Lhasa: la capital tibetana que nunca volveremos a ver

A pocos meses de celebrarse el 70 aniversario de su anexión a China, pocos piensan ya que el Tíbet volverá a ser un Estado independiente

Cinco tibetanos refugiados y yo nos sentamos a las afueras de Bodh Gaya, en el norte de la India, compartiendo una humeante tetera. Miran con recelo el pitillo que estoy fumando, hasta que uno de ellos se entrega definitivamente a la tentación y alcanza a pedirme uno. Cuando lo termina, otro de sus amigos me pide un cigarrillo y cuando este lo acaba, también me lo pide un tercero. Así seguiremos durante las horas siguientes, fumando de uno en uno para no molestar a los demás con nuestro humo. El más anciano de los cinco, que debe rozar los 70 años, es el único en hablar. Su rostro surcado de arrugas se contrae a cada palabra, igual que la ceniza del pitillo.

El precio de la sangre

“Colocar un ladrillo en cualquiera de las ciudades santas que se desperdigan por el mundo, dedicada a cualquier religión, conlleva una doble dosis de esfuerzo: la primera está en las manos, la segunda en el corazón. Si alguien lo duda, que le pregunte a los judíos de Jerusalén que oran frente a los restos del Templo de Salomón, expulsados de su tierra y vapuleados durante siglos hasta su regreso a mediados del siglo pasado. Que le pregunten a los ejércitos de Mahoma, exhaustos tras conquistar la Meca. O a los sufridos habitantes de Roma, cuyos muros todavía guardan el amargo sabor de incontables saqueos. La moneda de cambio para pagar el suelo sagrado es la sangre. No vale el dinero, apenas el poder o las riquezas de la tierra.”

Continúa diciendo que por esta razón resulta desoladora la pérdida de una ciudad sagrada, más que cualquier otra, cuando desfilan por sus calles los ejércitos del invasor y toda la sangre derramada parece devaluarse, como si cien mil gotas tuviesen el valor de una sola.

Una mezcla de vergüenza y dolor impregna a los habitantes de la ciudad sacra perdida, porque en el fondo de su corazón saben que no fueron capaces de pagar el precio correcto por su ciudad. Se tachan a sí mismos de cobardes en ocasiones, y en otras les embarga un furor inusitado contra las fuerzas conquistadoras, hasta el punto de que parecería que están dispuestos a tomar las armas para pagar el precio convenido. Pero este arranque es una ilusión, nada más. Así me lo confiaron los refugiados de Lhas en Bodh Gaya.

Enemigos de la guerra

¿Por qué no se levantan y toman las armas? ¿Qué hacen escondidos en la India, vendiendo mantas y cuencos de cerámica a los turistas? El anciano tibetano disculpa el furor de mi juventud cuando le formulo este tipo de preguntas, asoma media sonrisa y, sospesando un nuevo cigarrillo entre los dedos de la mano, desteje mediante cuidadas palabras el entramado histórico de Lhasa.

Gran parte de la respuesta a mis preguntas radica en su religión. El budismo trata de la erradicación de los deseos, todos ellos, y resulta que dentro de estos deseos cabe también el de recuperar su propia tierra. Resulta un contrasentido entregarse a los deseos hasta el punto de levantar las armas por ellos (lo cual explica que su forma de protesta más violenta haya sido quemarse ellos mismos a lo bonzo). Así prefieren depositar sus esperanzas en la bondad del ser humano para recuperar su país, aunque reconoce que cada día que pasa pierde la confianza en la bondad. Lleva demasiados años esperando a que se muestre.

Su resistencia a la hora de tomar las armas se muestra en cómo sucedió la conquista del Tíbet por parte de las tropas chinas. Bastó una batalla, con no más de 180 bajas tibetanas y antecedida por largos meses de negociaciones agotadoras, para apropiarse del país. “Nuestra repugnancia frente a la violencia”, asegura el anciano, “nos impide pagar el precio de sangre que exige nuestra tierra”.

Merecer la propia tierra

Y la realidad es que nunca llegaron a pagar ese precio del todo. Cuando el Imperio mongol comenzó sus galopadas a lo largo de las llanuras de Asia y Europa Oriental, los tibetanos no dudaron a la hora de aliarse con ellos para mantenerse a salvo del también creciente poder de la China imperial. Fueron los feroces guerreros del norte asiático quienes lucharon por ellos cada batalla, incluyendo la derrocación de la dinastía Gtsang-pa (que por aquél entonces gobernaba el Tíbet) en 1642 para entregar el poder al quinto Dalai Lama. Cada guerra civil o contra territorios extranjeros la lucharon los mongoles en representación de los tibetanos.

“No merecemos nuestra tierra”, murmura derrotado el anciano. Y devuelve sus labios al borde del cigarro.

Poco a poco comienzo a creerme sus palabras, mientras mi romanticismo juvenil cede paso a las leyes inquebrantables de la realidad. Sin el apoyo de unos aliados demasiado preocupados por sus problemas internos (Estados Unidos y la UE entre ellos), el abandono paulatino de los medios de comunicación de la causa tibetana y su propia resistencia a tomar las armas frente al poderoso dragón chino, la historia del Tíbet y de su capital sagrada parece condenada a saltar en pocos años a los terrenos de la leyenda.

Una conquista moderna

Pero hay más. La guinda en el pastel de la conquista tibetana viene dada por una estrategia infalible a manos del gobierno de Pekín. Comenzó tras una revuelta popular fallida en 1959, cuando el Dalai Lama y 10.000 seguidores terminaron exiliados en la India. Este anciano es uno de esos 10.000 seguidores. Aunque basta leer el brillo apagado en sus ojos para comprobar que hace muchos años que ya no sigue a nadie.

Tras la expulsión de los primeros refugiados seguirían decenas de miles, primero en los años sucesivos a 1959 y después en 1965, tras la declaración del Tíbet como región autónoma de China. Cuando el Dalai Lama alzó su voz a lo largo del mundo en la década de los 80, China supo que era preciso finalizar la toma del territorio con el método más fiable del libro de las conquistas: la inmigración.

Puso en marcha su gigantesca maquinaria de propaganda para impulsar el traslado de verdaderas oleadas de inmigrantes han (la etnia mayoritaria en el país) hacia el Tíbet. Un movimiento que alcanzó su culmen en el año 2006, tras la creación de una línea ferroviaria que unió Lhasa con el resto del país. En la actualidad se calcula que en torno a dos tercios de la población de Lhasa no son tibetanos. “Verás que los tibetanos somos minoría en nuestro propio hogar”, susurra el anciano. Lo susurra porque tiene miedo de que lo oigan los más jóvenes. Casi parece temer que el viento arranque estas palabras de su boca y las esparza demasiado lejos.

“Tú nunca verás Lhasa”, termina, “porque ahora es una ciudad como cualquier otra, no merece la pena realizar el largo viaje que supone llegar hasta allí. Vienes a Bodh Gaya y luego irás a Benarés porque buscas los espacios sagrados de nuestro mundo, igual que hicieron tantos de los tuyos cuando la entrada en Lhasa estaba prohibida a los extranjeros. Pero ya no verás Lhasa y yo tampoco. Ninguno de los dos estamos dispuestos a pagar el precio de sangre que requiere”.