Por San Antón

Cuando al abrir la puerta de la casa nos topamos con el silencio o con el ruido de la televisión y no sentimos en el rostro una bocanada cálida y fuerte de olor animal, podemos dar por seguro que se ha acabado una época

Abel Hernández

La fiesta del popular San Antón es una buena ocasión para ensayar una égloga de los animales domésticos. Y más ahora que la política oficial se preocupa tanto del bienestar animal, mucho más, desde luego, que de los niños no nacidos. (Excelente comunicado, por cierto, de los obispos de Castilla y León sobre la polémica del aborto, bastante más esclarecedor y convincente que todas las simplezas que se han dicho estos días, ocupando la portada de los telediarios y de algunos periódicos nacionales, que han ignorado esto).

En los pueblos castellanos está muy arraigado el dicho «Por San Antón, gallinita pon». Pocos recuerdos de la infancia más gratos que el de asomarse con tiento y curiosidad al nidal –un viejo cesto, un caldero roto o un cajón con paja– y recoger el huevo aún caliente, recién puesto. Las ponedoras cacareaban en el suelo, atravesado por un rayo de sol que entraba por la ventana enrejada, custodiadas de cerca por el lúbrico y aguerrido gallo, que era además el despertador de la casa. Los huevos eran entonces el manjar fundamental de los pobres. Las gallinas autóctonas –cenicientas, marrones, pardas…– habían nacido endogámicamente en la propia casa, de una nidada enhuevada por la clueca, en un humilde cajón junto al brasero. Luego, servidumbre de la pobreza, venía el huevero con sus cuévanos en la caballería y los compraba por cuatro reales. El huevero, con blusa negra de tratante, tenía la habilidad de contar las docenas cogiendo los huevos de tres en tres en cada mano.

Los bajos de la casa eran entonces una sinfonía animal. Al cacareo de las gallinas y al relincho de los caballos en la cuadra se unía el contrapunto destemplado de los cerdos en la pocilga, el ladrido alegre de los perros en el portal, perros sin raza, siempre sueltos, engendrados en la calle, y el dulce balido en la majada de las ovejas recién paridas. Arriba ronroneaban los gatos, aristócratas de este universo animal, dormitando en el somero o en la chapa caliente de la cocina. La proximidad de los animales y la inmersión en la Naturaleza, donde encuentran su hábitat los que están sin domesticar, constituyen una característica esencial de la civilización rural. Cuando las cuadras, las majadas, los gallineros, las zahúrdas y los corrales quedan vacíos y deja de oírse el concierto animal, cuando al abrir la puerta de la casa nos topamos con el silencio o con el ruido de la televisión y no sentimos en el rostro una bocanada cálida y fuerte de olor animal, podemos dar por seguro que se ha acabado una época.