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El 11-M, siempre en la memoria

Tiempo de lectura 4 min.

11 de marzo de 2019. 01:28h

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11/3/2019

Hoy se cumplen quince años de aquel terrible 11 de marzo de 2004 que la sociedad española nunca podrá, ni debería, olvidar. El terrorismo islamista, en una acción insólita hasta entonces en Europa por su planificación y la multiplicidad de sus objetivos, atacó uno de los emblemas de las modernas democracias occidentales, como es el transporte público de las grandes urbes, que sólo el año pasado movió más de mil quinientos millones de viajeros en la Comunidad de Madrid. Aquella mañana, fueron asesinadas 192 personas y más de 2.000 resultaron gravemente heridas, muchas con secuelas irreversibles. Una jornada trágica, a la que sucedieron otras igualmente dolorosas, en las que algunos buscaron el aprovechamiento político, pero que, a la larga, nos ha hecho más fuertes como sociedad y como individuos. Fortaleza que debe su merecido tributo a las víctimas de aquella barbarie y a las de otros muchos ataques que estaban por venir, y que nos exige guardar siempre la memoria de quienes fueron sacrificados por la villanía de unos salvajes que odian todo lo que nuestro mundo representa: la libertad de conciencia, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y la superación de la teocracia como legitimación del poder político. Quince años después, en el ánimo de muchos españoles aún perviven las dudas y las preguntas sin fácil respuesta sobre quiénes fueron los autores intelectuales de la matanza, consecuencia, sin duda, de la agitación febril de aquellos días de vísperas electorales, vividos en medio del luto y del dolor, acrecentado por los reproches injustos. Pero la verdad judicial quedó establecida y, aunque dejó abierta la posibilidad de ampliar las acusaciones al hallazgo de nuevos datos, conduce hacia el grupo terrorista de Al Qaeda. Como hoy publica LA RAZÓN, todo indica que el enlace entre la célula islamista radicada en España y Osama Ben Laden pudo ser un predicador salafista argelino, del que se conocieron posteriormente sus frecuentes viajes a Madrid. En cualquier caso, los atentados de Atocha, nombre con el que han pasado a la historia, nos hicieron tomar conciencia bruscamente, con mucha más intensidad, si cabe, que los del 11S en Estados Unidos, de la gravedad de la amenaza que se cernía sobre nuestras sociedades y que, desafortunadamente, se cumpliría por toda Europa, desde Londres a Barcelona, pasando por París, Bruselas, Niza, Berlín, Copenhague, Manchester y Estambul. Tras Al Qaeda, había surgido un nuevo yihadismo, heredero del anterior y forjado en la inmisericorde guerra civil de Argelia, que operaba en grupos pequeños, sin relación jerárquica y, en la mayoría de los casos, sin otras conexiones orgánicas o ideológicas que las que presta el incontrolable espectro de las redes sociales. Sin planificación de objetivos, sin suministro exterior de armas y explosivos, sin necesidad de obtener permiso previo para actuar ni necesidad de coordinarse, cualquier individuo podía radicalizarse y perpetrar un ataque mortífero, sin más condicionamiento que las intrucciones generales que imparten los distintos portavoces islamistas a través de internet. Este nuevo desafío supuso una enorme prueba para nuestros Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, superada con enorme éxito pese a la tragedia de Barcelona, y que supuso una inmensa labor de prevención que ha permitido desarticular centenares de células en distintas fases de organización. La amenaza, por supuesto, aún está ahí y puede verse incrementada tras la derrota en Siria de los islamistas, pero ya nunca conseguirán derrotarnos. Se lo debemos a las víctimas.

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