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16 de marzo de 2017. 01:30h

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Irene Villa 16/3/2017

No dejaré de admirar y ensalzar la capacidad de resiliencia del ser humano. Es maravillosa la virtud que todos tenemos, repito todos, para dar la vuelta la tortilla, adaptarnos a lo que venga y convertir en fortaleza nuestra debilidad. Uno de estos casos admirables es el de Cova Sanz Gutiérrez, que cuando tenía 16 años perdió una pierna, estuvo cuatro meses en coma y tuvo que superar todo tipo de lesiones. Lo peor fue perder a dos amigos, uno de ellos era como su hermano. Tras un periodo muy largo, más de 5 años, sigue haciendo rehabilitación y trabajando un ánimo a prueba de adversidades. Esto es lo único que pedían sus padres: denle fuerza, recen por ella. Porque saben que la única derrota es el desaliento, que lo francamente importante es creer. En el extremo opuesto están personas como la desenmascarada hace muy poco tiempo, el supuesto desahuciado Paco Sanz, que solo pedía dinero y al que todos quisimos ayudar. Sin embargo, su victimismo y empeño en llenar su «hucha», como decía sin apuro, eran bastante sospechosos. Las tomas falsas que han salido a la luz de él fingiendo estar con oxígeno, en el final de su vida, son bochornosas. Cuando salen mentiras así, pagan justos por pecadores. España ha demostrado siempre que es un país solidario. Personas anónimas se lanzan a diario a defender por ejemplo a mujeres atacadas o acosadas por sus propias parejas o exparejas. «Hice lo que había que hacer», dicen. Contra el hambre, el cáncer, el Sida, la violencia... Ahí estamos siempre todos a una. Y cuando se trata de niños, ¡qué les voy a contar! La ayuda sin miramientos llueve especialmente desde los rincones más humildes de nuestro país. Pero es cierto que hasta ayudar es difícil. Quieres que el dinero sirva, que llegue, quieres fiarte, pero con noticias así aparecen miles de dudas. Por ello, a las fundaciones se las mira con lupa. Me parece bien, porque llevamos en nuestro ADN ayudar y no vamos a dejar de hacerlo.

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