¿Por qué no puedes visitar La Meca si no eres musulmán?

Desde que Mahoma tomó la ciudad en enero del 630, ningún hombre o mujer que no fuera musulmán ha tenido permitido el acceso a la ciudad

Ayer me enteré de que un tío lejano mío intentó entrar en La Meca durante los años 60, era periodista y, bueno, pensó que merecía la pena intentarlo, aunque solo fuese por tachar una nueva y emocionante aventura de su lista de deseos, donde ya había sobrevivido a un atentado en Jerusalén, varios secuestros y algún que otro intento de asesinato en Roma. Yo nunca llegué a conocerle pero sus historias han llegado hasta mí, escritas o narradas por otros familiares, cada año más apasionantes. Y debo reconocerte que su aventura en la Meca despertó en mí un gusanillo, llevándome a investigar por qué acabó una semana en la cárcel y terminó siendo expatriado a España con algún que otro susto todavía por sacudir del cuerpo.

La formación de la Meca como ciudad sagrada

Según afirma la tradición musulmana, la importancia religiosa de la Meca nació con el primer hombre, se dice que fue el mismo Adán quién construyó la ciudad por orden de Alá. Una ciudad rápidamente abandonada y olvidada hasta los días de Abraham. La tradición continúa con el conocido patriarca, casado con Sara, la cual era estéril y no podía concebir hijo alguno; desesperada por complacer a su esposo, llegó a ofrecer a su esclava Agar para que Abraham yaciese con ella. Como era de esperar, concibieron un hijo juntos y Sara, dominada por los celos, obligó a su esclava a huir al desierto junto con su hijo. El desierto, de justicia seca, inmisericorde con el débil.

Cuando Agar estaba próxima a morir de sed junto a su pequeño, un ángel se apareció ante ella y le ordenó que golpease la tierra seca con el puño. Al momento comenzó a manar una fuente de agua fresca, en torno a la cual se fueron reuniendo diferentes tribus del desierto a lo largo de los años siguientes. Así comenzó a existir La Meca tal y como la conocemos ahora, con la fuente de Zamzam.

En las durísimas condiciones del desierto, el agua ha sido causa de vida pero también de guerras, muertes, enemistades. Una vez al año, las tribus que guerreaban incansables por el codiciado elixir firmaban una tregua, peregrinaban en comunión a la Meca y allí bebían del agua sagrada que manaba la fuente. La Meca se transformó en un refugio, un baluarte de estabilidad. Los comerciantes se enriquecían hasta límites sorprendentes por estas peregrinaciones y la ciudad pasó a considerarse un importante centro, no solo espiritual sino también económico, en la península arábiga.

La Toma de la Meca

El día es un 29 de diciembre, del año 629. Abū l-Qāsim Muḥammad ibn ’Abd Allāh, también conocido como Mahoma, se presenta a las puertas de la ciudad con el mayor ejército musulmán reunido en Arabia, 10.000 hombres fieles dispuestos a hacerla suya en nombre de Alá. Crujen las cinchas de las monturas, silban con suavidad las espadas al desprenderse de su funda. Hace un año firmó el Tratado de Hudaybiyyah con las autoridades de La Meca para que los musulmanes pudiesen peregrinar también a su conocida fuente, tratado bruscamente terminado después de que las tribus de Banu Bakr y Quarish atacasen bajo el cobijo de la noche a los Banu Khuza’a, seguidores del profeta. En el enfrentamiento ocurrió algo que jamás debe darse en ninguna ciudad santa, se derramó sangre, pecado imperdonable, grandes cantidades de sangre, suficientes para cambiar el rumbo de la Historia.

Mahoma no se hizo esperar. Los Quarish y los Banu Bakr no solo habían atacado a una tribu aliada, sino que habían derramado la preciada sangre en el santuario de Caaba; así tenía el profeta una doble justificación, política y religiosa, para reunir a sus seguidores y presentarse en las puertas de La Meca. 29 de diciembre. Ni siquiera el viento del desierto, por lo general rebelde y caprichoso, se atrevió a susurrar una sílaba sobre la arena que rodeaba la ciudad. Aunque las instrucciones de Mahoma eran precisas, no atacar a menos que los Quarish atacaran, era imprescindible evitar el derramamiento de sangre y conseguir la ciudad lo más pacíficamente posible.

