No esperes que sea fácil entrar en Turkmenistán

En el país donde está prohibido decir la palabra coronavirus y las condiciones de prensa son las terceras peores del mundo, entrar, hacer una fotografía y salir es sumamente complicado

Puerto de Turkmenbashi. Blanco sobre negro.
Puerto de Turkmenbashi. Blanco sobre negro.Alfonso Masoliver

“Ya llegamos, si sales fuera se te va la olla”. Rafa dice esto y desaparece de vuelta en cubierta. Salgo a la carrera, casi en calzoncillos, medio dormido, incrédulo por las noticias del compañero. No puede ser que estemos ya, así de rápido. Hemos pasado la última semana y media anclados en pleno Caspio, incapaces de navegar por el brusco oleaje, casi sin cobertura para comunicarnos con tierra firme. No puede ser tan fácil, con un simple ya está. Tiene que haber más, exijo que se me vaya la olla como aseguraba Rafa. Y salgo a comprobarlo.

Petróleo en llamas

A las orillas del mar, furioso estos últimos días pero hoy cabeceando, dos lenguas de tierra devoran, insaciables, litros de agua salada. Parecen molestas porque exista algo tan azul, una belleza que compita con ellas. Es arena de desierto, enemiga juramentada de la humedad, teñida de un delicioso tono ocráceo que no esperábamos ver tan rápido. Tan fácil de anunciar, tan complicada de describir. Y muy lejos, casi casi donde tierra y cielo se enredan en un gris maravilloso, la ida de olla que auguraba Rafa toma la forma de una enorme columna de fuego, muy chiquita desde donde estamos.

Retrato de Gurbanguly Berdimuhamedow, presidente de Turkmenistán, en la aduana.
Retrato de Gurbanguly Berdimuhamedow, presidente de Turkmenistán, en la aduana.Alfonso Masoliver

“¿Cuánto medirá?”, pregunta Rafa sin apartar los ojos de la columna, como poseído por ese fuego violento. Las llamas no se retuercen, no parece que el viento se atreva a tanto, y se limitan a ascender hasta agotarse. “Estoy seguro de que no bajará de los 20 metros”.

Es un yacimiento petrolífero quemado en antorcha pero no nos lo parece. Este paisaje vacío de hombres no puede manchar nuestros ojos excitados con pensamientos tan aburridos como simple petróleo, no cuando estamos a pocas millas de llegar a uno de los países más restringidos del mundo. Aquí hay algo más, culturas milenarias, pedazos de montaña que se resisten a abandonar, canciones, columnas de fuego y combates increíbles entre la tierra y el mar. Entramos en terreno movedizo. Donde el hombre es una espiga, o mejor, el grano de la espiga que arrastra la hormiguita. Nada más.

Nacho, muy aficionado a las novelas de Tolkien, dice que este momento le recuerda a cuando un hombre entra en los reinos escondidos de los elfos, igual de peligroso, así de excitante. Una experiencia letal.

Los guardianes oxidados

Un asombro invade a otro cuando, tras navegar unas pocas millas más, la columna de fuego desaparece de nuestra vista y llegamos al último tramo de mar antes de divisar el puerto. ¿Alguna vez viste un cementerio de barcos cargueros? Es un espectáculo. Tan grandes, vaciadas las entrañas pero por alguna razón que se nos escapaba, todavía parecían esperar serle útil a algún hombre solidario. Aunque ya podían entregarse a las olas y dejar de fingir. El mar los devoraría con su paciencia habitual y ahogaría el ruido de los motores. Veinte, treinta enormes buques corroídos por el óxido hacían de guardianes antes de llegar al puerto de Turkmenbashi.

