Historia

Medina Azahara, la bella ciudad de reyes que solo sobrevivió 74 años

Antes de visitar la ciudad de los Omeya y deleitarnos con sus restos, damos un repaso a su breve historia, desde su auge dorado hasta su estrepitosa caída

Vista aérea de las ruinas de Medina Azahara.
Vista aérea de las ruinas de Medina Azahara.Rabehttps://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0/deed.en

En cada ruina de cada vieja ciudad se guardan misterios prácticamente imposibles de descifrar. Cuanto más castigadas estén las ruinas, más difícil será desvelar los misterios que se cocieron tras los muros derruidos. Parece que las piedras desgastadas, ofendidas por algún saqueo pasado o la inclemencia del tiempo a la hora de borrarles su belleza de antaño, refunfuñan todavía, y esconden sus secretos al visitante con el celo de ese recelo que guardan. Hubo una época en la que brillaron lustrosas y se confiaron, pensando que ningún mal las acosaría, y cuando el hierro arrasó sus cimientos más sólidos, se derrumbaron presa del asombro. Me robaron la juventud, me robaron la gloria, parecen decir sin salir todavía de su desconcierto. Algo así parece haber ocurrido con la ciudad musulmana de Medina Azahara.

La edad dorada del Califato Omeya

Busquemos el contexto. Galopa el año 936 y el califa omeya de Córdoba, Abderramán III, tiene razones para estar contento. Su independencia militar, administrativa y espiritual con respecto al corrupto califato de Damasco lleva siete años en funcionamiento, y sus últimas campañas militares contra los reinos cristianos del norte y los rebeldes musulmanes han sido un verdadero éxito. El reino de Navarra había jurado no atacar sus territorios mientras Sancho Garcés fuese su rey, había derrotado al monarca leonés Ramiro II sin apenas dificultades, había saqueado y quemado numerosos templos y territorios cristianos en su campaña de castigo, Zaragoza y Toledo se hallaban nuevamente bajo su poder y, este detalle le complacía especialmente, Ceuta era suya y ahora controlaba ambos extremos del estrecho de Gibraltar. Para uno de los mayores gobernantes musulmanes que pisaron la Península Ibérica, todo iba bien y nada iba mal. Aunque desenrollar semejante muestra de poder le había costado casi veinte años de duras campañas militares.

Un hombre pasea por la ciudad califal de Medina Azahara, situada en la sierra de la capital cordobesa, que ya está inscrita en la Lista de Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia y la Cultura (Unesco). FOTO: Salas EFE

Cansado de practicar la guerra contra rebeldes y cristianos, aunque feliz por sus victorias, el califa regresó a Córdoba para comenzar su proyecto más ambicioso hasta la fecha, el símbolo definitivo que le coronaría como el mayor líder musulmán de su tiempo. Ni corto ni perezoso, siempre con un proyecto grande en su ágil mente, decidió construir una rica ciudad a 8 kilómetros de Córdoba que demostrase, cuando la muerte inevitable lo arrastrase consigo, el poder que un día ostentó el nuevo califato. Decidió nombrarla Madīnat al-Zahrā, la ciudad brillante, y nosotros la conocemos como Medina Azahara.

Tras los muros de Medina Azahara

Corretean las leyendas sobre este fantástico lugar. Cronistas de la época aseguran que fuentes de mercurio borbotaban y creaban graciosos efectos ópticos en sus jardines, tejados revestidos en oro puro brillaban bajo el fuerte sol, columnas de mármol blanco traído desde Portugal lucían orgullosas y talladas por los artesanos más desenvueltos. Su situación privilegiada en las laderas de Sierra Morena permitió la creación de un precioso sistema de terrazas que nunca antes se había visto por aquellas tierras. Y los nombres que delimitaban cada sección de la ciudad eran los propios de un califa victorioso: su residencia era conocida como “la morada del poder”, el salón principal era “El salón rico del califa”, y así sucesivamente, hasta el punto de que solo tres personalidades relevantes residían en la ciudad. El propio califa, su hijo y heredero al-Hakim, y el eunuco Yafar al-Siqlabi, quien ostentaba el más alto cargo administrativo del califato.

