Opinión

Estrepitoso fracaso de la «reina» de Escocia

Los escoceses han rechazado su plan de convertir las elecciones en un referéndum al estilo del «procés» catalán

Cuenta el periódico «The Times» que Nicola Sturgeon tomó su decisión de abandonar la política tras volver del funeral de un incondicional del partido nacionalista escocés, el SNP, como si la despedida de un compañero le hubiese servido para descubrir el final de su propia vida pública. Lo cierto es que la autoridad de Sturgeon se había visto seriamente dañada por la tramitación de una ley «trans» que permitía el cambio de género a los menores de 16 años sin un reconocimiento médico. Las activistas feministas advirtieron que este bodrio de ley podría ser utilizado por los depredadores sexuales para acceder a los lugares reservados para las mujeres. La escritora J.K. Rowling, que vive en Escocia y que se ha convertido en la bestia negra del sectarismo de género, lideró estas críticas.

Por primera vez desde la creación del Parlamento escocés en 1999, el primer ministro británico, Rishi Sunak, apretó el «botón nuclear» (nuestro artículo 155) para bloquear la ley con el fin de «proteger la seguridad de las mujeres y de los niños en todo Reino Unido». La entrada en prisión de un transexual condenado por la violación de dos mujeres en una cárcel femenina expuso todos los agujeros de esta ley escrita en los compases de la moda «woke». Pero como la propia Sturgeon reconoció este miércoles no fue esta controversia la que le llevó a tomar la decisión final. La que un día fuera llamada «reina» de Escocía sabía que su proyecto independentista al que le había dedicado toda su carrera era cada vez más improbable. Después de que el Tribunal Supremo británico dictaminó en noviembre que Holyrood no tenía las competencias para celebrar un referéndum, Sturgeon eligió el modelo catalán de utilizar las próximas elecciones generales como una votación de facto sobre la independencia. Igual que en el «procés», la primera ministra escocesa pretendía negociar la independencia con Londres si los partidos nacionalistas obtenían más del 50% de los votos. Pero a diferencia de los políticos catalanes enajenados en su populismo trumpista, los nacionalistas escoceses advirtieron a los cuadros del SNP que esta táctica podría dañar severamente la credibilidad internacionaldel movimiento independentista. Sturgeon estaba sola o casi sola. Lo que en Cataluña se ha vendido como un proceso democrático a favor de la autodeterminación (que ningún Estado moderno reconoce), en Reino Unido se ha visto desde el inicio como un plan impracticable e ilegítimo condenado al fracaso. Y esa cruda realidad es la que ha desencadenado la salida de Sturgeon tras ocho años en el poder. Le honra reconocerlo y dar un paso atrás. Nuestros políticos, sin embargo, siguen tratando de envolver de épica un proceso irresponsable que ha enfrentado a la sociedad catalana y ha hundido su horizonte a corto y medio plazo. Me temo que hasta que no lleguen unos líderes que sean capaces de hacer este acto de contrición, será difícil que la Cataluña en la que crecí pueda tener un nuevo comienzo como el que se merece.

Los escoceses habían demostrado en las encuestas su escaso apetito por iniciar un experimento político de esta magnitud. Están más preocupados por la quiebra del sistema de salud pública o el deterioro de la educación que un día fue la envidia de la nación. Quien venga haría bien en ocuparse de estos problemas.