Pero el esperado ataque Quarish se produjo y la victoria de las tropas musulmanas fue devastadora. El líder de la tribu Quarish y padre del que sería el primer califa omeya, Abu Sufyan ibn Harb, cayó de rodillas al finalizar el combate y se entregó a la nueva religión pronunciando las palabras que conforman el inicio del credo islámico: “No hay más dios que Dios”. La Meca se rendía así al islam. Mahoma entró en la ciudad el 11 de enero, destruyó los ídolos que la adornaban y pronunció el famoso discurso que terminó con el perdón de sus enemigos y el reconocimiento de su fama por toda la región. Desde ese día hasta hoy, ningún ser humano que no fuera musulmán ha tenido permitido el acceso a La Meca.

Cómo entrar en La Meca

Solo los musulmanes tienen permitido entrar en La Meca. Pero va más allá, y es que la peregrinación - conocida como Hajj - a la ciudad santa es considerada como uno de los Cinco Pilares del Islam, junto con la profesión de fe, la oración, la caridad y el ayuno. Todo musulmán, hombre o mujer, que goce de la salud y los medios económicos para realizar el viaje, debe hacerlo al menos una vez en la vida. En términos cristianos podría considerarse algo así como el Camino de Santiago, aunque este no sea obligatorio.

Son conocidas las imágenes de turbamultas corriendo y orando en torno a un enorme edificio cúbico, imágenes impactantes por el predominio del blanco en sus vestiduras y el inmenso número de fieles que aparece en ellas. Esta confluencia de personas se debe a que la peregrinación debe hacerse nada más que durante el mes de Du l-hiyya, el duodécimo del año según el calendario musulmán, así que, si alguien quisiera visitarla, debería hacerlo en esta época del año. Se calcula que en torno a dos millones de personas acuden cada año a Arabia para hacer la peregrinación durante el Du l-hiyya.

Esta sacralización de La Meca no se debe en exclusiva a la tradición de peregrinación que existía en torno a ella en años anteriores al islam, sino también porque fue aquí donde la palabra de Dios le fue revelada por primera vez a Mahoma. Esta fue la razón que les impulsó a hacerse con la ciudad, por encima de cualquier otra que hubiese en el desierto.

Se necesita un visado especial para visitar La Meca, muy difícil de conseguir - imposible si no eres musulmán -, mientras que cada país tiene asignado un límite de visitas posibles al año. Las mujeres que hagan la peregrinación deben hacerlo en compañía de un hombre que haga de guardián o, si ya son mayores de 45 años, con otro grupo de mujeres y tras obtener el permiso de sus maridos.

Entrar en La Meca sin ser musulmán

Este “cubo” en torno al cual corren los fieles recibe el nombre de Caaba o Kaaba, literalmente cubo en árabe, y es la zona más sagrada de toda la ciudad. Es imposible entrar aquí si uno no es musulmán. Lo voy a volver a decir. Imposible. Los controles de seguridad que ya empezaron con la tramitación de las visas especiales se hacen físicos en la mezquita que rodea el Kaaba, son muy estrictos, y como la policía no es tonta, es probable que si has llegado hasta aquí sea en este mismo lugar donde te peguen la patada. En el caso de mi tío, fue descubierto por una anciana mientras caminaba por la calle y que, muy astuta la señora, le señaló con el dedo, aullando “¡infiel, infiel!”, hasta que apareció la policía para detenerlo.

Un no musulmán tiene prohibido acercarse a menos de 15 kilómetros de la ciudad. Y tampoco es buena idea intentarlo. En la actualidad, el listo que lo pruebe se conformará con una corta pero penosa estancia en la cárcel saudí antes de su expatriación (así lo vivió mi tío), aunque no hay que irse más lejos de principios del siglo XX para descubrir que el castigo para aquellos que profanaban La Meca era la muerte. Entre los que han conseguido escapar al castigo destaca Domingo Badía, alias Alí Bey, agente secreto español al servicio de Godoy que fue el primer europeo en entrar, haciéndose pasar por médico sirio. Hasta consiguió dibujar un plano de la ciudad. Pero no todos somos tan sagaces como Alí Bey.

Alguno habrá que ya murmure entre dientes por esta prohibición pero es más común de lo que pensamos. La entrada en Lhasa, capital del Tíbet, estaba prohibida a los extranjeros hasta la conquista de China. Tampoco está permitido entrar en el Santuario de Ise, en Japón, si no eres budista. Los archivos secretos del Vaticano están cerrados al mundo ordinario. Al final, son innumerables las causas que llevan a prohibir la entrada de extraños en una ciudad, ya sea para prevenir la salud de sus habitantes como ocurre en la isla Sentinel del Norte, cuyos nativos no tienen anticuerpos para enfrentarse a las enfermedades contemporáneas; o por cuestiones militares, como ocurría con las Ciudades Cerradas de la URRS.