En busca de las fuentes del Nilo: cuando los mitos enloquecen a los hombres

En pleno siglo XIX, los europeos recorrían febrilmente el globo en busca de explicaciones razonables a los mitos que plagaban las culturas extranjeras. Querían encontrar el origen de todo. El origen del hombre, el origen de la luz y las tinieblas. Esta es la historia de los hombres que pretendieron descubrir el origen del Nilo, y la maldición que se llevaron consigo.

Los exploradores encargados de encontrar las fuentes del Nilo. A la izquierda, Richard Burton, alias El Diablo; a la derecha, John Speke.
Los exploradores encargados de encontrar las fuentes del Nilo. A la izquierda, Richard Burton, alias El Diablo; a la derecha, John Speke. FOTO: Alfonso Masoliver

Una pregunta bien formulada

¿Quién descubrió las fuentes del Nilo? He aquí una pregunta tremendamente complicada. Igual que los días que alguien se atreve a afirmar que Colón “descubrió” América, siempre los hay que saltan y gritan: ¡Pero no lo descubrió realmente, ya lo conocían los indios americanos! Y es cierto, no lo descubrió realmente. Pero al decir que este o aquél europeo descubrió esto o aquello, se refiere a que un territorio concreto pasó de ser conocido por unos pocos - los locales - a ser conocido por el mundo entero. Se descubre el velo de algo que siempre estuvo allí para mostrarlo a la humanidad. Y lo que años antes era para la inmensa mayoría del mundo motivo de mitos y leyendas, elementos irreales, al fin y al cabo, pasa a entrar en el plano de lo real de forma definitiva. Porque de nada sirve que una milésima parte de la población conozca América si América está aislada. En tal caso, podríamos decir que América está por descubrir. No para los nativos, evidentemente, sino para el resto del mundo real.

Hapy, dios egipcio del Nilo y sus crecidas.
Hapy, dios egipcio del Nilo y sus crecidas. FOTO: Jeff Dahl (nombre del dueño)

Aclarado esto, reformulamos la pregunta. ¿Quién descubrió las fuentes del Nilo al mundo occidental, asiático y americano? Es una pregunta complicada, tanto como las curvas del río más largo del mundo. El historiador griego Heródoto ya se lanzó a buscarlo, con escaso éxito, en el siglo III a. C. Este ha sido desde las épocas egipcias considerado un río divino, cargado de una potente magia milenaria. Y no es para menos. Era la única forma que tenían de explicar que sus famosas crecidas ocurrían precisamente durante la época seca, cuando el pueblo egipcio pasaba las épocas de mayor hambre. Su agua clara se aparecía como regalo de los dioses, cruzando como una cicatriz reciente las duras arenas del desierto, indiferente a las sequías y al calor. Innumerables dioses se asociaban a su caudal, y de él vivían miles de personas, incluso millones.

Dos caras opuestas en el mundo de la exploración

Llegamos al siglo XIX. La edad dorada de los exploradores. Apenas medio mundo había sido explorado por los europeos y corrían tiempos de excitantes incógnitas por resolver, hombres y mujeres de todos los pelajes buscaban frenéticamente patrocinios que les permitiesen incorporar pedazos del mundo mágico al mundo de la realidad. Rodeados de portadores y soldados se adentraban en selvas oscuras, paisajes gélidos y áridos desiertos sin fin aparante, todos ellos buscando el reconocimiento personal junto a sus descubrimientos. Navegando por el XIX, entramos en la Sociedad Geográfica de Londres, donde dos hombres tan opuestos como lo son el frío y el calor, la luz y la oscuridad, han sido encargados con una suculenta misión que, de resultar exitosa, pasará a incluirlos en los anales de la historia. Son el capitán John Hanning Speke y Richard Francis Burton, conocido por sus contemporáneos como El Diablo. Ellos fueron nombrados teloneros en esta obra que es el nacimiento del río Nilo.

La relación entre ambos hombres era pésima, prácticamente desde el día que se conocieron. Donde Speke era enfermizo, cazador y enemigo acérrimo de la literatura, tremendamente racista con todo aquél que no fuera inglés, El Diablo era un hermoso caballero poeta, cónsul británico y conocedor de hasta 29 idiomas. Solo compartían un elemento en común, uno que les ató irremediablemente de por vida: su destino.

Todo lo que pudo salir mal, salió mal

A finales de 1856 arribaron a Zanzíbar, conocido por aquél entonces como “la tierra de los negros”, o Nigricia, llegados en barco desde Bombay. Pasaron seis largos meses preparando a conciencia su expedición y en 1857 comenzaron el largo camino, acompañados por 132 hombres. Un pequeño ejército zambulléndose en la desconocida selva de África oriental. Sin miedos, u ocultándolos lo mejor posible. La expedición duró un año y medio, y cada día se cumplió irrefutable la ley de Murphy: todo lo que pudo salir mal, salió mal. O peor. Enfermedades y altas fiebres eran el día a día, hasta el punto de que ninguno de los dos líderes de la expedición llegaron a recuperar completamente su salud. Burton debió pasar un par de semanas consumiendo únicamente líquidos debido a una úlcera en la boca - que, en situaciones de este calibre, donde el esfuerzo físico es abrumador, puede resultar mortal - y Speke intentó sacarse un escarabajo de la oreja utilizando un cuchillo, provocando la herida consiguiente. La herida se infectó, dando pie a un tumor, y el explorador quedó prácticamente sordo de un oído. No, nunca fue sencillo desbrozar leyendas de más de cinco mil años. Estas parecen resistirse a incorporarse al mundo de la realidad y nos atacan con todas sus fuerzas.

