MENÚ
martes 20 noviembre 2018
17:53
Actualizado
  • 1

La otra realidad de los familiares de desaparecidos

  • Carmen, con una foto de su marido, Julio Martínez Sánchez, en casa de su madre, donde vive con ella y sus dos hijos
    Carmen, con una foto de su marido, Julio Martínez Sánchez, en casa de su madre, donde vive con ella y sus dos hijos
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

10 de noviembre de 2018. 02:18h

Comentada
Belén Tobalina Madrid. 10/11/2018

El marido de Carmen Gómez lleva más de nueve años en paradero desconocido. El 26 de junio se cumplirán diez años, «momento a partir del cual su mujer podrá comenzar con el papeleo para que a Julio Martínez Sánchez le den por fallecido», explica Joaquín Amills, presidente de la Asociación SOSDesaparecidos. Muchas líneas –aunque no las suficientes–, se escriben sobre desaparecidos, pero no sobre en qué situación se quedan sus seres queridos. Desde la citada asociación han pedido que se acorten los plazos para aquellos que quieran declarar la defunción de una persona en paradero desconocido. En otros casos, lógicamente, no se quiere nunca. Amills solicita que sea en tres años en vez de diez porque «hasta entonces uno no puede ni dar de baja el teléfono, ni vender la casa ni el coche si están a nombre de él o a nombre de los dos», quedándose en una situación de desamparo e indefensión. «Antes se podía entender en cierto modo. Ahora, con la digitalización, no».

Bajo esta premisa hablamos con Carmen. Su vida y la de sus hijos, que entonces tenían 13 y 16 años, no ha sido fácil. El 26 de junio de 2009 su vida se paró. «Hay que superarlo como puedas. Tienes que sacar fuerzas para que puedan comer tus hijos cuando tú no estás bien». Con el tiempo, este vacío no desaparece: «Es una cosa que vive contigo. No puedes volver a rehacer tu vida». Ella, al menos, no pudo.

Recuerda como si fuera ayer el último día que vio a su marido. «Eran las 09:15 de la mañana. Nada más salir de la ducha me dijo que iba a ir al banco a cobrar un cheque y que luego venía para ir juntos a la reunión que teníamos a las 12:00 con la tutora de nuestro hijo mayor. Al ver que no venía, le llamé. A las 11:00 su teléfono me dio señal, pero no lo cogió. En las siguientes llamadas ya me salía apagado o fuera de cobertura. Me fui a hablar con la tutora. Después llamé a la empresa de Julio por si se hubiera olvidado de la reunión y hubiera ido a trabajar y la secretaria me respondió que Julio no trabajaba allí desde hacía dos meses. Creí morirme en ese instante». «Mi vecina y yo nos pusimos a llamar a hospitales por si le había pasado algo». Estaba muy preocupada. «Ese día fue una locura. Fui con mis hermanos a la Policía. Me dijeron que siendo mayor de edad podía desaparecer. Recuerdo que les respondí que con dos hijos menores no podía hacerlo. Puse la denuncia y ahí se quedó. Nos pateamos todas las calles de donde vivíamos y por donde él trabajaba. Fue el peor día de mi vida. Tenía 40 años y dos hijos menores de edad».

La otra realidad de los familiares de desaparecidos

En ese momento, Carmen aún no lo pensaba, pero quien había sido su marido durante 20 años había estado dos meses en casa como si nada pasase. «Hacía que iba a trabajar, volvía, todo normal. No noté nada. Tampoco habíamos hablando nunca de divorciarnos ni habíamos tenido una bronca gorda». Pero ese día marcó un antes y un después en su vida.

A Carmen se le juntó todo. En aquella época era monitora en una guardería. La habían operado de una hernia antes de que él desapareciera. Tras despedirla en junio, en septiembre no la contrataron. Al quedarse sin trabajo, y ya sin Julio, se puso a trabajar como limpiadora en una empresa. No solo tenía que traer el pan y pagar la hipoteca de la casa, también «me dejó muchas deudas».

«Tenía préstamos, tarjetas de él sin pagar... Nada más desaparecer me empezaron a llamar de las empresas. Un día encontramos una caja con 20 tarjetas suyas». Pagó como pudo varias deudas de él, de «Alcampo, Carrefour, El Corte Inglés, pero ya cuando me llamaron de empresas como Cofidís...». Carmen no salía de su asombro. Jamás en todos los años que habían estado casados le había dicho nada.

«Ojalá nadie pase por lo mismo que me ha tocado vivir a mí. No quieres vivir. Recuerdo que a los dos meses salí de mi casa porque me metía en el armario para oler su ropa. Sé que mis hijos sufrieron muchísimo, más que yo, recuerdo que mi hijo pequeño me decía entonces que si Julio no tenía dinero que no importaba, que nos podíamos ir los cuatro a vivir a una tienda. El mayor me culpaba a mí. Se fue su padre, su mejor amigo... Pero es que llega un momento que no quieres ver ni a tus hijos porque son idénticos a él... Tardé seis años y gracias al psicólogo logré salir para adelante. A día de hoy sigo tomando medicación, pero estoy bien. No es la vida que quería llevar, pero no ha podido ser...».