Los muros de Medina Azahara, hoy derrumbados y presa de la apatía, cobijaron durante años a los personajes más poderosos de España. En sus pasillos se fraguaron alianzas, estrategias de combate, también algunas traiciones. Son conocidos los festejos que al-Hakim organizaba en sus jardines y salones tras la muerte de su padre, donde los personajes influyentes del califato acudían para gozar de los lujos más reservados de la vida, y poetas destacados recitaban elaborados versos para ensalzar las virtudes de su señor. Si una embajada extranjera acudía a la ciudad, debía entrar por su puerta triunfal, compuesta por ocho grandes arcos y flanqueada por fieros soldados. Después debían recorrer una serie de estrechas y agobiantes callejuelas interiores, acompañados por sirvientes del califa que aumentasen su sensación de poder, y finalmente llegaban a la sala donde les recibía el gobernante, rodeado de oro y mármol.

Abderramán III no fue el primer gobernante en crear su propia ciudad con el fin de demostrar su evidente poder, también lo hicieron los emperadores chinos con La Ciudad Prohibida y Luis XIV con su construcción de Versalles, pero un dato concreto diferencia Medina Azahara de estas otras: su corta duración. Apenas se mantuvo setenta y cuatro años en pie.

El poder inimitable de Almanzor

Medina Azahara conserva los vestigios de la plenitud y la arquitectura andalusí

Saltemos unos años en el tiempo, como solo nos permite el poder de las palabras. Abderramán murió hace tiempo, al-Hakim también, y el poder del califato ha caído en manos de un general musulmán mientras el príncipe heredero espera hasta alcanzar la mayoría de edad para ser nombrado califa. El nombre del general es Abu ʿAmir Muhammad ben Abi ʿAmir al-Maʿafirí. La Historia le conoce como Almanzor el Victorioso. Entre las hazañas de este intrigante hombre caben la estrangulación pública de quienes no fueron leales al joven pretendiente, Hisham II, diversas correrías contra los reinos cristianos durante sus famosas aceifas (incursiones rápidas y brutales que se efectuaban en verano contra los reinos del norte) y la destrucción casi completa de Santiago de Compostela. Todo esto no hace de extrañar que pese al nombramiento de Hisham II como califa en el 976, Almanzor terminó por acaparar todo el poder de Al- Ándalus. Medina Azahara cambió su simbología durante aquellos años, y la que había sido una muestra del poder Omeya se transformó en el símbolo de su debilidad, actuando como jaula dorada para el endeble califa mientras Almanzor llevaba las riendas del gobierno.

La destrucción de Medina Azahara

Tras la muerte de Almanzor pareció que la cabeza del poder en el califato de Córdoba había sido decapitada y ocurrió lo habitual en estos casos, todos querían suceder al glorioso caudillo, comenzaron cruentos enfrentamientos, se multiplicaron los asesinatos y los regionalismos se alzaron. Nada nuevo en las letras rojas de la Historia. Durante las guerras civiles que asolaron Al-Ándalus por aquellos años, hasta la creación del sistema de taifas, Medina Azahara sufrió su suplicio particular a manos de los combatientes bereberes. Se dice que tomaron con violencia la ciudad y asesinaron a Hisham II, para después usarla durante años a su gusto, celebrando fiestas orgiásticas, utilizando los delicados salones como establos y saqueando todo objeto de valor que se cruzaron. Poco después la arrasaron y abandonaron.

El Salón Rico o de Abd al-Rahman III recoge toda la esencia del Califato de Córdoba en Medina Azahara / Efe

Medina Azhara, la ciudad brillante, quedó violada hasta sus cimientos, chamuscada y humillada, arrebatados todos sus ropajes. Con el paso de los años sufrió nuevas profanaciones que solo pudo contemplar impotente, mientras sus piedras eran arrancadas para ser utilizadas en la construcción de nuevos edificios en la más afortunada Córdoba, y no hubo de pasar demasiado tiempo hasta que cayó en el olvido más absoluto. No fue hasta comienzos del siglo XX cuando las primeras excavaciones arqueológicas la desempolvaron y devolvieron al conocimiento colectivo. Pero para entonces ya se había apagado todo su brillo.

La que fue una ciudad simbolizando el poder y después la mediocridad de los últimos Omeya, era en 1911 un reducto de recuerdos descolocados y piedras atragantadas de polvo, desprovista ya de toda esperanza por recuperar el esplendor que mantuvo durante setenta y cuatro años. ¿Cuántos tiempo aguantaron sus restos esa esperanza por recuperar su gloria? Quizás no fue hasta sentir en sus paredes los flashes de las cámaras y el hierro frío de los instrumentos arqueológicos, cuando comprendió que su final llevaba siglos sellado. Ahora se yergue firme con los ladrillos raídos y el mármol desgastado, encarando desafiante los ojos de los visitantes que acuden para honrarla y deleitarse con sus últimos rastrojos de belleza.