Las “olvidadas” de la pandemia: las mujeres jóvenes, principales “víctimas” de la crisis económica

La crisis sanitaria ha puesto a las féminas menores de 35 en la diana socioeconómica. En paro y sin expectativas de poder desarrollar una carrera profesional ni independizarse.

Ambiente de gente con mascarillas por el centro de Madrid.
Ambiente de gente con mascarillas por el centro de Madrid.Alberto R. RoldánLa Razón

Mujer joven, soltera, busca… trabajo. Aunque se asemeja al título de una famosa película de los 90, convertido en tópico (“Mujer, blanca, soltera busca”), es la realidad que define a las jóvenes a las que le ha tocado vivir sus años de desarrollo personal y profesional en plena pandemia. Es un hecho que la crisis sanitaria mundial ha ampliado la brecha de género en España, ya que ha amplificado las desigualdades en materia laboral y social que se venían arrastrando: las mujeres tienen tasas de paro más elevadas y duraderas que los hombres, menores tasas de actividad y de empleo, y mayores dificultades de carrera profesional.

Según los datos de la Encuesta de Población Activa de 2020 y el primer trimestre de 2021, las mujeres concentran el 60% del aumento del paro. Además, la subida del desempleo femenino (268.000 más) ha sido muy superior al masculino (194.000 más), y sitúa la tasa de paro en el 18,13% para las mujeres frente al 14% de los hombres.

Y es que la naturaleza de esta crisis es distinta a la de las recesiones anteriores, en las que los sectores más afectados tenían una mayor presencia de los hombres, como la construcción o la industria. En esta ocasión, la debacle ha tenido una mayor incidencia negativa en el sector servicios, cuya actividad requiere un elevado nivel de interacción social.

Pero la “mala racha” no es solo económica. La incertidumbre, la preocupación, la ansiedad y la depresión golpean más fuerte a ellas que a ellos. Dado que las mujeres jóvenes se ven afectadas de manera constante y desproporcionadamente mayor por problemas de salud mental en comparación con los hombres jóvenes, la pandemia ha puesto de relieve las desigualdades de género generalizadas, la violencia de género y la discriminación. Múltiples investigaciones demuestran que las mujeres jóvenes experimentan problemas de salud mental a una tasa de dos a tres veces superior a la de sus coetáneos masculinos. Cerca de la mitad de las mujeres jóvenes (de 18 a 30 años de edad) reportan angustia psicológica y una de cada cinco es diagnosticada con ansiedad y depresión (aproximadamente el doble de la tasa de hombres).

Solo cuatro de cada diez mujeres tienen trabajo

Y, aunque la causa más potente detrás de su mayor vulnerabilidad es el abuso doméstico y sexual, que requiere un abordaje complejo y urgente, hay un alto porcentaje de mujeres que, sin tener problemas de este calibre, se enfrentan a una realidad que les es hostil de un modo mucho más velado y “soportable”. La tasa de empleo en las mujeres es inferior en más de diez puntos porcentuales a la tasa de los hombres, de forma que, de cada diez mujeres en edad de trabajar, solo cuatro están empleadas. En los contratos a tiempo parcial involuntario, las mujeres son mayoritarias (el 73% del total) y su tasa de temporalidad supera a la de los varones (26 frente a 20%).

“Algunas empresas se están aprovechando de la situación actual para ofrecerte sueldos bajos y condiciones precarias. Es la dictadura del miedo, del `no vas a encontrar nada mejor tal y como está el mercado´ o `el ERTE es la única solución para que la empresa pueda subsistir’- mientras las ofertas vacantes sólo están disponibles para freelances-”. Alejandra Reventún, de 34 años, habla por propia experiencia. Después de nueve años “dándolo todo” en la empresa para la que trabaja, la mandaron al ERTE en enero de este año.

“Lo pasé mal, no solo por el esfuerzo económico que suponía, sino porque venía de hacer horas extras casi a diario con una reducción insostenible de equipo y personal para la demanda, y de repente me vi obligada a parar en seco.” Reconoce que se sentía perdida, sin un propósito, sin una rutina, y le costó mucho tiempo adaptarse a su nueva vida que veía más como un castigo que una recompensa al esfuerzo.

Sin embargo, tras una reincorporación puntual para un proyecto, su forma de mirar la realidad cambio radicalmente y decidió adaptarse a los nuevos tiempos “con más asertividad y menos miedo”. “Era más un tema de orgullo profesional, de sentirme inútil profesionalmente después de casi diez años sin parar de trabajar. Somos la generación de las promesas rotas, nos hemos creído todo lo que nos vendieron nuestros padres y maestros: `si estudias una carrera y te esfuerzas en tu especialidad vas a poder encontrar un trabajo que te permita ser independiente y conseguir todo lo que quieres´. Pero no es así, ya no”. El mundo está cambiando y las soluciones de antes no resuelven problemas nuevos, y los plazos y tiempos de las generaciones que nos preceden tampoco nos sirven de referente.

A día de hoy, los menores de 30 años no disponen de los ingresos necesarios para poder alquilar o comprar en solitario una vivienda del mercado libre en ninguna de las 17 comunidades autónomas españolas, una realidad que golpea más fuerte en regiones tradicionalmente más caras, como Baleares, Cataluña, Madrid, Canarias o País Vasco, pero que tampoco pasa desapercibida en las más asequibles, como Castilla-La Mancha, Extremadura o Murcia. Así lo muestra un análisis del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España.

A nivel estatal, de media, tendrían que destinar casi el 60% de sus ingresos a costear las rentas de cada mes y más del 90% al pago de una hipoteca, unos porcentajes que doblan y triplican el máximo recomendable y que por tanto son inviables para poder afrontar el resto de gastos del día a día.

Inmaculada del Álamo se enfrenta a un problema añadido. Esta madrileña de 27 años, que lleva trabajando en Turismo desde los 23, dio la entrada de un piso de protección oficial hace tres años, gracias a la ayuda de sus padres. “Obviamente pude hacerlo porque ellos me prestaron el dinero, sino hubiera sido imposible”. En ese momento, ella tenía un trabajo estable en una empresa potente, y creía que la cosa iría a mejor en el futuro.

Sin embargo, el futuro tenía sus propios planes. Inmaculada tuvo una depresión que le hizo estar de baja, como se había cambiado de trabajo previamente, la nueva empresa la despidió un tiempo después. “Es un poco paradoja pero me encontré en marzo de 2020, en pleno inicio de la pandemia, recuperada de mi proceso depresivo y con ganas de comerme el mundo, pero sin la mínima opción de encontrar un trabajo”, relata.

Desde entonces, con el desplome de su sector, las posibilidades de volver a incorporarse al mercado laboral se iban diluyendo. Siempre ha vivido con sus padres y, en julio de 2022 le entregan su piso, pero solo con la condición de que tenga un contrato indefinido en ese momento. “¿Cómo voy a encontrar un trabajo en el que me hagan indefinida en diez meses? Es inviable”, reconoce. “Al principio me agobié muchísimo, pero ahora ya he aprendido a tomarme las cosas como vienen: lo primero es conseguir empleo y, si cuando llegue julio no tengo un contrato indefinido, pues tendré que renunciar al piso”. Resignación, resiliencia y mucho aplomo, las mujeres jóvenes de hoy en día están sobradamente preparadas para trabajar, pero también para afrontar la frustración.