
Incendios
Objetivo tras el fuego: devolver la vida a la tierra quemada
Una de las medidas más urgentes es preservar el suelo para evitar la erosión y que se agraven los daños con la caída de las primeras lluvias

Tras producirse un incendio catastrófico como varios de los ocurridos este verano en España, son varias las medidas urgentes que hay que llevar a cabo, entre las que se encuentra garantizar la seguridad de la población, evaluar los daños y mitigar los impactos inmediatos, la restauración ambiental y la recuperación socioeconómica.
En lo que respecta a quienes viven en estas zonas, lo fundamental es garantizar los suministros básicos de las poblaciones, restablecer los tendidos eléctricos y telefónicos y, sobre todo, las conducciones de agua. Para la fauna silvestre, dentro de las primeras actuaciones se encuentra la instalación de comederos y bebederos (salvo que la comida y el agua estén garantizados en el área incendiada), la instalación de infraestructuras para las especies presa (como el conejo de monte) o nidos artificiales para especies protegidas. También se producen importantes daños en pistas forestales, caminos e incluso carreteras, que deben repararse para acceder a las zonas afectadas.
Pero todo lo anterior se verá agravado con la caída de las primeras lluvias intensas, “por los arrastres de tierra y ceniza que terminarán en los cursos de agua, y que quedarán contaminados durante bastante tiempo”, según afirma María Castaño, ingeniera forestal de la Universidad de Oviedo especialista en aprovechamiento de la biomasa y los cultivos energéticos. Además, habrá “piedras y restos de madera quemada que en algunos casos taponarán puentes y pasos de agua, lo que podrá agravar los daños”.
También se debe comenzar a retirar los árboles muertos, “tanto los que estén en pie como los derribados, para evitar que las lluvias produzcan nuevos daños y en previsión de la posible proliferación de plagas de perforadores de la madera, algunas tan graves como el nematodo del pino”, afirma esta experta. No obstante, es imprescindible valorar bien y “dejar sin derribar los árboles que tengan posibilidad de supervivencia, así como los que presenten nidos de aves protegidas o cinegéticas”.

