Tras los pasos de Santa Teresa de Jesús: vigilada por la Inquisición y confidente de Felipe II

Este 15 de octubre se celebra la festividad de la religiosa abulense, y una ruta siguiendo sus pasos en vida quizá sea la mejor manera de acompañarla

Si hablamos de Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, también conocida por el sobrenombre de Teresa de Ávila o Santa Teresa de Jesús, nos referimos sin temor al yerro a una de las figuras más destacables, más asombrosas, más valientes y de más exquisita prosa que trotaron el interior de España a lo largo del siglo XVI. A lomos de un pollino o sobre una carreta prestada, esta impresionante mujer, aparentemente destinada a convertirse en una monja carmelita sin misión aparte de la oración, terminó por levantar decenas de palomarcitos y conventillos por lo ancho de Castilla sin apenas detenerse a respirar. Luchó contra cualquiera y contra toda traba interpuesta en su camino, utilizando por armas el amor a Dios y las palabras. Se trata, sin duda alguna, de una de las más grandes viajeras que recorrieron nuestro país. Mujer errante, que la llamó Felipe II cuando colaboró con ella en numerosas reformas monacales. Además de la primera mujer nombrada Doctora de la Iglesia Católica, en 1970.

Un recorrido que siga los pasos de Santa Teresa en vida es a su vez una ruta por las esquinas más profundas de nuestro país, sus abismos religiosos, los años extraviados del Imperio, el olor austero de la Inquisición metiendo las narices. Imprescindible para conocer a fondo uno de los aspectos más afianzados en nuestro país y la reformación monacal que llevó a cabo en vida.

Ávila, cuna y cincel

En el lugar exacto donde dicen que nació, en la irresistible ciudad de Ávila, se levanta hoy la Iglesia de “La Santa” Santa Teresa de Jesús. Unida al convento de las Carmelitas Descalzas, no sorprende al viajero con su estilo austero, decorado nada más que con finos relieves dorados y numerosas tallas de la Virgen María, protectora y compañera incondicional de Santa Teresa en vida. Merece la pena una visita antes de conocer el Museo de Santa Teresa, situado en un anexo de la iglesia y valedor de varias reliquias. Cartas y documentos firmados por ella, su rosario, incluso uno de sus dedos guardado en un bonito relicario.

Sigue la visita en Ávila para desbrozar los primeros años de Santa Teresa en compañía de su adorado hermano, Rodrigo. En el crucero izquierdo de su Catedral puede encontrarse la misma figura de la Virgen de la Caridad a la que se encomendó tras la desafortunada muerte de su madre; en el crucero derecho, una bella talla de Santa Teresa, situada frente a un viejo retablo dedicado a San Blas. Pero sería en los Cuatro Postes, a las afueras de la ciudad y donde se pueden obtener unas vistas incomparables de la misma, donde se dice que ocurrió la anécdota más cruenta de Santa Teresa cuando fue niña. Cuenta que tras la muerte de su madre, ella y su hermano quisieron huir de Ávila para morir como mártires bajo las cimitarras musulmanas y que, una vez vio la ciudad desde los postes, se quitó las sandalias, las sacudió contra estos y dijo: “De Ávila, ni el polvo”. Por fortuna fueron detenidos por su tío antes de cumplir su funesto cometido.

No podría faltar una visita al Convento de la Encarnación, donde se postuló como monja y residió apenas dos años, hasta que su delicada salud la obligó a trasladarse de una localización a otra (regresó a este convento en varias ocasiones) durante los años siguientes.

Visiones del infierno y monasterios castellanos

La imagen que desde niños pudieron darnos de Santa Teresa era la de una mujer en extremo inteligente, devota, hermosa según dicen. Poco se comenta su terrible salud y las violentas visiones que tuvo del infierno, que poco le faltaron para ser tratada como demente y mantuvo el ojo de la Inquisición sobre sus escritos de forma constante. Hoy se sabe que sufría paroxismos, una angustiosa condición que deriva en violentos arrebatos debido a múltiples enfermedades, que en el caso de la santa pasaban por la migraña, dolores de estómago, hígado y riñones, fiebres y catarros. Angustiosa porque ocurrió en agosto de 1539 que cayó en un coma profundo durante tres días, hasta el punto de que llegaron a considerarla muerta. Cavaron su tumba, pusieron cera sobre sus ojos. Fue un milagro que despertara antes de ser enterrada.

