Opinión

Manías, pánicos y cracs

►Había indicios sobre una crisis de deuda y financiera, pero nadie los quería escuchar. Ahora los gobiernos cumplen el rito y dicen que todo está controlado, pero nadie puede garantizar nada

La quiebra de SVB el pasado año provocó un terremoto financiero
Gente ante la sede central del Silicon Valley BankXinhua vía Europa Press

Charles P. Kindleberger (1910-2003) fue un economista americano que contribuyó al diseño del Plan Marshall tras la II Guerra Mundial y autor del libro «Manías, pánicos y cracs», todo un referente en la historia de la especulación financiera. John Kenneth Galbraith (1908-2006) complementó, de una manera más divulgativa, las ideas de Kindleberger en su «Breve historia de la euforia financiera». La crisis del Silicon Valley Bank y de otros bancos regionales americanos y la del gigante Credit Suisse, diferentes pero con el punto común de la «confianza», han reverdecido los temores de inversores, depositantes y clientes. Las autoridades europeas y americanas emiten mensajes de tranquilidad, pero la incertidumbre sobrevuela el sistema financiero mundial. Todo es cuestión de confianza y Esopo (ca. 600 AC-ca. 560 AC), ya explicó en la fábula «el gallo y las garduñas» que «la confianza excesiva conduce a los hombres al peligro».

La deuda, pública y privada, aunque en formas diferentes, está en el origen de los problemas de los bancos americanos y del suizo porque, digan lo que digan los gobiernos –no pueden hacer otra cosa–, nadie garantiza que los temores, convertidos en pánico, no se extiendan. Larry Fink, el responsable de Blackrock, el máximo inversor del mundo y el primer accionista de los grandes bancos españoles, culpa a la política monetaria y al «dinero fácil» de la hasta ahora «mini-crisis», por otra parte anunciada hace meses por alguno de los profetas de las catástrofes, como Nouriel Roubini, pero también por otros expertos. «El algodón no engaña», decía un anuncio televisivo en los años 80 del siglo XX. La llamada «curva de rentabilidades de la deuda», tampoco. Lleva meses invertida en Estados Unidos y eso siempre ha sido el preludio de una recesión.

Parece complicado, pero no lo es tanto. El sentido común indica que una inversión a largo debe ofrecer más rentabilidad, más intereses que una a corto. Es la prima por mantener el dinero más tiempo inmovilizado en activos en teoría más seguros. Cuando se obtienen más intereses a corto que a largo plazo, significa que no hay confianza en el futuro. Es decir, se teme una crisis, aunque no se sepa con exactitud cuándo llegará. Desde hace meses, la curva de rentabilidades en Estados Unidos está invertida y esa inversión solo ha empezado a moderarse tras la caída del Silicon Valley Bank, quizá como si fuera el certificado de que la crisis está servida.

Hay 250 billones de dólares –con «B» mayúscula de barbaridad– en deuda en circulación en todo el mundo, cantidad tan inimaginable como impagable y que un acuerdo tácito de «confianza» permite que siga ahí como si no ocurriera nada. Hasta que sucede, como en el caso del banco americano o en el del Credit Suisse. En el primero, las empresas depositantes empezaron a reclamar su dinero y llegó el «mini-pánico». En el segundo, con problemas más o menos conocidos, cuando uno de los accionistas decidió que no pondría más dinero –en definitiva para sofocar deudas– llegó la catástrofe. Solo la intervención de los respectivos «primos de Zumosol», a ambos lados del Atlántico, Reserva Federal (Fed) y Banco Nacional Suizo, con más dinero salido de la nada –otra forma de deuda–, han calmado, por ahora, la situación. Nada nuevo bajo el sol, es lo que ocurrió con la Gran Recesión y con la pandemia, y es la solución más clásica, como reclamaban en su día entre otros Kindleberger.

La Reserva Federal americana, que dirige Jerome Powell, el Banco Central Europeo (BCE), que preside Christine Lagarde, tienen toda una papeleta. Deben luchar contra una inflación rampante, que comienza a estar enquistada y, además, sufren las presiones de quienes sueñan con el imposible –es contranatura– de que los tipos de interés vuelvan a ser mínimos, si no negativos. Esa política, dudosa, pero que pudo tener sentido en algunos momentos, ha inundado al mundo de liquidez que, en busca de rentabilidad, ha asumido riesgos excesivos que ahora empiezan a pasar factura. El BCE ahora ha tomado la decisión valiente de subir los tipos de interés como tenía retransmitido. Será criticado por los apóstoles de la juerga monetaria y el gasto público desbocado, pero ha hecho lo correcto.

Lo explicaba hace más de cien años Walter Bagehot (1826-1877), autor de «La constitución inglesa», el texto estudiado en su día, por ejemplo, por Isabel II: «En determinadas épocas, un montón de gente estúpida tiene un montón de estúpido dinero» (...) hasta que «alguien encuentra a alguien, es devorado y se produce el pánico». Sería el precedente de «La economía, estúpido», el consejo que le dieron a Clinton. La síntesis: «manías, pánicos y cracs», como apuntó Kindleberger.

El deseado y complicado regreso a la política nacional

Los hermanos Nadal, Álvaro y Alberto, que fueron ministro y secretario de Estado, respectivamente, en los Gobiernos de Rajoy, habrían hecho movimientos de acercamiento a Alberto Núñez Feijóo con el objetivo de volver a la política nacional. Álvaro y Alberto son técnicos comerciales del Estado, ahora destinados en Londres y Washington, aunque los dos tendrían que cambiar dentro de poco de destino. Por ahora, Feijóo es conocedor de su disposición, pero no ha dicho nada.

La anomalía histórica en la distribución espacial de la población

España es el país de la Unión Europea con un menor porcentaje de territorio ocupado, apenas el 13% del total, y el segundo, tras Malta, en términos de densidad de territorio ocupado, con 737 habitantes por kilómetro cuadrado, según un estudio de los economistas Eduardo Gutiérrez, Enrique Moral-Benito, Daniel Oto-Peralías y Roberto Ramos, reseñado en Nada es Gratis y publicado en el «Journal of Regional Science». España combina zonas desérticas con aglomeraciones superpobladas.