Conoce a la tribu Kuikuro, los verdaderos habitantes de la ciudad perdida de Z

En 1925, el coronel británico Percival Fawcett desapareció en la selva amazónica mientras perseguía una leyenda. Lo que no supo jamás es que ya la había descubierto sin darse cuenta.

Parque indígena de Xingu.
Parque indígena de Xingu.Pedro Biondihttps://creativecommons.org/licenses/by/3.0/br/deed.pt

La fiebre de las ciudades perdidas en Sudamérica

Orellana, Lope de Aguirre, Jiménez de Quesada, Alvarado... Son los nombres de los hombres que no consiguieron encontrar el Dorado, aunque muriesen en el intento. Atraídos por suculentas leyendas, tomaron grandes puñados de oro para organizar complejas expediciones en busca de esta ciudad de los mitos, quizás con la intención de tomar prestado un pedazo de este misticismo para forjar sus propias leyendas. Fracasaron, algunos con más deshonra que otros. Buscaban la ciudad del oro, con grandes edificios de piedra semejantes a los encontrados en Chichén Itzá, aunque mucho más rico, con mucho más oro. Solo encontraron el verde de la selva, pequeñas tribus y muerte.

Pero quién sabe por qué el hombre persigue tan ansioso los mitos, y la leyenda de El Dorado se ramificó en muchas otras historias sobre ciudades perdidas, alimentadas por descubrimientos como el Machu Picchu en los Andes de Perú. El Dorado terminó por alcanzar a regañadientes la categoría de mito, quizás no era más que una broma de los nativos, pero las nuevas historias sobre ciudades perdidas calaron hondo en los europeos. Un buen ejemplo sería el del coronel británico Percival Fawcett y su búsqueda de la legendaria ciudad perdida de Z. En 1925 se zambulló en la selva para encontrar el mito y desapareció misteriosamente pocos meses después.

La pirámide principal de Chichén Itzá

Una nueva era de la exploración

Ahora estamos en el siglo XXI. Máquinas ligeras, dirigidas desde el móvil, sobrevuelan con facilidad grandes extensiones de selva amazónica, los profesionales arqueológicos están más preparados que nunca y ellos mismos son escépticos a las leyendas del pasado. Han reunido todas las historias que la humanidad les ha podido ofrecer y las desgranan una a una para separar el grano de la verdad y la espiga de la mentira. Leen las crónicas de fray Gaspar de Carvajal, primer fraile dominico en navegar el Amazonas, y dicen, esto sí, esto no, esto puede ser, lo investigamos. Son los nuevos exploradores. Tecnológicos, ellos no buscan gloria y honor castellanos, sino aportar un grano de arena a la montaña del conocimiento humano.

Los años en que se pensaban grandes civilizaciones perdidas en la selva del Amazonas han quedado atrás, y la explicación es sencilla. No hay suficiente piedra en esta región para construir ciudades del tamaño de la ciudad perdida de Z. Su extracción, transporte y tallado habría supuesto una molestia innecesaria, teniendo en cuenta las grandes cantidades de madera, perfectamente apta para la construcción, que estas civilizaciones anteriores a Colón tenían tan a mano. Los arqueólogos actuales son de la opinión (exceptuando unos pocos que todavía se resisten a lo inevitable) de que las historias indígenas fueron adornadas o malinterpretadas por los colonizadores, y que testimonios sobre ciudades de piedra blanca como el de fray Gaspar fueron exagerados con fines propagandísticos. Opinan que sí pudieron darse grandes civilizaciones en el Amazonas, pero el aspecto de estas difería a las ciudades que buscaban en el siglo XVI. Debían ser, más bien, edificios de madera y barro, no piedra y oro. Más reducidas, menos altas que los árboles.

La tribu Kuikuro

Una de las civilizaciones que Fawcett conoció durante sus investigaciones fue la tribu Kuikuro. Dedicó varios días a estudiar sus costumbres, descansó en alguno de sus poblados y retomó su frenética búsqueda. Pero vamos a dejar a Fawcett proseguir con sus devaneos en la selva para quedarnos con los kuikuro. En los tiempos anteriores al avance europeo, se estima que vivían en la región del Xingu, en el actual estado brasileño de Mato Grosso, un total de 10.000 indios kuikuru diseminados en 1.400 poblados. Las enfermedades y la guerra redujeron la población a los 3.000 habitantes hasta principios del siglo pasado, y en 1940 apenas quedaban 700.

Indios de la etnia Kuikuro. FOTO: Valter Campanato https://creativecommons.org/licenses/by/3.0/br/deed.en

Pero fueron una civilización fuerte durante siglos, dominante en su región. Sus poblados circulares, limpios de cualquier árbol, se conectaban entre ellos a través de anchos caminos, creando una compleja red de poblados interconectados y con fuertes alianzas sanguíneas. Imaginemos la civilización kuikuro como un enorme átomo, siendo los pueblos secundarios pequeños protones que giran en torno a un núcleo. Se piensa que el núcleo pudo ser Kuhikugo, un poblado más grande que el resto y que probablemente fuese la ciudad perdida que buscaba nuestro amigo Fawcett. Los arqueólogos contemporáneos han descubierto huellas de una amplia fortificación de madera rodeándola, restos de amplias plazas de hasta 150 metros de diámetro e ingentes cantidades de terra preta por la zona.

La terra preta, o tierra negra del Amazonas, quizás sea una de las pistas más fiables a la hora de rastrear grandes civilizaciones en el pulmón del mundo. Se tratan de amplias extensiones de tierra moldeada por el ser humano, a la que se han añadido restos orgánicos y carbón vegetal para aumentar su fertilidad. No podría haber vida humana sin cultivo, siendo el Amazonas una tierra inóspita y (curiosamente) escasa en alimentos para el hombre, así que los arqueólogos no miran los libros de cuentos tanto como el suelo, palmo a palmo, para descubrir estas inconfundibles huellas de presencia humana. En el gran poblado de Kuhikugo se han encontrado numerosos terrenos de terra preta, lo cual implica que una multitud considerable de personas vivieron en la zona.

Pero no son el oro y las riquezas, ni los estrambóticos rituales mayas, la fuente de riquezas kuikuro. Para ellos la vida es más sencilla, nunca les hizo falta complicarse con dorados, y les basta con cultivar maíz, patata y tabaco, cazar y recolectar miel y frutos silvestres. Riquezas aparentemente sencillas, podría ser, aunque bien valiosas en la difícil vida de la selva. Quizás fue por esto que Fawcett no se paró a pensar que ya había descubierto su ciudad perdida de Z cuando pasó una breve temporada en las tierras de los kuikuro. Él buscaba oro y ciudades de piedra blanca, no se le ocurrió que el brillo cegador que refería fray Gaspar en sus crónicas era el reflejo del sol en las edificaciones de barro.

Es una suerte que los exploradores actuales han aprendido de las lecciones que dio el pasado. Sus investigaciones se centran en los elementos racionales y no corretean por los bosques como iluminados en busca de ciudades fantasma. Buscan datos, hechos, lo palpable. Hasta el punto de que no se atreven a afirmar que Kuhikugo sean realmente la ciudad perdida de Z, pese a que todos los indicios lo muestran. Se han desvinculado de las historias estrafalarias y con sus descubrimientos constituyen historias nuevas, reales, que nos pueden permitir comprender las fascinantes civilizaciones que habitan el Amazonas.