Islandia, una canción de hielo y fuego para bailar este verano

Islandia aceptará turistas de cualquier país a partir del 15 de junio y no puede haber mejor momento para visitarla (si el coronavirus nos permite salir de España)

La casacada de Kirkjufellsfoss con la famosa montaña Más Allá del Muro que aparece en la serie de Juego de Tronos.
La casacada de Kirkjufellsfoss con la famosa montaña Más Allá del Muro que aparece en la serie de Juego de Tronos.Manuel Alesanco

¿Deberíamos visitar Islandia este verano?

Ciento noventa y nueve euros. Ese es el precio que me muestra el buscador de vuelos cuando hurgo para ver cuánto me costaría ir y volver de Madrid a Reikiavik entre los días 10 y 20 de agosto. Ciento noventa y nueve euros es el precio para escapar del encierro y entrar en un país que no llega a los cuatro habitantes por kilómetro cuadrado (en España rozamos los 94). No es calderilla, ni mucho menos, pero había días en los que un billete de este calibre rondaba los trescientos y pico euros, así que, viéndolo con perspectiva, se trata de una ganga como pocas. Más ganga todavía cuando el gobierno islandés ha comunicado que a partir del 15 de junio recibirá turistas de cualquier país, siempre y cuando hayan pasado un test rápido en el aeropuerto que les libre de la sospecha del coronavirus. Si das negativo, bienvenido, pasa y disfruta. Si el resultado es positivo, 14 días de cuarentena obligatoria y ya veremos.

Islandia es un destino tentador. Quien haya visto la serie de Vikings recordará la estupefacción de Floki al pisar por primera vez la que él consideraba la morada de sus dioses, porque solo los dioses podrían vivir en una tierra arrancada de las entrañas psicodélicas de la fantasía, para ser clavada en la Tierra. Ciertamente posee gruesas pinceladas de psicodelia, esta isla, en sus formas y en sus colores.

La oscuridad, dura pero acogedora

Me refiero por ejemplo a la cascada Skógafoss, en sus formas y colores. Un chorro de agua que cae como el aliento, bordeada por un verde intenso y difícil de obtener incluso para los pintores más experimentados. Por debajo de ese verde y rodeándolo se disemina la piedra negra, un negro del de verdad, del que recuerda a la noche. La noche se solidifica en Islandia y se endurece en sus rocas. En el acantilado Dyrhólaey, en sus playas, en esa misma cascada. Pero no es un negro tenebroso, como cruzado de tinieblas, sino un negro reconfortante y acogedor, el mismo que hizo creer a Floki que se trataba de la morada de los dioses.

Svartifoss, conocida como la casacada negra. FOTO: Manuel Alesanco

Un negro cargado de belleza porque la belleza siempre adquiere cierta tonalidad oscura al entreabrir la puerta del umbral oculto respecto al mundo que nos rodea, siempre demasiado brillante y evidente para que nos fiemos de él por completo. La piedra negra de Islandia expresa belleza y confianza. Sin resistencia nos entregamos a ella en Þórufoss, en Þingvellir y en Kirkjufell cuando no la cubre la nieve.

El continuo enfrentamiento entre el fuego y el hielo

La nieve blanca, sí, el máximo constraste con respecto al negro de las rocas. Donde una es blanca y suave, el otro es negro y duro. Podría decirse que estos dos colores llevan milenios enfrentados, apoyándose en diferentes texturas en uno y otro bando. Forma parte del encanto de Islandia, el continuo enfrentamiento entre colores, formas y texturas. Los meses de invierno parece que el blanco suave se impondrá definitivamente sobre la oscuridad, retumban terribles ventiscas y la roca cede lentamente, exhausta tras los largos meses de verano; al terminar el frío glaciar, la roca se calienta y encuentra la fuerza una vez más, y la batalla empieza otra vez, hasta que el blanco o el negro consigan la victoria definitiva.

El negro tiene un aliado donde el agua helada ayuda al blanco: es el fuego. Destructor, hipnótico. Algo escarban la visión del fuego y el sonido del agua en el ser humano, como si tocasen las partes más antiguas de nuestro espíritu. El fuego en los volcanes de Islandia forma parte de esta danza perpetua entre el negro y el blanco, salpicados por un verde imparcial y apático, y los años que la nieve parece llevar la delantera, sobreviene un estruendo, tiembla la tierra, y los dioses que Floki adoraba parecen vomitar ese fuego para mantener el equilibrio en su reino. Para que nos hagamos una idea, un tercio de la lava derramada sobre la superficie terrestre en los últimos 500 años procede de Islandia. El centro de la isla lo dominan los volcanes, siempre furiosos, y es habitual que no pasen demasiados años entre erupción y erupción, ya sea en tierra firme o en el interior del mar. Esto se debe a que las placas norteamericana y euroasiática se encuentran aquí, en ese mismo centro, en un continuo enfrentamiento por ganar o ceder terreno.

Glaciar de Vatnajökull, el más grande de Islandia. FOTO: Manuel Alesanco

Volcanes, glaciares y los mejores parques naturales

Eyjafjalljökull, Katla, Ekla, Snæfellsjökull, Eldgjá, Þeistareykjarbunga, Prestahnúkur, Askja, son algunos de los 130 volcanes que se desenvuelven con absoluta libertad por la isla. Especialmente conocido es el primero, debido a su erupción entre marzo y abril del 2010. Pero no solo el fuego cuenta con tan poderosos aliados. En el bando del frío y el blanco se posicionan como campeones los glaciares, cubriendo un 11% del país y en combate constante contra los monstruos de fuego: Vatnajökull, el glaciar más grande de Europa; Langjökull, Mýrdalsjökull, Snaefellsjökull y tantos otros hasta extenderse a lo largo de 11.400 km ². Qué excelente enfrentamiento, la crema y nata de la naturaleza más violenta se desarrollan frente a nosotros, rodeados por algunos de los parques naturales más hermosos del planeta. El Parque Nacional de Vatnajökull es además el de mayor tamaño en Europa, y el glaciar en sí cubre con un grueso manto de hielo varios volcanes de la isla. Como muy acertadamente lo define la guía de viajes Lonely Planet, este parque “es el paradigma de los tópicos entre fuego y hielo”.

No puedo evitar observar Islandia con cierta fantasía soñadora. Son demasiados contrastes, blanco y negro, lava y hielo, el continente viejo y el nuevo. El retumbar constante y la imagen bruta de estos enfrentamientos son sobrecogedores para el ser humano, el ser humano es pequeño, con sus ojillos contempla extasiado estos enfrentamientos. No hay nada que temer, por supuesto. La tierra de Islandia puede parecer colérica y brusca en sus contrates, pero no tiene intención de dañar al ser humano en sus combates, nosotros seremos espectadores de este juego mayor y nada más. Siempre podemos beneficiarnos del aire frío que sopla sobre la isla, parecido a un suspiro apaciguador entre los contendientes. Y agradecerlo, claro. Siempre es bueno agradecer el mejor entretenimiento.