El río Nilo cruzando Uganda.
El río Nilo cruzando Uganda. FOTO: Rod Waddington (nombre del dueño)

Traspiés tras otro, los exploradores encontraron en febrero de 1858 el lago Tanganica. Para entonces, la enemistad entre ambos era evidente. En sus diarios apuntaban los desperfectos sanitarios del otro, exagerándolos y alegrándose por ellos, y las discusiones sobre qué rutas tomar - unos locales en Tabora les indicaron que hacia el norte encontrarían grandes masas de agua, pero Burton decidió ir hacia el oeste - eran motivo de discusión casi diariamente. Y cuando llegaron al Tanganica, la desilusión fue evidente. Aunque eran los primeros hombres blancos en ver el legendario lago, su tamaño relativamente menor hacía evidente que no era este la fuente del Nilo. Llegaron momentos de profunda decepción, entremezclados con momentos en los que Burton se maravillaba por la belleza innegable de sus aguas. Pero recordemos que no habían llegado hasta allí para encontrar lo hermoso, sino lo real. Y lo real estaba en otra parte. No sabían bien dónde, pero desde luego no era allí.

El lago Victoria

Perdidos, hambrientos y enfermos, no tuvieron más remedio que parar a descansar. Especialmente desgastado estaba Burton, que no se veía con fuerzas para caminar un paso más. El propio Speke seguía medio sordo, y para colmo, sus frecuentes ataques de oftalmía habían hecho mella en él y también estaba prácticamente ciego. Pero su salud no importaba, no si este era el precio que debía pagar por la fama. Tras una larga discusión, consiguió convencer a Burton para que le diera permiso de tomar un puñado de hombres y comprobar si la información que les dieron en Tabora era cierta. Y en esta pequeña excursión, tras quince días de marchas forzadas, alcanzó los límites de lo que hoy conocemos como el lago Victoria, nombrado así por Speke en honor a la reina de Inglaterra. Pero, ¿eran estas las fuentes del Nilo? Pese a que a todas luces había encontrado su ansiada meta, estaba demasiado enfermo, demasiado agotado para comprobarlo con claridad, y apenas dedicó tres días a recorrer su orilla. No obtuvo pruebas concluyentes de que el descomunal lago se tratase de las fuentes del Nilo, y al regresar junto a Burton para informarle de su descubrimiento, El Diablo desdeñó sus conclusiones. En su diario apuntó, claramente invadido por la rabia: “Los argumentos que (Speke) añadía a favor de su descubrimiento resultaban más débiles que su convicción, y eran de la misma naturaleza que los de Lucita con sir Proteo: creo que es así, porque así lo creo”.

El lago Victoria, punto de inicio del divino río Nilo.
El lago Victoria, punto de inicio del divino río Nilo.

Regresaron arañándose a Zanzíbar y poco después volvieron a Londres. Speke clamó allí que había encontrado las fuentes en el lago Victoria y Burton, desesperado, que en el Tanganica. Finalmente la Sociedad Geográfica decidió confiar en Speke - la altitud del Tanganica es inferior al Victoria y no existe forma física posible de que un río suba montañas -, y permitió una segunda expedición dejando de lado a El Diablo. Pero esta segunda expedición tampoco fue concluyente. El impaciente Speke no llegó a remontar el río Nilo al completo, por lo que nada podía asegurar que el caudal de agua que descubrió fluir del lago Victoria fuera el Nilo, y no cualquier otro río.

No hay final feliz

Último acto en la historia de odio mutuo entre dos hombres, peleándose por tirar del telón: la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia decidió organizar un debate entre ambos exploradores el 16 de Septiembre de 1864. Burton acudió puntual a la cita, rodeado de papeles para refutar las teorías de su contrincante. Pasaron una, dos, tres horas sin que Speke hiciese su aparición. Y ya cerca del mediodía, una noticia inesperada sacudió el seno de la sociedad inglesa: la tarde anterior, Speke había salido de caza junto a su primo y se había disparado accidentalmente en el pecho mientras subía un muro con la escopeta a cuestas. No había sobrevivido.

Aquí encontró El Diablo su momento para encumbrarse sobre su enemigo. En pleno silencio general en la sala de conferencias, exclamó: “¡Dios mío, Jack se ha suicidado!”. Y la realidad volvió a su punto de partida, empujada por las dudas sobre la sospechosa muerte del explorador. El propio Burton, carcomido por la culpabilidad de la muerte de Speke, terminó sus días alcoholizado en Estados Unidos. Y no sería hasta 1875, bajo los ojos excitados del periodista Henry Stanley, que se comprobaría definitivamente que la teoría de Speke era cierta, y el divino río Nilo nacía en el lago Victoria. Pero esta es otra historia.