En 1558 tuvo su primera visión del infierno. Comenzó a escuchar voces que sus superiores tacharon de diabólicas, y solo fue tras escribir su Libro de la Vida, obra considerada a la par que las Confesiones de San Agustín en calidad literaria y espiritual, cuando aquellos que la rodeaban comenzaron a vislumbrar la magnificencia de su persona. Pocos años después salió de Ávila y comenzó a fundar sus famosos conventillos a lo largo de Castilla.

Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas de Segura, Sevilla, Caravaca de la Cruz, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria y Granada. En cualquiera de estos pueblos, villas y ciudades pueden encontrarse las obras más físicas del personaje más espiritual del siglo XVI, recuerdos resistentes a las tentaciones y al olvido que hoy decoran, con la misma naturalidad que hacen trigales y encinas, los terrenos de la región que antaño llamaban reino de Castilla. Este es el ejemplo ideal para demostrar la fortaleza de su figura, su afán viajero y desdeñoso ante la mala salud. Las comas y los acentos que esta monja de lengua afilada depositó en nuestro país, hasta el punto de que no podemos concebir el interior castellano sin añadirla a ella en nuestra imagen.

Sepultura y reliquias

No permite la brevedad de este artículo tratar uno por uno los agravios que Santa Teresa recibió en vida por parte de los Carmelitos Calzados y habitantes de pueblos contrarios a su figura. Pero sí cabría, una vez se visite su sepulcro en la Basílica de Santa Teresa (en Alba de Tormes), recordar el último dolor que los hombres quisieron procurarle. Antes de ser sepultada en esta basílica, propiedad de los duques de Alba, Santa Teresa fue enterrada en el Convento de la Anunciación. Los sepultureros, se ignora por qué razón, descuidaron el enterramiento y sellaron el sepulcro con tierra y piedras que terminaron por romper la tapa del ataúd, para consternación de las monjas presentes. Nueve meses después, en julio de 1583, decidieron exhumar a la santa para arreglar su sepultura y fue en este momento cuando descubrieron que su cuerpo se mantenía incorrupto.

Sus reliquias se encuentran hoy en múltiples lugares. El monasterio carmelita de Ronda guarda su mano izquierda y su ojo izquierdo. El Convento de San José de Ávila (fundado por Santa Teresa) tiene una clavícula, mientras el Convento de Santa Teresa en Ávila atesora un dedo anular. Su pie derecho se encuentra en la Iglesia de Santa Maria della Scala, en Roma, y en la Basílica de San Pancracio de la misma ciudad se guarda un pedazo de su mandíbula superior. La Catedral de Santiago de Compostela, un convento de la Puebla de Zaragoza en Méjico y el Convento de San José en Toledo tienen sus muelas. El Convento de San José en Sevilla contiene una costilla y parte de uno de los dedos de la santa. Otros dos dedos se guardan en Sanlúcar de la Barrameda y la Iglesia de Nuestra Señora de Loreto en París. Su corazón, incorrupto como el resto de sus reliquias, está guardado en la misma basílica donde se halla enterrada.

¿Cabrían en un mapa tantas esquinas españolas rozadas por la piedad de Santa Teresa? Resulta en un asunto complicado de dilucidar. Una visita a Huéneja, en la provincia de Granada, nos mostraría el escenario donde una criatura de cuatro años resucitó en 1616 por la intercesión de Santa Teresa; en el Museo del Prado encontraríamos el cuadro de Luis de Madrazo que escenifica el primer milagro de la santa abulense, al resucitar en vida a su sobrino Gonzalo Ovalle. Un detalle tras otro destapa sus pisadas por caminos embarrados, buscando cobijo en palacios ostentosos y posadas arruinadas. Con una mano en la vara y la otra... construyendo conventos de palabras.