Luis Ocaña, ingeniero forestal especialista en Innovación Forestal y Recursos Genéticos Forestales, señala que tras un incendio hay que distinguir entre daños sobre el suelo y sobre la vegetación, que pueden ser diferentes. En el caso de que sea el suelo lo que esté más afectado coincide con Castaño en que “es el caso de mayor peligro y de graves consecuencias tras las primeras lluvias”, ya que hay mayor probabilidad de arrastres, porque disminuye la infiltración del agua debido a la acumulación de cenizas hidrófugas, por lo que es “urgente” protegerlo para evitar la pérdida de fertilidad. Entre algunas de las soluciones este ingeniero propone “aprovechar los propios residuos de vegetación para triturarlos y cubrir el suelo, y/o colocarlos para retener los posibles arrastres de las lluvias en los cauces (albarradas), para lo que se suele utilizar los troncos de mayores dimensiones”. En el caso de las laderas (fajinas) se utilizan las ramas más finas.
En la situación más favorable, las hojas que quedan sueltas en los árboles suelen caer sobre el suelo en las semanas siguientes al incendio, creando una capa protectora.
En este sentido, en un primer momento pueden surgir dudas sobre si dejar regenerar de forma natural un área afectada o bien intervenir con reforestación. Para tomar una decisión, Luis Ocaña apunta a que lo primero que se debe hacer es analizar la vegetación existente antes del fuego. Por ejemplo, si en la flora hay especies rebrotadoras, “suele ser una garantía de recuperación rápida de la vegetación”. No obstante, ante la actual situación de cambio climático, este experto destaca que “hay que tener en cuenta si las especies de la superficie incendiada están en una situación ambiental adecuada”, o bien la variación de las temperaturas o las precipitaciones dificultarán su supervivencia. En ese caso, el ingeniero forestal afirma que se debería “considerar la regeneración con especies más adaptadas, o con las ya existentes pero procedentes de zonas con condiciones de clima y suelo parecidas a las actuales en la zona incendiada”.
Si se valora llevar a cabo una regeneración artificial sería el momento de aprovechar “para introducir modificaciones en la ordenación del monte o la planificación del territorio. Por ejemplo, en zonas de alto riesgo de incendios se puede plantear una ocupación del espacio en mosaico, para un mejor control futuro de los fuegos”.
El último paso de la restauración son las forestaciones, “que deben estar muy bien planificadas” y para las que se debe esperar “al menos un año”, afirma María Castaño. Si se lleva a cabo un proyecto de repoblación forestal lo principal es decidir cuál es el objetivo principal, que puede ser productivo, de protección de suelos, de conservación de fauna... En este escenario “es fundamental tener un buen conocimiento del medio: la geología, el suelo, el clima, la altitud, las pendientes, así como las posibles interacciones ambientales, un análisis predictivo del cambio climático y todo lo relacionado con la planificación de la prevención de incendios futuros y condicionantes legales”. Aquí se debe tener en cuenta que no es lo mismo reforestar un terreno público que uno privado, que supone casi el 80% de la superficie forestal nacional.
Respecto al tiempo de recuperación de los espacios, ésta dependerá de varios factores, según Luis Ocaña. Entre ellos se encuentra “el tipo de vegetación, ya que no tarda lo mismo una zona con matorral rebroteador que un bosque maduro; el clima (en zonas con más humedad es más rápida); el suelo (cuanto más profundo y maduro mayor es la recuperación); si la zona está afectada o no por incendios multirreincidentes, lo que acaba deteriorando a la profundidad y la fertilidad del suelo) y, por último, de la intensidad (cuanto más intenso es un fuego el territorio quedará en peores condiciones)”.
Si hay que hablar de plazos, María Castaño sostiene que el paisaje se puede recuperar en un año “cuando el fuego afecta a pastizales o prados sin o con poco arbolado”, en unos pocos años “en terrenos muy degradados cubiertos por matorral o arbustos que regeneran con facilidad, como jarales, brazales, retamares...” y se prolongará varios años o incluso décadas “si los bosques afectados eran de coníferas o frondosas”.

Por último, preguntamos a estos expertos qué se puede hacer para proteger a los bosques de los incendios futuros. Y la respuesta de Luis Ocaña es tajante: “Gestionar los montes y el territorio conforme a la planificación existente”. La actual, que estará vigente hasta 2050, establece que al menos el 1% del territorio forestal debe ser gestionado anualmente en previsión de incendios, a la vez que propone una inversión de 100 euros por hectárea en gestión forestal.
María Castaño señala que “los incendios son inevitables, lo que podemos hacer es conseguir que se produzcan menos por causas no naturales y sobre todo que los que se produzcan sean de menor tamaños”. Por eso, incide en la importancia de concienciar a la sociedad en evitar el uso del fuego o de elementos que lo provoquen (herramientas, maquinaria), y cuando sea inevitable su uso (como en el caso de las cosechadoras) tomar las medidas preventivas para atajar el posible fuego en los primeros momentos. Otro de los grandes problemas es la despoblación, ya que provoca que haya una gran superficie de terrenos abandonados, que no se gestionan, muchos de ellos en zonas periurbanas y en la denominada interfaz urbano-forestal. Por este motivo, la ingeniera forestal considera “indispensable localizar estos terrenos y adjudicar su gestión a municipios, diputaciones o CC AA”. Si hay Ayuntamientos que no pueden conseguir que se ejecuten los planes periurbanos ni de protección en sus municipios entonces “deben derivar esta responsabilidad a un nivel superior, como mancomunidades, diputaciones o CC AA”.
La reflexión final de esta experta es clave: “Si la interfaz urbano-forestal está bien atendida, los medios de extinción podrían dedicarse al incendio en el monte y no a salvar a las poblaciones, se evitarían muchos desalojos y se reduciría el tamaño de los incendios”.
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