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El obispo Setién, campeón de la frialdad con las víctimas

Había sufrido un ictus el domingo

  • Fallece el obispo emérito de San Sebastián José María Setién
    Fallece el obispo emérito de San Sebastián José María Setién

Tiempo de lectura 4 min.

11 de julio de 2018. 03:43h

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Iñaki Arteta.  10/7/2018

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Tras ser profesor de moral económica y moral social en la universidad de Salamanca y más tarde en la de Vitoria volvió a su Guipúzcoa natal al ser nombrado en 1972 obispo auxiliar de San Sebastián. Al renunciar Jacinto Argaya a la sede donostiarra fue nombrado obispo titular responsable de la diócesis en 1979, cargo que ocupó hasta el años 2000. Ha muerto con 90 años. De verbo enrevesado, frases interminables y explicaciones infinitas, casi todo lo que ha dicho respecto a la cuestión vasca y la violencia que la embadurnaba ha sido enervante. Difícilmente asumible por la parte de su feligresía no nacionalista, sus «otras ovejas».

Defendido solo por los nacionalistas y bendecido por el silencio de la jerarquía de la Iglesia española, se pronunció continuamente respecto a la violencia, sus ejecutores y sus víctimas, el franquismo, el Estado, la Constitución, la negociación con los terroristas, la autodeterminación... provocando controversias. El 11 de diciembre de 1996 abordaba en una carta pastoral, «También hoy es posible la paz. Hagámosla», los secuestros de José Antonio Ortega Lara y Cosme Delclaux: «A la vez que condeno sin reservas tan inhumanas violaciones del derecho de las personas a su libertad, hago un apremiante llamamiento a ETA en favor de la inmediata puesta en libertad de los dos secuestrados. Por otra parte [...] no han faltado abusos y desviaciones en el ejercicio del poder y de la autoridad pública. Decimos con toda rotundidad que NO a los asesinatos, a los secuestros, a las amenazas y a los chantajes de ETA, lo mismo que decimos que NO a las torturas, a los malos tratos y a las violaciones de los derechos reconocidos a los presos».

En todos estos años no ha dejado de considerarse su figura como indispensable para entender la «cuestión vasca» (o para terminar de no entenderla). Por eso le entrevisté en dos ocasiones en mayo de 2013 para incluir algunas de sus declaraciones en el documental que entonces estaba rodando, «1980», que recogía no solo los hechos terroristas de aquel año y los relatos de algunas víctimas, sino también los comportamientos que la Iglesia vasca, la prensa y en general la sociedad tuvieron frente a aquellos hechos de abrumadora crueldad, inéditos en nuestra joven democracia.

Lo primero que asombró a mi equipo es que fuera él mismo quien contestaba al teléfono. Sencillez. Él nos abrió la puerta el día que fuimos a grabarle y él mismo cogió el teléfono la única vez que le sonó en el transcurso de las aproximadamente dos horas que estuvimos allí con él. Austeridad. Le entrevisté en dos ocasiones porque tras la lectura de la transcripción de la primera no encontré prácticamente ninguna declaración que se pudiera entender. Le solicité una segunda y me la concedió sin problema. Amabilidad.

Entonces es cuando fui descubriendo el argumento intelectual estructural de monseñor respecto a las motivaciones de los terroristas: lejos de tener objetivos nacionalistas o independentistas sus pretensiones eran exclusivamente marxistas. Se trataba de revolucionarios irreductibles. Sorprendente. Con lo que el nacionalismo quedaba al margen de la sangre vertida en una confrontación que no era entre vascos nacionalistas y «españolistas» («los que no reconocen a la nación vasca», según él), como yo creía y queda evidenciado en los comunicados que emitía la propia banda, sino la lucha de unos vascos comunistas capaces de asesinar incluso a nacionalistas cuando consideraban que eran sus enemigos estratégicos. Pero de nuevo lo más profundo de aquella nueva conversación fueron las omisiones, sus «peros», los silencios. Reconozcámosle ser el inventor de la equidistancia,de la ambigüedad y del relativismo por estas tierras del norte. Deslegitimador sistemático de las instituciones, de las medidas policiales contra el terrorismo o de las leyes antiterroristas, hizo escuela y sus alumnos aventajados propagaron el famoso «tercer espacio» sin vencedores ni vencidos, siendo la luz apostólica que les ha guiado hasta traernos la paz prometida. Campeón de la frialdad con las víctimas, la vida no debió darle para abrazar a todas sus ovejas.

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