Cómo actuar en los controles militares de un país extranjero

Aquí vienen un puñado de consejos para superar algunos de los momentos más incómodos en cualquier viaje, con ejemplos prácticos incluidos

Aftermath of USA-Taliban Peace deal
Militar afgano registrando a viajeros en el punto de control de Behsood.GHULAMULLAH HABIBIEFE

Es una situación tan vieja como los cachetes. El viajero que conducía - o era conducido - felizmente por una carretera con potencial para vivir cien aventuras, ve sus sueños interrumpirse por el semblante grave de un policía. O peor aún, un militar. El sudor arrecia. Los ojos del viajero, que hasta el momento se imaginaba más aguerrido que el mismísimo Indiana Jones, se hunden en una sumisión parecida a la de un corderito. Luego todo se complica: nos piden papeles que ni sabíamos que existían, revuelven y husmean en nuestro equipaje, confiscan los souvenirs y quizá unas cajetillas de tabaco, nos exigen pagar peaje. Sucede una ráfaga de preguntas que parecerán sencillas pero nos cuesta horrores contestar, invadidos por el estrés. ¿De dónde viene? ¿Adónde se dirige? ¿Viene solo o acompañado? Y la pregunta más temida de todas: ¿por qué está usted aquí?

Salimos del control entre asustados y aliviados, también indignados por el brusco trato del agente. Pero en realidad no hay por qué preocuparse. Esto es tan normal, tan rutinario para el viajero experimentado, que basta saber un par de trucos para pasar cualquier control militar o policial con facilidad, incluso disfrutando del momento.

El agente de seguridad no es agente turístico

Ocurrió yendo hacia el Oasis de Siwa, en el tercer control que nos detenía. Yo llevaba una botella de vino egipcio de 25 cl que quería regalarle a mi padre y los militares insistían en que les enseñase el ticket de compra o les entregase el preciado elixir. Tras unos minutos de dulce persuasión, me dejaron irme, botella incluida. Mi guía Zacarías se quejaba: “Qué tontos, qué maleducados estos militares. ¿No ven que eres un turista normal, que no quieres hacer nada malo?”. Pero aquí tuve que posicionarme del lado del militar. Él no pasaba diez horas al día sufriendo el durísimo sol del Desierto Occidental para bromear conmigo y hacerse un selfie.

Un agente de seguridad no es un agente de turismo. Su trabajo consiste en defender su país a cualquier coste, y eso implica desconfiar de los extraños. Quiero decir que yo también desconfiaría de un tipo con la barba cubriéndole hasta el pecho y con una maleta cargada de vino, tabaco y libros escritos en una lengua incomprensible (me gusta viajar con mis vicios a mano). Yo era sospechoso. Y el militar necesitaba tantearme, estudiar mi reacción frente a una pequeñez como era aquella botellita de vino. El militar que husmea, interroga y mira con el ceño fruncido al extranjero es un buen militar. Más me preocuparía si sonriese embobado a todo el mundo.

El soborno nunca es una opción

Fue en Senegal cuando nos detuvieron a una compañera y a mí sin razón aparente. Llevábamos prisa para coger un autobús a Kafountine y ella, sin pensarlo demasiado, ofreció unos billetes al militar para que nos dejara en paz. Error. El rostro del agente se congestionó, colérico, y comenzó a gritarnos que Senegal es un país civilizado, que él no era un corrupto, que malditos europeos que pensamos que podemos arreglar cualquier situación a fuerza de dinero. Él estaba haciendo su trabajo, aunque resultara molesto para nosotros. No ofrezcas un soborno a nadie que esté haciendo su trabajo. Y, si llegase a aceptarlo, solo habría servido para continuar el odioso cliché de que el europeo es una bolsa de billetes andante. En cuyo caso, el militar no dudaría en detener a todos los europeos que se cruzase hasta su jubilación, probablemente embolsándose una cómoda pensión a partir de sobornos que le pagaron extranjeros impacientes o asustados.

Infórmate sobre qué está permitido y qué no

La frontera de Turkmenistán es un infierno. Los militares lo registran todo, lo preguntan todo. Uno puede pasar fácilmente doce horas en la aduana hasta que le dejan entrar en el país, doce horas si uno es afortunado. El primer día de viaje bien puede pasarse en la aduana, antes de entrar en este complejo país. Y peor sería si llevases un dron contigo. Le sucedió a un escocés que entró a la vez que yo, llevaba un dron, y las discusiones a gritos con los aduaneros se escuchaban retumbar por todo el edificio. Al final le confiscaron el dron y le pusieron una multa. A mí también me han requisado más cajetillas de tabaco de las que me gustaría reconocer. Es fácil buscar en Internet qué se puede meter en un país o qué cantidades de cada producto. Merece la pena comprobarlo antes de prolongar en tres horas extra la incómoda experiencia de cruzar una frontera.

