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La bronca gallega

Tiempo de lectura 4 min.

12 de septiembre de 2016. 02:14h

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Fernando Rayón 12/9/2016

Me dice un amigo, socialista por más señas, que aún no conocemos el alcance real de la bronca que hay en el PSOE gallego. Todo el mundo habla de Pontevedra, donde es manifiesto el enfrentamiento entre Abel Caballero y Pedro Sánchez, pero la cosa arranca de lejos y tiene nombres propios que es bueno recordar.

En mayo de 2015, el ex secretario general del PSdeG y diputado autonómico Pachi Vázquez anunció su dimisión al ser imputado por un presunto delito de malversación. Se le acusaba de haber enchufado a 36 personas para trabajar en el Ayuntamiento de O Carballiño (Orense) cuando era alcalde entre 1995 y 2005. Era entonces secretario general de los socialistas gallegos José Ramón Gómez Besteiro, amigo de Pedro Sánchez y enemigo de Vázquez. Pero al poco tiempo, en julio de ese mismo año, Besteiro era también imputado por diez presuntos delitos. La esperanza de los socialistas gallegos recibió sin embargo el apoyo de Pedro Sánchez, lo que hizo publicar en Twitter a Pachi Vázquez: «En el PSOE si estás imputado y eres amigo de Sánchez no pasa nada. Si estas imputado y no eres amigo de Sánchez dimites. Justicia rara». Y tenía razón. Y nada hubiera cambiado si no fuera porque el pacto PSOE-Ciudadanos hizo inviable la defensa y candidatura de Besteiro a la presidencia de la Xunta.

Así las cosas, en marzo pasado Ferraz imponía la dimisión de su hombre en Galicia y lo sustituía por una gestora, de perfil político bajo, que manifestaba el interés de Pedro Sánchez de seguir controlando el partido. La cuestión era anular a Abel Caballero, alcalde de Vigo y hombre fuerte del socialismo gallego. Pero Caballero no viaja solo. Además de Pachi Vázquez, también forman parte del grupo de los críticos parte del PSOE orensano, sectores del socialismo lucense, así como las secretarias generales de La Coruña y Ferrol, Mar Barcón y Beatriz Sestayo. Pero faltaba lo mejor: la elección del candidato a la Xunta.

La elección, mediante primarias, tuvo lugar el pasado mes de mayo. Ferraz propuso a Xoaquín Fernández Leiceaga, amigo de Gómez Besteiro, mientras los críticos cerraron filas en torno a José Luis Méndez Romeu, portavoz socialista en el Parlamento gallego y partidario de no pactar con las Mareas. Ganó Leiceaga con el 55,6% de los votos, pero a nadie pasó por alto que Romeu triunfó en ciudades como Vigo y La Coruña. Quedaba así patente que el candidato a la Xunta no controlaba el partido y que en el futuro congreso volverían a verse las caras unos y otros. Pero, como había elecciones, el candidato electo hizo un canto a la unidad. Pero sólo de boquilla. Le faltó tiempo a Leiceaga para introducir en las listas de Pontevedra y Orense gente de su equipo y así controlar el grupo parlamentario que salga de las elecciones. Fue la puntilla. Aunque los estatutos le amparaban, muchos cuadros socialistas se vieron defraudados, y la imagen de división se trasladó a la opinión pública.

Los críticos no sólo recuerdan que Leiceaga fue uno de los fundadores del BNG, sino que en sus discursos e intervenciones siempre utiliza el lenguaje y las ideas de los nacionalistas. Lo ven como un hombre impuesto por Ferraz y que no moviliza, a juzgar por las encuestas, el voto socialista. El peligro de que En Marea-Podemos los supere puede forzar un congreso donde ni siquiera un tocado Pedro Sánchez podrá hacer nada para salvar a sus amigos. Y es que las elecciones gallegas son mucho más importantes de lo que creemos. También para Rajoy.

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