Cuando los profesores se convirtieron en rastreadores Covid

Controlan la temperatura a cada alumno, desinfectan las aulas a diario, redistribuyen las clases y, además, han tenido que readaptar todos los contenidos curriculares. Así es el día a día de los docentes de la nueva realidad educativa

Las clases empiezan a las 8:30 de la mañana, pero una hora antes, los profesores comienzan a llegar para ventilar el centro, preparar los termómetros, controlar que los dispensadores de gel hidroalcohólico están llenos y vigilar que las mamparas y los pupitres están correctamente colocados guardando la obligada distancia de seguridad. Desde que comenzó el nuevo curso escolar, los docentes han sumado a sus tareas diarias una serie de rutinas y trabajos extra que nada tiene que ver con su currículum. De la noche a la mañana se han convertido en rastreadores Covid y así lo demuestra Juan Arribas que, al filo de las ocho de la mañana, deja «aparcado» su temario para ponerse en la puerta e ir tomando la temperatura a cada estudiante. «36,2. Puedes pasar», le dice a uno de los adolescentes. «Si superan los 37,2 no se les permite acceder y se les hace seguimiento telefónico por si acaso estuvieran contagiados. Si así fuera, debemos comunicar el caso en su aula y a las personas con las que haya tenido contacto. Ya hemos tenido varios casos puntuales, pero ningún contagio en el interior del instituto», explica Arribas.

En Coviluz, uno de los centros de formación profesional de Madrid, la realidad del día a día ha cambiado por completo. No sólo a nivel de distribución y organización, sino también en cuanto a la planificación curricular de cada asignatura. Por el pasillo aparece la directora del centro, Mª del Pilar Arnáiz. Viene cargada con un palo inmenso que sirve para abrir los tragaluces. «La entrada ahora se realiza de manera escalonada, pequeños grupos de estudiantes con 10 minutos de diferencia. Se ha habilitado también la salida de emergencia para que no se hagan tapones. En ambas entradas se han colocado alfombrillas para desinfección del calzado y, como veis, hay señalización en el suelo para indicar la dirección en la que debemos caminar para guardar un orden. Además, tenemos siempre mascarillas disponibles por si algún alumno se la olvida o rompe durante la jornada», asegura, al tiempo que detalla que para la implantación de todas las medidas de higiene y seguridad han contado con el apoyo económico de la Consejería de Educación.

Juan Arribas hace un alto en la explicación del módulo de Tratamiento Informático de Datos para detallarnos cómo se gestiona el día a día en clase: «Cada aula ha sido dividida en dos subgrupos. Ahora nunca habrá 30 personas juntas. La mitad viene los martes y los jueves, y la otra, los miércoles y los viernes. Los lunes hacemos clase online para todos. Elegimos que fuera así porque como en la mayoría de centros han optado por dedicar el viernes a las clases virtuales, creímos que era un modo de que aquellos estudiantes que tengan que coger el transporte público para venir, lo encontraran menos atestado de gente». Como todo, esta reducción del ratio tiene un aspecto muy positivo y es que «al ser menos, se puede prestar una atención más personalizada, pero como contrapunto, al tener menos clases presenciales, hay que dar el contenido de manera más ágil, suprimir ciertas actividades y para nosotros supone una presión extra», analiza Arribas.

Como en «Frozen»

«Estamos realizando un esfuerzo muy grande de organización y coordinación. Impartimos la misma materia un día y el siguiente para que ambos subgrupos reciban la misma formación. Esto no es sencillo porque cada grupo genera una exigencia y un rimo. En cuanto a la materia, nos hemos centrado en los contenidos fundamentales, reducir lo mínimo la programación, pero esto requiere que los alumnos pongan de su parte y que en las clases online trabajen mucho», relata Mercedes Fernández, que imparte Tratamiento de Documentación Contable. A las horas extra de los docentes que se han multiplicado para sumar la tarea de «rastreadores» a la de formadores, hay que añadir también las que le dedican los fines de semana para implementar contenidos online. Así lo detalla el profesor del aula de tecnología José Manuel Sevilleja: «Yo me preparo presentaciones que sustituyen a lo que antes hacía en la pizarra. Luego se las entrego para que lo tengan como recordatorio. En los módulos presenciales todo es mucho más resumido, se va a la esencia. Hay que condensar las 30 horas que antes teníamos en el aula, a 12. Esto nos lleva a que los profesores debemos trabajar también sábados y domingos. Pero bueno, los alumnos no tienen por qué saber cómo nos organizamos».

En la primera fila del módulo de CCTV (Circuito Cerrado de Televisión) aguardan varios sprays higienizantes que en cada cambio de hora sirven para desinfectar el aula. «Y nos hemos impuesto mantener siempre las puertas del aula abiertas. Es algo que nunca me ha gustado, pero es necesario porque así, con las ventanas y puertas abiertas, corre bien el aire, veremos cómo lo pasamos cuando llegue el frío, esto va a ser como ''Frozen''», bromea.

Sobre las barreras físicas que ahora se han interpuesto entre profesor y alumno, los docentes confiesan que lo más incómodo es la mascarilla, «pero es lo que hay», coinciden. «Hay que hablar más alto y vocalizar mejor», apunta la directora. «Lo que más me afecta es verlos con mascarilla y no recibir ''feedback'' suyo. De este modo, es más complicado detectar su nivel de atención porque te guías solo por los ojos y la información que aporta el resto del rostro se pierde. Yo, a nivel personal, ya me he acostumbrado a llevarla y se me olvida. También es duro cuando tienes que dar las clases online, porque se elimina el contacto físico y es menos motivador», reflexiona Miguel Polanco, que imparte Gestión de compras.

«El trabajo que están realizando los profesores es increíble, no nos podemos quejar. Tenemos que valorar todo lo que hacen, aprovechar al máximo los días de clase presencial y utilizar todo nuestro potencial. Aunque sean pocos días los que venimos, prefiero hacerlo así a estar todo el día detrás de una pantalla», reconoce el estudiante Nicolás Moncada. Es consciente de que el foco apunta ahora sobre los más jóvenes «y por ello tenemos que poner de nuestra parte para volver a la normalidad tal y como la conocíamos. Los jóvenes somos a los que más se mira y por eso debemos demostrar que hacemos las cosas bien y no todo es culpa nuestra», reivindica. Otro compañero, Carlos Casado, reconoce que es difícil adaptarse a tanta medida de seguridad: «No puedes moverte sin pedir permiso y debes limpiar todos los materiales con los que trabajas. Es complejo adaptarte a no tocar las cosas de tu compañero. Aun así, es mejor venir a clase, es mucho más eficaz, te sientes más integrado en el grupo y te enteras mejor ya que en las online te despistas un poco».

Sin embargo, lo que han detectado algunos profesores es la dificultad para gestionar el absentismo: «Muchos alumnos avisan de que no pueden venir porque se encuentran mal y si antes se forzaba un poco para que asistieran, ahora, al menor síntoma, se les permite quedarse en casa y, claro, algunos podrían utilizarlo para no venir a clase», reflexiona Arribas.

Suena el timbre y toca cambio de clase, algunos salen a tomar el aire a la calle (y bajarse un poco la mascarilla), mientras el resto espera prudente sentado en su silla y conversando con sus compañeros a una distancia segura y con la mirada vigilante de los «rastreadores docentes».