Aviso a navegantes: la tauromaquia sigue viva

Luque corta dos orejas y abre la Puerta Grande, sin salir por protocolo de covid-19, en Morón de la Frontera

Daniel Luque, en el quinto
Daniel Luque, en el quintoJoaquin Arjona

Mientras corre la cuenta atrás para Sevilla (y la incertidumbre) y se aviva la polémica sobre si habrá San Isidro, o algo que se le parezca en Vistalegre por las fiestas del patrón a cuenta de que Las Ventas sigue cerrada a cal y canto... Viajamos a Morón donde sí hay toros. En un sí o sí. Sin condicionantes. Sin la coletilla del aforo, sin trampa ni cartón, sin juegos mediáticos ni faroles ni insultos a la inteligencia ajena, más bien un juego del dinero propio para sacar adelante un festejo con estos mimbres. Se acabó el billetaje y vino la tele y lo más importante: se pudo vivir de nuevo la emoción del toreo. El ambiente. La vuelta de siempre a lo de nunca. La incertidumbre del paseíllo, los nervios, el miedo, el desafío que supone una plaza de toros y sus infinitas dudas. Nada se sabe de lo que va a pasar desde que comienza hasta el mismísimo final. Ese es el misterio. Y la grandeza. No hay obra de teatro que reproducir, ni cine en el que sepas las garantías de una película de diez o de cinco. La gloria y la miseria puede que te esperen en las dos horas siguientes y el gusanillo en la tripa, porque el horror también está ahí. Late. También el tedio, como una losa muchas tardes. Todos conviven. Nos lo recordó ese cuarto de Miura, que solo verle ya se sabía de dónde venía, no adónde iba. Era el letargo de sus embestidas cruzadas una pesadilla para sus banderilleros. Sonaban algunas palmas de tango, que eran heridas para el corazón. Aquello era un imposible. Fuego era cruzarle al toro y prenderle un par. También la lidia. Marca de la casa. Lo fueron siempre. Y lo son. Esa es la magia. Del toreo. Sus infinitas posibilidades. La teoría de lo imprevisible, como lo era después el trazo del muletazo de Ginés Marín a ese Miura, que iba más de lo que parecía, pero a mitad de él, quería morir, que no matar. Un abismo hay en la diferencia. Mató en la rectitud y paseó el primer trofeo.

Paseíllo en Morón FOTO: Joaquin Arjona

La cadencia corrió a cargo del quinto. Un Murube con mucho ritmo en la embestida con el que Luque lo gozó en las puertas de casa. Fue el agua en el desierto, como si estuviera en el campo, mitad para él mitad para los espectadores. Fue todo muy despacio, muy vertical, muy para dentro. Bello. Tan acertado con la espada como para abrirse la puerta grande de lleno, aunque después por los protocolos de la pandemia no la pudiera atravesar.

De rodillas en el centro recibió Ginés al sexto de Juan Pedro Domecq, que fue toro de buena condición, pero venido a menos. De la explosión inicial hubo que conformarse con una sinfonía menor de la faena del torero.

Como es habitual en los festejos de Garzón a la plaza no le faltaba detalle, gusto, pasión por lo que se hace. Lejos de la austeridad que impera en el momento Morón lucía en plenitud y un mundo había entre un espectador y otro, incluso entre los que pertenecían a la misma familia. Un sinsentido que las administraciones deberían replantearse y reajustar, por sentido común, entre otra infinidad de cosas. Una excelsa puesta en escena, incluso de los toros, más bellos por fuera que por dentro. Un par de segundos necesitó el primero de José Luis Osborne para desmontar el burladero de salida sin inmutarse, a pesar de que luego le faltó fuerzas y requería pulso exquisito para mantenerlo en pie. Nobleza tenía, pero nada más. Se justificó Luque.

Colocaba bien la cara el de Pallarés por la derecha, pero le faltaba empujar. Más a la espera y sin querer viajar se mostró por el pitón zurdo ese segundo toro, que era el primero para Ginés Marín, que cumplió para acabar en las cercanías.

Un buen puyazo se llevó el tercero que guapo era, pero humillar no humilló nunca jamás el de Partido de Resina. Tremendo. Era un parapeto impenetrable y según avanzaba la faena más. No tenía malas ideas pero pasar por ahí era un trago. Mucho más cruzar en la suerte suprema, solventó Luque.

La tarde fue, ante todo, un aviso a navegantes: la tauromaquia está de vuelta.

Ficha del festejo

Morón de la Frontera (Sevilla). Se lidiaron toros de distintas ganaderías, serios y bien presentados. El 1º de José Luis Osborne, con escaso fondo y fuerza; 2º, Pallarés, descastado; 3º, Partido de Resina, sin humillar; 4º Miura, va y viene; 5º Murube, con buen ritmo y mucha clase; y 6º Juan Pedro Domecq, de buena condición, pero el fondo justo. Lleno de “No hay billetes”.

Daniel Luque, de grana y oro, estocada fulminante (saludos); dos pinchazos, estocada (silencio); estocada (dos orejas).

Ginés Marín, de teja y plata, estocada buena (saludos); estocada (oreja); pinchazo, estocada (silencio).