Cementerio de barcos en el Caspio.
Cementerio de barcos en el Caspio.Alfonso Masoliver

El puerto blanco de Turkmenbashi

No encontrarás fotos suyas en Internet más allá de dos o tres ángulos seleccionados por el gobierno, no es este un edificio que se muestre al mundo de afuera porque su cometido pasa por sorprender en exclusiva a aquellos que encuentran el camino hasta alcanzarlo. A semejanza de los antiguos, que glorificaban las entradas de sus ciudades por puertos y carreteras, igual que Rodas levantó un vanidoso coloso para fortalecer su poder quebradizo, Turkmenistán sobrecoge e impacta al extranjero a partir de su puerto más importante. Todo blanco, de inmensas proporciones, columnas tan anchas como varios hombres y… completamente vacío. Solo para nosotros y los militares. Tras de él se levanta (y cuando digo tras de él, me refiero a no más de quinientos metros de distancia) un muro de montañas formidable, fortaleza natural, escondiendo el resto del país a cualquiera que llegue a pisar la orilla. Estas montañas parecen decir: puedes ver el puerto, te permitiré maravillarte con él si lo deseas, pero nada más. El resto permanecerá oculto para ti.

La entrada del reino extraviado supura poder hasta tentarnos. Queremos bajar del barco, alargar la mano y rozarlo de una vez. Ya era de noche cuando llegamos, así pudimos verlo brillar moteado por centenares de luces en la oscuridad, sin otro resplandor que lo rebajase porque la ciudad se encuentra a varias decenas de kilómetros. De fondo se adivinaba la forma tenebrosa de las montañas.

Maqueta del puerto de Turkmenbashi, al fondo se aprecia el muro de montañas. La imagen la he sacado a partir de la captura de un vídeo, de ahí la mala calidad. Las autoridades me obligaron a borrar las fotos que hice y solo pude salvar el vídeo.
Maqueta del puerto de Turkmenbashi, al fondo se aprecia el muro de montañas. La imagen la he sacado a partir de la captura de un vídeo, de ahí la mala calidad. Las autoridades me obligaron a borrar las fotos que hice y solo pude salvar el vídeo.Alfonso Masoliver

Nos habíamos equivocado todo este rato. Jugamos a entrar en un reino fantástico, quizá élfico como se aventuró a decir Nacho en su delirio, pero habíamos estado equivocados porque no era un reino fantástico, ni siquiera era un reino, tampoco eran elfos los que se salieron a recibirnos. Eran hombres. Serios, con las armas a la vista. Atentos a nuestros movimientos de intruso. Algún día te hablaré de mi amigo Rustam y de la amabilidad de los turcomanos más allá de su frontera fantasiosa, pero hoy te diré que las aduanas son una prueba insoportable.

Cacheos sin Internet

Quince horas de cacheos, revisiones, interrogatorios, miradas suspicaces, más preguntas, más cacheos, más sospecha en los ojos de los militares. Sobre ellos cuelga un retrato del todopoderoso Gurbanguly Berdimuhamedow, presidente de dudosa elección desde la muerte del líder anterior en el 2006. Nos mira a todos montando un quad de campo, vestido de montaña y con los dedos extendidos en alguna forma de saludo. ¿O acaso esperabas que iba a ser fotografiado con un aburrido traje y las manos entrelazadas? Los creativos retratos del líder repartidos a lo largo del país nos lo mostrarán montando en bicicleta, posando con el fusil junto a un rebeco, a lomos de un caballo fogoso, rodeado de niños. Con el uniforme que más conviniese a cada ocasión.

Preguntas, cacheos, desconfianza. De 10 de la noche hasta la 1 de la tarde. Si quieres subir un tweet para contarle al mundo tu aventura te llevarás un chasco porque las redes sociales están bloqueadas en el país. Carajo, incluso la Wikipedia está vetada. Hará falta descargarse una aplicación de VPN para intentar acceder al Internet de occidente. Pero es excitante esta aventura, repleta de obstáculos que debes superar, se hace maravilloso descubrir pedazos del mundo tan formidables y desparejados a lo que conocemos. El visitante solo quiere superar la que parece la última frontera para zambullirse en el delicioso entramado de historia y cultura que aguarda al otro lado.

Bienvenido a la jungla, muchacho, susurra el viento cuando sales, ojeroso y derrotado, del puerto blanco de Turkmenbashi. Pero no esperes encontrar en ella un solo árbol. Y el desierto, que había estado agazapado todo este tiempo detrás de las montañas, muy callado para que lo olvidáramos, ruge una carcajada mientras presenta una frontera nueva.