Siete teatros romanos en España que quizá no conocías

Hasta 20 teatros se desperdigan por la Península Ibérica, unos mejor conservados que otros, para hacernos de recordatorio del Imperio romano

En ocasiones tengo la sensación de que la cultura española anda escondida. No toda, solo parte de ella. Da la impresión de que nuestra riqueza histórica, artística y cultural es tan numerosa, tan amplia en grandes o pequeños detalles, que el espacio que comprende nuestro país no es lo suficientemente grande como para guardarla toda. Aunque es una ilusión. Así se esconden bajo edificios nuevos restos de civilizaciones perdidas, agazapados tras cualquier esquina aguardan a sorprender al visitante, o saltan de improviso en los paisajes que enmarcan las carreteras. Cada ciudad que visitamos, aparecen restos cuya existencia ignorábamos, simplemente.

Ocurre algo del estilo con los teatros romanos que se diseminan por la península, entre España y Portugal, muchos de ellos desconocidos al público habitual. Sí, son de sobra reconocidos el de Mérida o el de Tarragona, pero hay muchos más, hasta 20 de ellos se desperdigan entre los edificios nuevos de los que te hablo. Aquí vienen un puñado de ellos.

Teatro de Clunia Sulpicia

La antigua ciudad de Clunia, situada entre las actuales poblaciones de Coruña del Conde y Peñalba de Castro, en el sur de la provincia de Burgos, fue en tiempos romanos una de las ciudades más importantes de Hispania. Su teatro es espectacular, y su capacidad para albergar a casi 9.000 personas lo convierte en uno de los más grandes de nuestro país. 25 metros de diámetro componen un escenario en el que, según los hallazgos arqueológicos realizados en el año 2009, se realizaron cientos de sacrificios y grotescos combates de gladiadores.

En la actualidad se considera el monumento mejor conservado de la antigua ciudad, además de que alberga numerosos eventos culturales. Es excitante visitar esta región por la rica Historia que guarda, ya desde tiempos celtíberos, y la épica resistencia del militar romano Quinto Sertorio frente al todopoderoso Pompeyo, en un enfrentamiento que arrasó muchas de las ciudades romanas en Hispania.

Teatro de Segóbriga

Cada vez que visito Segóbriga, una de las mejores excavaciones de un asentamiento romano en nuestro país, no puedo evitar compararla con Machu Picchu. Al igual que ocurre en la famosa ciudad inca, el color glauco de la naturaleza encaja a la perfección con el tono gris de las piedras, creando una especie de simbiosis entre hombre y naturaleza que solo puede darse cuando el hombre ha desaparecido, y deja tras de sí los restos de su civilización.

Visitar Segóbriga, en Cuenca, supone puro gozo para el amante de la cultura romana. Entre su construcción en el año 78 y su ruina con el desplome del interés romano por las representaciones teatrales, hasta 2.500 personas podían acudir a su teatro para deleitarse con las representaciones de los mejores dramaturgos del Imperio. Hoy no se escuchan las risas, ni los abucheos del público. Es un viento suave quien aplaude al vacío. Pero es en este silencio donde mejor podemos imaginar los colores de los personajes, sus muecas, el arte exquisito de Plauto llevado a los labios de los actores.

Teatro de Bílbilis

Volvemos a pasearnos una ciudad abandonada. Son tantas. El hombre podrá ser una criatura sedentaria pero su ímpetu por crecer le motiva a moverse cada cierto tiempo, aunque apenas trasladen los edificios unos kilómetros más al oeste. Son pestañeos del movimiento. A pocos kilómetros de Catalayud se encuentra la antigua ciudad de Bílbilis, un ejemplo perfecto de este pequeñísimo traslado, y en la ciudad, todo ruinas, está el teatro que andamos buscando. Un día tuvo aforo para 4.600 personas pero hoy lo cubren grandes bloques de tierra compacta.

La sensación que proyecta este teatro es diferente a las demás. Al no haber suficiente dinero para conservarlo como es debido, su proceso de restauración parece estar a medias, dando al ambiente un toque ligeramente apocalíptico. Uno diría que fue hace apenas unos años cuando los visigodos arrasaron la piedra. Esta sensación permite dar un salto al pasado y vestirnos con la piel de, digamos, un agradable pastor del siglo VI, paseando sus ovejas sin preocuparse entre las ruinas.

