Los fármacos para la alergia al polen protegen frente a la Covid-19

La exposición a las esporas debilita las defensas contra ciertas enfermedades víricas respiratorias contribuyendo con ello a la propagación de los virus

Alergia polen y COVID
Alergia polen y COVIDT. Nieto

El sábado comenzó, de forma oficial, la primavera, la estación de las flores y la alergia al polen. Y, según los expertos del Comité de Aerobiología de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (Seaic), ésta será muy intensa en lugares como Extremadura, Madrid, Toledo o Sevilla, con concentraciones incluso superiores a 6.000 granos en suspensión/m3 de aire. Una pesadilla de estornudos y lagrimeo para los más de ocho millones de alérgicos al polen de las plantas que se estima hay en España, siendo las gramíneas, el plátano de sombra y el olivo los protagonistas que les complican la vida a estas personas durante los meses de abril, mayo y junio.

Alergias primavera 2021
Alergias primavera 2021T. Nieto

La pandemia, sin embargo, se podría decir que ha jugado «a favor» de quienes la sufren pues, por un lado, el uso obligatorio de mascarilla logra atenuar los síntomas de la misma y, por otro, el tratamiento empleado para mitigarla podría «protegerles» frente a la Covid-19. Y, lo que es seguro es que, en cualquier caso, padecerla no supone un mayor riesgo para ellos.

«Hay algunos estudios, sobre todo en asma alérgico, en los que se demuestra que no hay ningún factor que les predisponga e, incluso, que las personas con asma grave tienen menos probabilidades de desarrollar Covid-19 de forma severa», asegura Domingo Barber, responsable del programa científico de la Academia Europea de Alergia e Inmunología Clínica. Eso sí, advierte, «la evidencia es más ambigua en el caso del asma no alérgico».

¿Por qué sucede esto? «Hay varias teorías que explican este efecto: la primera es que los corticoides inhalados reducen el riesgo de inflamación grave. Por otra parte, que los alérgicos tienen menores niveles de receptores de la enzima convertidora de angiotensina-2 (ACE2), que son la puerta de entrada del SARS-CoV-2», continúa el experto, que también es director del Instituto de Medicina Molecular Aplicada de la Facultad de Medicina de la Universidad San Pablo CEU de Madrid.

Y habla de teorías porque, como también señala Marina Blanco, neumóloga y coordinadora de Asma de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ), «no se ha llegado a demostrar esto con grado de evidencia máxima, aunque sí que hay indicios de que los glucocorticoides nasales o inhalados pueden incluso tener un papel protector de la vía respiratoria y de los receptores ACE2, que son a los que se une el SARS-CoV-2, ya que tiene menos número los de este tipo».

¿Antihistamínicos anti coronavirus?

Uno de los trabajos que van en esta dirección es el realizado por la Universidad Florida Health (EE UU), en el que descubrieron que las personas de 61 años o más que habían usado ciertos antihistamínicos tenían menos probabilidades de dar positivo en la prueba del SARS-CoV-2 que aquellas que no los tomaban al analizar pruebas de laboratorio de células y un análisis de casi 250.000 registros médicos de pacientes de California. Posteriormente, descubrieron que hidroxicina, difenhidramina y azelastina mostraron efectos antivirales directos y estadísticamente significativos sobre el coronavirus. Así, según la investigadora principal, Leah Reznikov, profesora de Florida Health, estos datos sugieren que esos tres antihistamínicos pueden interrumpir las interacciones del virus con ACE2 o unirse con otra proteína que puede interferir con la replicación viral.

Pero no hay que irse tan lejos para encontrar evidencias similares, pues en España, concretamente en la localidad toledana de Yepes, el médico de Familia del Sescam Ignacio Morán descubrió que una combinación de antihistamínicos con otro medicamento, –el antibiótico azitromicina– consigue curar la Covid-19 sin efectos secundarios. El doctor Morán lo ha estado aplicando en dos residencias de ancianos con el virus con éxito y los resultados de este estudio se han publicado recientemente en la revista científica «Pulmonary Pharmacology & Therapeutics».

«Tuvo excelentes resultados en nuestra población, reduciendo la tasa de letalidad, ingresos hospitalarios e ingresos en UCI», destaca el estudio, que asegura es un tratamiento «seguro y económico» que podría tener «un impacto crucial» en las tasas de morbilidad y mortalidad de los pacientes con Covid-19, además de aliviar la carga de estos pacientes en los hospitales. Eso sí, debe ser administrado inmediatamente tras la aparición de los primeros síntomas. El trabajo se basa en los 84 ancianos, con una edad media de 85 años.

¿El polen contagia?

Si bien, como se ha dicho antes, el hecho de ser alérgico no predispone a tener mayor complicación por la Covid-19, un estudio internacional –en el que han participado un total de 153 científicos de todo el mundo y en el que se incluyen los datos de 130 estaciones de muestreo aerobiológico repartidas por 33 países en los cinco continentes– realizado por la Universidad Técnica de Múnich (en Alemania) asegura que los pólenes sí pueden contribuir a la propagación del coronavirus.

El motivo lo explica María del Mar Trigo, investigadora del Departamento de Botánica y Fisiología Vegetal de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Málaga y una de las firmantes del mismo: «La exposición al polen debilita las defensas contra ciertas enfermedades víricas respiratorias, disminuyendo la respuesta del interferón antiviral, que es una molécula de nuestro sistema inmunológico presente en las mucosas respiratorias. Los datos generados indican que exposiciones simultáneas a polen y virus puede aumentar las infecciones en una proporción de un 4% por cada incremento en las concentraciones de 100 granos de polen/m3 de aire».

Pero ¡ojo! Eso no quiere decir que transmitan la enfermedad –es el contacto con personas infectadas lo que la causa–. «El polen sólo debilita la barrera defensiva cuando penetra en las vías respiratorias», puntualiza Trigo.

Para Ángel Moral, presidente del Comité de Aerobiología de la Seaic, sin embargo, se trata de un «estudio sorprendente» y con el que no está de acuerdo pues, «el descenso de la llamada primera ola en España se dio en los meses en los que los niveles de pólenes están más altos (mayo y junio), y el comienzo de la segunda, en agosto, coincidió con la época en que éstos están más bajos, por lo que la confrontación con nuestros datos no coincide con las conclusiones del estudio», sostiene. Además, «tampoco hay más pacientes con infecciones víricas en primavera que es cuando más pólenes hay, sino que es en invierno», concluye Moral.