Vivir en una residencia en tiempos de Covid

Las personas mayores han padecido, a nivel mundial, el mayor impacto de la pandemia de Covid-19, en múltiples aspectos. Rutinas y hábitos se han visto alterados pero el cariño y la vocación de los trabajadores ayudan a llevar la situación con normalidad

Una usuaria realiza su rutina de ejercicios en una residencia Clece Vitam.
Una usuaria realiza su rutina de ejercicios en una residencia Clece Vitam.CleceClece

Cuando el virus llegó a las residencias españolas, Nancy vivió sus días con mucha inquietud. Desde que las residencias se cerraron, los días se convirtieron en pura monotonía, hasta que decidió sacar más partido a su tiempo. “Sentí la necesidad de organizarme el tiempo, echaba de menos a mis amigos, pero una vez que puse a la orden del día, descubrí cosas nuevas como pintar mandalas con música clásica, me aportaba un momento de silencio y serenidad. Me di cuenta de que no somos nada, que la tecnología y los avances se convierten en nada por un ‘bichito’ que mata. No hubiera preferido estar en mi casa”, cuenta Nancy, usuaria de la Residencia y Centro de Día Sor Rafaela, en Campos, Marbella, gestionada por Clece.

Nancy describe cómo es vivir en una residencia en la que las rutinas han cambiado, no se puede salir y la vida ocurre, mayormente, dentro de las habitaciones: “Estoy tranquila, he perdido el miedo a lo desconocido, y agradecida porque he tenido gente que ha cuidado bien de mí, y no me he sentido sola. He hecho mucha vida en mi habitación porque necesito silencio y en este sentido me ha servido porque soy un poco desordenada y he tenido un poco (¡no demasiado!) de orden, eso me ha contenido. Además, ¡me llevo muy mal con las tablets, lo más lejos que llego es a usar el teléfono móvil!”.

Comer, hablar, reír, cantar o bailar, son algunas de las actividades que Nancy echa de menos compartir con sus amigos, “los echo mucho de menos, pero es lo que hay. Un momento de lejanía que ayuda a dar distancia y te permite valorar más lo que tenías y no sabías”. Esta situación la ha acercado mucho más a conocer al personal y a otros residentes con los que no era ‘precisamente afín’ en un principio. “Estas relaciones y la convivencia han servido para darte cuenta que tienes que aceptar a los demás como son. He podido tener una buena relación, tanto con mi tutora como con otras personas, ha habido una cercanía”, confiesa Nancy. “Han estado muy alerta para cuidarnos y se ha hecho muy buen trabajo. En ningún momento me he preocupado, sabía que tomarían las medidas adecuadas y que se cumplirían con mucha rapidez, las trabajadoras las han cumplido con mucha seriedad. Me he sentido segura”, agradece Nancy.

La nueva normalidad en las residencias

Desde el principio, las residencias se han convertido en el entorno más infeccioso de la pandemia, espacios cerrados pero sociales en los que más del 40% de residentes cuenta con patologías previas de riesgo elevado. “Al principio teníamos mucha incertidumbre y miedo, hasta que nos hicieron los test a todos, no supimos si el virus estaba dentro o no”, recuerda Nuria Mañoso, auxiliar de la Residencia Clece Vitam Gerohotel de Laguna de Duero, en Valladolid.

Las residencias también están haciendo frente al proceso de adaptación a la ‘nueva normalidad’. Bien saben auxiliares y trabajadores de las residencias, los cambios que han tenido que llevar a cabo para preservar la seguridad de los residentes. Desde la creación de grupos burbuja, establecimiento de aduanas para desinfección, control de visitas previa cita a las que las residencias de Clece les ofrece realizar un test rápido, hasta las medidas exigidas a los trabajadores, que son sometidos periódicamente, al igual que los usuarios, a pruebas PCR, y que deben extremar los hábitos de higiene y limpieza. Así lo cuenta Nuria: “Tenemos que ducharnos nada más entrar en la residencia., nos ponemos nuestro uniforme limpio para cada día y nos tomamos la temperatura. En caso de dar alguna décima, nos tenemos que ir a casa. A la hora de trabajar, lo hacemos con gorro, doble mascarilla y doble guante. Cuando es necesario (por ejemplo, en los simulacros de contagio), nos ponemos los EPI, siguiendo las pautas que nos enseñaron en los cursos de formación de Clece”. El ritmo en las residencias de mayores desde marzo, mantiene en tensión a sus trabajadores. Ellos, los encargados de cuidar a los usuarios, trabajan con el miedo y la tensión, “tenemos bastante complicidad como equipo y no ha cambiado mucho. Lo que no podemos hacer es darnos un abrazo el día que estamos agobiados, pero nos entendemos y compenetramos muy bien”.

El poder dar cariño, es otro de los retos que deja esta nueva situación. El contacto físico de forma segura es primordial para no propagar el virus, más aún, cuando se trata de personas mayores, “lo que más ha cambiado es que no puedes darle un beso a un usuario, algunos te dicen hace mucho tiempo que no veo a mi familia y se ponen a llorar. Les damos la mano, pero con el guante puesto, es como si para ellos estuvieran tocando un trozo de plástico, no le está tocando la persona como tal”, cuenta Nuria. De todas formas, “estamos ahí día a día, esforzándonos para que no entre el bicho, ellos lo saben. Intentamos tenerlos el máximo tiempo distraídos, hacemos muchas videollamadas para que vean a sus familiares, realizamos más llamadas telefónicas, más actividades con ellos para distraerlos”.

La Navidad, con su ‘otra’ familia

Julian lleva años recorriendo los jardines de ‘su nueva casa’ con ayuda de un andador, una rutina que cambió el pasado mes de marzo, “desde que comenzó la pandemia no he podido andar, ni ir al jardín que tenemos aquí, no hemos disfrutado estos meses. Además, eso ha frenado un poco que yo pueda seguir andando. Lo he echado mucho de menos”.

Las fiestas sacarán a muchos mayores de las residencias, pero no es el caso de este residente de Clece Vitam Pablo Neruda (Ciempozuelos, Madrid), que asegura que “aquí es el mejor sitio donde podría pasarlas, no quiero, en estas circunstancias, estar con mi familia. Ellos tienen más miedo que yo, yo estoy más seguro aquí. Me encuentro como en mi casa, me encuentro feliz”. Concienciado de toda la situación que se está viviendo, Julián da gracias por el lugar dónde se encuentra: “Mi familia ha estado en la misma situación sin poder salir, pero tal y como yo le decía a mi hija: tengo la ropa limpia, la comida hecha, dos platos y el postre, y ellos tienen que hacérselo todo. La amabilidad de cómo me han tratado no está pagado con nada. Las enfermeras, las auxiliares… Están pendiente de esto y lo otro, la comida, la ropa, me han subido de todo, hasta un equipo de música”.

Julián ha decidido pasar estas fechas con su otra familia, una familia ‘bienvenida’, donde se siente seguro y cuidado: “Esto no es una residencia, es una familia. Cuando es la hora de leer el abc, y como saben que yo lo leo, me lo dejan en la silla o me buscan para dármelo. Anoche, que había guisantes, y saben que no me gustan, me trajeron puré. Eso es algo que hubiera hecho mi madre”.