Teatro de Osuna

Ya casi ni parece un teatro. De no enseñárnoslo un tercero, pensaríamos que algún gigante dejó caer un puñado de rocas años atrás, y que luego se olvidó de recogerlas. Poco queda del gigante con capacidad para 3.500 personas. Se trata entonces de una de las briznas de Historia escondidas en nuestro país, en este caso dentro de una propiedad privada (a la que se puede acceder dentro del horario de visitas), tapada por otros teatros mejor conservados.

Su estructura era similar a la del teatro romano de Málaga, decorado con ricas inscripciones en mármol y piedras de excelente calidad. ¿Qué ocurrió, dónde anda ese mármol tan valioso? Se supone que, después de la caída del Imperio, el abandono de los teatros y todos los tejemanejes que tiene por afición complicar la Historia, canteros y constructores de la zona cogieron sus piedras para reutilizarlas en nuevos edificios. Una práctica muy común que también se efectuó con otros monumentos a lo largo del mundo como, por ejemplo, el Faro de Alejandría.

Teatro de Itálica

Habitada desde su construcción en el año 206 a. C, hasta su abandono en torno al siglo XII, esta ciudad situada en la provincia de Sevilla fue el lugar de nacimiento de tres de los mayores emperadores romanos: Trajano, Adriano y Teodosio I. Por tanto, no es casualidad que sus ruinas descubran una de las ciudades más importantes de Hispania. O que en la actualidad se realicen numerosas actividades culturales utilizando su mismo teatro como escenario.

La construcción del teatro en el siglo I d. C, cavando el mismo cerro en el que se encuentra, supone una excelente muestra de la capacidad romana en cuanto a arquitectura e ingeniería, una pincelada más de su agudo intelecto. El detalle más interesante de este teatro se sitúa en su ala norte, a partir de un pequeño templete que se piensa fue construido para adorar a Isis, diosa egipcia de la fecundidad, y que probablemente guardaba alguna conexión con el propio teatro. Es fascinante, casi no nos lo creemos. A no más de 7 kilómetros de la ciudad de Sevilla hemos encontrado un altar egipcio, un resquicio de cultura egipcia que también andaba escondido en nuestro país. ¿Cuántos más habrá cuya existencia no sepamos?

Teatro de Medellín

A la sombra de un imponente castillo medieval, procurando sobresalir de esta con un descaro delicioso, encontramos en Badajoz uno de los teatros, a mi parecer, mejor emplazados y más hermosos de nuestro país. Es una de las mejores facetas a vivir en la época que nos ha tocado. Si hubiésemos nacido en el siglo II, no habríamos visto más que el teatro; en el siglo XVI, el castillo. Pero desde que se descubrió el teatro durante unas excavaciones en 1970, ahora podemos atiborrarnos a bocados del legado romano y medieval, ya sea cristiano o musulmán.

A diferencia de lo ocurrido con otros teatros, en el de Medellín se han recuperado valiosas piezas de la construcción original, no solo grabados exquisitos y gran parte de su estructura exterior, sino también 800 de los sillares que lo conformaron. Merece la pena ampliar su visita con el castillo medieval y la próxima Iglesia de Santiago, datada del siglo XIII.

Teatro de Badalona

El éxtasis de la cultura escondida. Su ejemplo más dramático. Si hablamos del teatro romano de Badalona nos referimos al fantasma de las civilizaciones pasadas, más espíritu que piedra, casi desparecido bajo los edificios nuevos (que también desaparecerán bajo los siguientes). Supone la escenificación ideal del derrumbe de Roma como imperio y, a no ser que sepas donde se encuentra, pasarás por su lado sin fijarte siquiera, o creerás que se trata de las ruinas de un edificio demolido hace pocos años. Se resiste a la vejez disfrazado bajo esta capa de ruina reciente.

Yo te diré donde encontrarlo si sabes guardar el secreto. La localización exacta sería Carrer de les Eres número 15, encajado entre muros blancos. Anímate a visitarlo si pasas por Badalona. Regodéate con las piedras por haberlas reconocido. Más pequeño, peor conservado, su uso y disfrute fue exactamente el mismo que tuvieron los grandes teatros de Mérida y Cádiz. Es solo que este es algo más tímido y le cuesta demostrarlo.