Aprende algo de fútbol español

No existe persona en este planeta que no sepa qué es el Real Madrid o el Barcelona. El fútbol español llega tan lejos como la Coca Cola. En Uzbekistán, Turquía, Camboya, Argentina, Mongolia, Etiopía, en tantos países que resulta imposible poner un ejemplo concreto, comentar con un militar lo paquetes que son los del Barcelona y lo estupendo que es Cristiano Ronaldo (o viceversa) me ha valido para agilizar los trámites con una precisión sorprendente, además de haberme conseguido una sonrisa abierta por parte del hombre uniformado. Incluso si nuestro equipo y el del militar son contrarios, porque en casos del estilo podremos discutir amigablemente sobre fútbol y casi ni mirarán nuestro pasaporte mientras fingen revisarlo, estando tan atentos como están para defender a su idolatrado Lionel Messi.

Ten los papeles en regla

Cartilla de vacunación, visado, pasaporte, carta de invitación, reserva del alojamiento.... lo que sea. Cada país es un mundo en términos burocráticos y el viajero no debe pensar que existe una norma universal sobre los papeles a llevar consigo. Fue en Haití donde tuve que esperar en un cuartucho durante tres horas porque no tenía conmigo el contrato de la constructora por la que viajaba hasta allí. Lo tenía todo, el visado y las vacunas y todo, pero me faltaba el dichoso contrato. Tuvimos que llamar a varias personas, embajada incluida, para que me dejaran marchar. Lo mejor es revisar cada documento necesario y, si es posible, llevar un par de fotocopias de cada uno.

La paciencia es una virtud del viajero

El tiempo que he pasado esperando en los controles militares me habría dado para escribir un libro. Es normal, es inevitable. Ya decía Hanna Arendt que la burocracia es El Gobierno de Nadie y nosotros somos sus víctimas. Ocurre en todo el mundo y es un fastidio. Pero es lo que hay. Escucha música, observa el entorno, escribe un libro mientras esperas. No importa qué hagas pero espera. Al otro lado de ese control te esperan algunas de las aventuras más fascinantes de tu vida, y sin duda merece la pena aguantar unos minutos antes de zambullirnos en ellas. A esto se le añade que no hace falta hacer tonterías en un control. Si dudamos que nos vayan a dejar cruzar con un producto concreto - lo cual no ocurriría si nos hemos informado previamente - y nos disponemos a esconderlo precipitadamente, nuestra actitud será de lo más sospechosa. El tiempo de interrogatorio se intensificará y podemos salir mal parados. En China cometí el error de desmontar un mechero para que no se viera por los rayos X del aeropuerto y, evidentemente, lo descubrieron. Cada pieza. Me estuvieron interrogando durante dos horas con todo tipo de preguntas rocambolescas y me amenazaron con confiscarme el pasaporte. Solo tuve suerte de salir sin mechero de la situación.

Que no te la peguen

Claro que no todos los militares son la personificación de la honestidad. No son pocos quienes buscan ese soborno venenoso, y son capaces de cualquier cosa con tal de conseguirlo. En la frontera de Gambia me pidieron 100 euros para entrar en el país desde Senegal, al parecer porque no tenía un papel inexistente. Yo había comprobado con anterioridad todo lo que me sería necesario para cruzar y sabía que no hacía falta pagar una tasa ni gaitas. Mi solución fue montar un escándalo, victimizarme y fingir que llamaba a la embajada española para quejarme. Al más viejo estilo de Tom Cruise en Operación Valkiria, no marqué ningún número, parloteé atropellado con nadie y pasé el teléfono al militar, muy seguro de mí mismo. Es cierto que tuve suerte. Asustados por tan compleja situación, me dejaron pasar deshaciéndose en excusas. Y ya de paso me regalaron una caja de cerillas porque mi mechero se había quedado sin gas.

Por otro lado, no viene mal revisar nuestro equipaje cada cierto tiempo. Ya sabemos de las historias en las que un turista distraído terminó en una cárcel tailandesa porque un cabrón le metió sin que se diese cuenta droga en la maleta. Y temo decir que estas historias son reales. Siempre chequeo mi maleta antes de trasladarme a ningún lugar, no vaya a ser que me destrocen la vida por despistado.

No tengas miedo

Quizá sea este el consejo más importante. Una vez que me pararon en Georgia con un amigo, le noté casi temblando, se retorcía las manos y no apartaba la vista del suelo. Me decía mi amigo que mirase sus ojos, los ojos de los militares, me decía que era probable que hubiesen luchado en la guerra y que fueran tipos peligrosos. Pero no es verdad. Ellos son personas, bastante normales en realidad, como lo era mi abuelo que también luchó su propia guerra y le encantaban las rosquillas de anís; personas con sueños, personas que fueron niños y un día morirán, hombres con mujer e hijos que cuidar.

Un militar sabe leer el miedo en los ojos de una persona, y eso solo puede significar dos cosas: o tienes algo que ocultar o estás bajo su control. En cuyo caso ocurrirá que las preguntas y el manoseo del equipaje durarán horas, o verá en la situación un momento ideal para exigirte el soborno. No tengas miedo. No es un malhechor. No es un bandido. Es un militar haciendo su trabajo, mejor o peor. Basta con tener los papeles en regla, respetar y ser respetado, aguantar la paciencia y sonreír mientras se habla sobre el gol de Torres en la Eurocopa del 2008. “Vaya momento, señor agente, vaya momento”, comenta el turista calmado mientras reordena su equipaje. “Pensé que volaba yo también con ese balón”.