciones de dar lecciones a todos, ya no son creíbles. Ciudadanos cayó por la ambición personal de Albert Rivera. Podemos, por el cesarismo de Pablo Iglesias, que ha terminado explotando en una colección de rivalidades territoriales en las que lo de menos es la ideología y lo de más quién se hace con el mejor puesto del partido para llevarse más en el reparto de la tarta. Y ahora le ha llegado el turno a Vox.

Macarena Olona ha hecho estallar por dentro a esa pequeña corte de Madrid detrás de la que hay muy poco si se mira más allá. Y no hay que rascar mucho para ver que la pelea de taberna no es por ningún principio de esos de los que tantas lecciones dan a los demás. Es sólo por ambiciones y rivalidades personales, y la pasta, sí, la pasta, porque esto no va sólo de focos, sino también de quién controla más el «chiringuito», el partido, para llevarse más para casa. La nueva política obligó a PSOE y PP a tomar conciencia de que se les había ido de las manos la sensación de impunidad, y aquí acaba el trabajo. La fragmentación nos ha debilitado como país. Ha hecho estallar los consensos y la capacidad de construir juntos por la dictadura de la competición entre bloques. Pero la primavera que viene amaga ser el renacer del bipartidismo y el penúltimo entierro de la nueva política.