Sevilla

60 de Romero

Esa forma de sentir el toreo, de respirar y de vivir sigue alumbrando a muchos aficionados.

Esa forma de sentir el toreo, de respirar y de vivir sigue alumbrando a muchos aficionados

Faraón, parece que le estamos viendo, vestido de oro, en esos sesenta y cuatro pasos que separan el portón del patio de cuadrillas hasta el palco presidencial en el paseíllo en la plaza de toros de Sevilla. Y, segundos después, con su capote recogido, junto a la boca del burladero. En una semana, se cumplen seis décadas de su feliz alternativa. Sesenta años de aquella ceremonia de doctorado en Valencia, con Gregorio Sánchez y Jaime Ostos, con toros del Conde de la Corte. Por la Pañoleta, junto a su pueblo de Camas, donde ahora se levanta el monumento al toreo, hay una brisa que recuerda al chiquillo de la señora Andrea en aquella plaza de aspirantes y noveles. Y Sevilla... Por Sevilla, ya chisporrotea el azahar junto a la plazoleta de naranjos donde hoy se levanta su regia estatua. Los vencejos de la tarde, nietos de aquellos otros que fueron testigos de sus memorables faenas en El Arenal, dibujan verónicas al aire entre los arcos de su plaza de toros, Maestranza de Romero. Seis décadas. Pero los recuerdos se mantienen vivos. Rememoramos sus faenas, sus lances, sus remates. ¿Quién no escuchó hablar de la tarde del 66 con los seis toros de Urquijo...? La primavera nos traerá otro Domingo de Resurrección y ¿habrá alguien que no recuerde a Curro? El «currismo» perdura más allá de cifras y de años. Esa forma de sentir el toreo, de respirar y de vivir sigue alumbrando a muchos aficionados. Sesenta años de arte y sabiduría. De aquella faena en abril del 59 –«torero de la armonía»– al toro «Gallego» de Peralta. Si uno pudiera parar las manillas del reloj del tiempo... como lo paraba Curro en cuatro lances eternos: «Camas tiene un torero, que el rey de la torería se llama Curro Romero».