Defender los toros y algo más

El toro bravoJuanJo MartínEFE

De todas las preguntas que nos hemos hecho en la Fundación Toro de Lidia, la que recuerdo con más nitidez es si un mundo con toros era un mundo mejor. El tiempo ha respondido con rotundidad. En el día en que la Fundación Toro de Lidia recibe el Premio Nacional de Tauromaquia sabemos que al defender la fiesta de los toros se está defendiendo la sociedad. La paradoja alrededor del hecho taurino que hemos podido descubrir en este tiempo es que la tauromaquia está cuestionada por muchas personas que mantienen su libertad en diversos ámbitos gracias justamente a la tauromaquia. Se puede comer carne animal en la medida en la que la el toro entretiene el desarrollo voraz de la industria animalista. No se apredrean las carnicerías porque se apedrean las taquillas de las plazas. No alcanzan a terminar con la ganadería de carne porque primero tendrían que terminar con la ganadería de lidia.

La fiesta de los toros constituye la últma frontera frente al animalismo -que es una cosa distinta al legítimo amor por los animales-, pero también frente a la sociedad de la cancelación. En su crudeza y en la manera en la que pone en cuestión los contemporáneo y escenifica la muerte en toda su crudeza, la fiesta en la plaza y en la calle suponen el último círculo de la censura. En la sociedad de hoy, los escritores, los cineastas y los pintores pueden resultar provocativos en la medida en la que un torero entra a matar en una plaza y otra gente lo ve. El hecho taurino significa que en una sociedad puedan existir manifestaciones culturales que puede celebrar una parte de la sociedad pese a que otra parte las aborrezca. La corrida aleja de nuevo el límite de lo intolerable, de lo maldito, de lo que se puede presenciar y acaso sentir. Defendiendo el toro y su tesoro cultural se defiende también la libertad. No hay una misión con más sentido.