Sus hijos están bien. Estudiaron y trabajan ya los dos. Pero «crecieron demasiado deprisa, lo hicieron de golpe, porque no han tenido más remedio».

Carmen aún recuerda las primeras navidades sin Julio. «Yo no estaba para ir a ningún sitio y acabamos pasando esas fechas en casa de mi hermana. Recuerdo que veía su silla vacía... lo pasé muy mal». Al igual que cuando tenía que hacer la compra. «Iba al supermercado y me ponía a hablar con él como si estuviera conmigo. Cuando me daba cuenta de que estaba hablando sola, salía del supermercado corriendo y rompía a llorar en el parking pensando que me estaba volviendo loca. Recuerdo que en el primer invierno nevó muchísimo y me pasaba los días mirando por la ventana preguntándome dónde estaría y si se encontraría bien. Todo el rato pensaba que podía estar en la calle».

Y por si esto fuera poco, ganando menos de 700 euros tenía que hacer frente ella sola a una hipoteca de 567 al mes, alimentar a sus hijos, pagar la luz, etc. Su cabeza «estalló». A los ocho meses de la desaparición de Julio «me dio el ictus. Justo el 25 de febrero, el día de su cumpleaños». Carmen no podía hacer frente a todas las deudas que le había dejado. Tampoco podía vender la casa porque la hipoteca estaba a nombre de los dos. Pidió al banco que le cambiaran las condiciones de la hipoteca, que ella pagaría la mitad, tal y como estaba haciendo, pero que no podía abonar el 100% de la misma. Tras la negativa, «me fui al banco, les pedí que no me machacaran más y les dejé las llaves encima de la mesa. No sé ni cómo logré vender los muebles y gracias a eso nos fuimos a vivir a casa de mi madre, donde hoy seguimos viviendo».

Ésa fue la única puerta que se le abrió. Hace cinco años, Carmen solicitó un piso de protección civil a la Comunidad de Madrid. «Lo solicité porque fruto del ictus tengo una discapacidad del 65%. Pero me dijeron que faltaba un papel: el del divorcio». Carmen les explicó que no podía darles ese papel porque ella seguía casada. Así que «les presenté un poder de ausencia que firmaron mis hijos, mi madre, un hermano y una cuñada. Me gasté 2.700 euros en eso y tampoco les valió». Tampoco se ha tenido en cuenta su situación particular cada vez que ha hecho la declaración de la renta: «Me ha tocado pagar como si fuéramos dos, pero sólo me desgravaba la mitad por tener dos hijos menores. Una mujer separada o divorciada tiene más ayudas que yo. Vas con la verdad por delante, con la denuncia de la desaparición, con las secuelas de un ictus... y si no llega a ser por mi madre estábamos los tres en la calle».

Carmen no se quería divorciar. Esto, y sobre todo que no se tenga en cuenta que su marido estaba en paradero desconocido, ha impedido que sus hijos disfruten de las ayudas que les hubieran correspondido. «El pequeño ha conseguido becas, pero porque es de matrícula de honor».

«No quería divorciarme porque hasta hace tres años te puedo asegurar que estaba completamente enamorada de él a pesar de todo. Ahora ya no. He perdido la esperanza de que vuelva. Pero con todo lo que he tenido que pasar ahora, te soy honesta: desde luego que voy a pedir la pensión de viudedad por mis hijos». Una pensión que, si Julio apareciera, ella, el día que empiece a percibirla, tendría que devolver, explica Amills.

Le preguntamos si piensa que le pudo pasar algo o si desapareció voluntariamente, como todo hace pensar. «No sé qué decirte. No sé si se fue o si le pasó algo. A tenor de las deudas y demás, piensas que se fue por su propio pie, de hecho su coche no apareció, pero es que en más de nueve años no ha renovado su carné de conducir, ni su DNI, ni su pasaporte. A veces he pensado que quizá es uno de los cadáveres sin identificar, pero otras que se ha enamorado de otra persona y se ha ido. Eso lo aceptaría como válido si no tuviera hijos. Pero para mí es imposible, ¿cómo ha podido olvidarse de ellos? Eso es lo que más me choca de Julio, y si es así, que le den un Óscar porque durante todos esos años fue un actor excepcional».

«Muchos me preguntan que cómo hemos podido seguir adelante. Siempre les digo que lo haces porque no tienes más remedio». Eso les dice a sus seres queridos, sus compañeros de trabajo no lo saben: «Piensan que estoy separada porque no quiero tener que explicar a cada persona lo mismo».

Ahora, lo que ella quiere es un final. «Para mí, el final sería que apareciera. Luego, cada uno por su camino. Jamás le perdonaré lo que le ha hecho a mis hijos. Si ha fallecido, terminará esta etapa, pero me quedará saber el por qué. Esa pregunta jamás te abandona. Ojalá apareciera: vivo o muerto».

Últimas noticias